Por las tuberías con Super Mario: un viaje interactivo
Repasamos orígenes, hitos y claves del triunfo del icono más conocido del videojuego, que celebra 45 años desde su debut, 40 de su primera aventura en solitario y el éxito en taquilla de su nueva película
Mario nunca tiene tiempo. Siempre anda corriendo, hacia la siguiente aventura. Cuando no debe salvar mundos, o a su querida Peach, esprinta con un coche, juega al tenis, cura pacientes o baila. “¡Es bueno en todos los deportes! Es fontanero, pero la verdad es que es un experto en todos los oficios”, se lee en su web. “Es muy positivo y siempre está alegre”, agrega el mismo texto. Un talento universal, como el amor que recibe: Nintendo calcula 452 millones de videojuegos vendidos, aunque hay estimaciones que llegan al doble. Una encuesta en EE UU concluyó en los noventa que era más famoso que Mickey Mouse. Un éxito descomunal, pero también agotador. De ahí que en algunos videojuegos, si el usuario deja el mando inmóvil, el protagonista aproveche para sentarse. Enseguida, se queda dormido y hasta empieza a roncar. Porque Mario es único y, a la vez, como cualquiera. Y por eso cualquiera le tiene cariño, al menos un poco. Más ahora que está de triple celebración. Sirva, pues, este reportaje como regalo.
Su creador, Shigeru Miyamoto ―cuyo agradecimiento a los lectores de EL PAÍS puede verse al final de este artículo―, aseguró que el personaje tiene “entre 24 y 25 años”. Pero lo cierto es que apareció hace 45: eso sí, en 1981 no lucía ni el nombre ni el protagonismo de hoy. Le bautizaron Mr. Video, o JumpMan (hombre salto). Y, en el videojuego Donkey Kong, era el tipo que esquivaba los barriles que le arrojaba el malvado simio, para rescatar a la princesa. La historia, entonces, le consideraba carpintero. Así que el mito fue precisando algún retoque: un oficio más apropiado, ya que bajaba por tantas tuberías; o la irrupción casual durante una reunión en las oficinas de Nintendo en EE UU de Mario A. Segale, empresario italoamericano que arrendaba el inmueble a la compañía. Venía a reclamar, con cierta vehemencia, el alquiler. Pero terminó dando título al videojuego Super Mario Bros., de 1985.
El resto lo hicieron las limitaciones técnicas: una gorra, para no diseñar el pelo; bigotes, que escondieran la boca; y un mono, que ahorrara más animaciones de la ropa. Así que se cumplen 45 años desde que Mario emprendió el camino hacia sus adoradas estrellas. Y cuatro décadas de su epopeya en solitario, cuyas celebraciones continúan. Estas semanas, además, vuelve a arrasar hasta en cines, con Super Mario Galaxy. No hay otro personaje del videojuego capaz de convertirse en tamaño icono de la cultura popular. Le dedican restaurantes, parques temáticos o el tebeo Fontanero solitario, de Niall Breen. Se le ve en museos, camisetas, juguetes, relojes, mochilas, Legos y hasta sonajeros, a través de la reciente línea para bebés My Mario. Porque los jóvenes que se criaron con él contagian ahora su pasión a hijos y nietos. Su web dice que adora “estar de fiesta con sus amigos”. Tiene razones de sobra para ello.
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Unos cuantos son también los motivos de su triunfo. “Es como la frase de El Gatopardo: ‘Si queremos que todo siga como está, hace falta que todo cambie’. Un usuario del primer Mario que lo intente con el último lo va a entender. Puedes jugar con una palanca y un botón, tiene una entrada sencilla, aunque luego resulta difícil de dominar. Siempre hay algo distinto, pero la base permanece”, reflexiona Manuel Curdi, director de marketing de Nintendo España desde hace 20 años. “Lo más importante es que es muy entretenido, para todas las edades y públicos”, añade Pablo Díaz, violinista con la pasión por las obras del fontanero. “Fue literalmente el primer título que una generación entera tuvo entre manos. Contribuyó a inventar y definir lo que esperamos de los videojuegos”, agrega Chip Carter, que siguió el crecimiento del personaje desde 1990, a través de su pionera columna especializada en The Chicago Tribune.
En la historia del videojuego, la importancia de Mario es, como poco, difícil de exagerar. No se trata únicamente de un personaje popular o de una saga longeva, sino de una forma de entender el diseño y la relación entre usuario y mundo. La periodista especializada Paula Sáez Pérez subraya el carácter fundacional del primer Super Mario Bros.: cómo “logró establecer el avance lateral” y cómo introducía mecánicas de aprendizaje sin necesidad de texto. “El primer nivel del juego se sigue estudiando en escuelas de diseño”, señala, precisamente por su capacidad para enseñar sin palabras. Hay quien lo considera el mejor tutorial implícito de siempre.
I C O N O
“Su influencia es absoluta y sigue vigente. A primera vista parece que solo afecta a las mecánicas, pero también abarca el propio concepto de aventura y cómo ofrecerla al jugador”, apunta Adrián Suárez, coautor del ensayo Sobre Mario: De fontanero a leyenda. Esa idea condensada en recursos mínimos fue, en su momento, revolucionaria. “Había lugares secretos, cambios en el cielo, muy pocos elementos… y aun así proponía un viaje enorme”, añade Suárez. La clave no era la cantidad, sino la precisión. Desde la estructura hasta los pequeños detalles visuales, Mario sentó unas bases que siguen replicándose. “Autores de prestigio como Hideo Kojima o Hidetaka Miyazaki han reconocido su influencia”, apunta el experto, doctor en narrativa de videojuegos y profesor en UNIR.
La saga, hasta la fecha, suma 24 juegos principales. Y unos 200, si se incluye la serie Kart y cualquier otra aparición en la pantalla. Donde, por otro lado, también se produjo su mayor paso en falso: la película de carne y hueso de 1993. Han pasado las consolas, de la Nintendo y la GameBoy a la actual Switch 2, pero Mario se ha mantenido como su estandarte. Inalcanzable en popularidad para cualquier rival, ya sea Sonic ―condenado por una vez a correr por detrás, y no por delante―, Lara Croft o Pikachu. Invencible también en el mercado, igual que cuando agarra una estrella, o una seta. Miyamoto, por cierto, debió aclarar que la magia de esos champiñones se inspiró en relatos del folclore y no en Alicia en el país de las maravillas, ni mucho menos en vivencias alucinógenas.
Todo ello sigue intacto hasta el título más reciente, Wonder, de 2023. Aunque, en su diario de desarrollo, los creadores cuentan que buscaron reproducir el “asombro” del primer Mario. En línea con la visión gatopardiana, el fontanero aún avanza y salta de izquierda a derecha, recogiendo bonus y monedas por el camino, hasta enfrentarse a la tortuga más temible: Bowser. Alrededor, eso sí, las ideas se multiplican incluso más que las amenazas. La propuesta de un Mario de proporciones realistas que avanzara tarareando la célebre música y cuando saltara exclamara: “¡Boing!” finalmente no pasó la criba. Pero la obra sí revoluciona por completo la jugabilidad de muchos niveles, entre vuelos, dragones y burbujas, y transforma al protagonista en elefante, o en uno de los esos Goombas que tratan de perseguirle con sus minutas patas.
R E V I S I Ó N
R E V I S I Ó N
La paradoja, así, es que la coherencia sencilla de Mario le ha vuelto poco a poco contracorriente. En un medio que trata de sofisticarse, donde trama y gráficos cada vez importan más y hasta se imponen sobre la jugabilidad, el fontanero invierte esa lógica. “Si nos fijamos en cómo construye el mundo, vemos una historia que no se cuenta del todo, que queda implícita”, señala Suárez. Esta forma de narrar, basada en la sugerencia y la exploración, ha terminado por convertirse en uno de los pilares del diseño moderno. “Mario nos explicó cómo contar aventuras dentro de entornos jugables. La jugabilidad va por delante”, añade. “Muchas veces, para perseguir un estatus más complejo y artístico, la industria se ha ido hacia nichos. Mario encarna lo contrario, la ambición de englobar a todo el mundo”, reivindica Manuel Curdi. En 1985, cuando cada jugador apenas tenía un par de cartuchos y a menudo uno era de Mario, igual que hoy, cuando arrasa en medio de una oferta inabarcable. Tanto que la coincidencia de celebraciones, el debut de la consola Switch 2 y la larga espera desde su último juego en tres dimensiones (Odyssey, de 2017) han disparado la expectación hacia posibles anuncios de nuevos lanzamientos.
Curdi, sin embargo, no suelta prenda. De momento, toca conformarse con lo que hay. “Mario es carismático, potente, alguien en quien te identificas con facilidad”, señala Suárez. Su simplicidad —un fontanero con gorra y bigote— es una de sus mayores fortalezas. “Es casi una tabula rasa, tiene atributos muy concretos y sumarle más podría dejar a alguien fuera. Trata de ser universal en todo, también en la trama o el interfaz”, apunta Curdi.
Para alguien tan célebre, en efecto, apenas se le conocen características. Ni mucho menos posiciones o valores políticos, sociales o filosóficos. Casi no habla, salvo algún “mamma mia!”, siempre sonríe, ayuda, nunca se rinde, y poco más. De ahí que esa misma tradición que ha cimentado su éxito haya sido objeto de revisión crítica, especialmente en lo que respecta a los roles de género. La periodista especializada Marta Trivi señala que el esquema clásico responde a una lógica narrativa profundamente arraigada: “A Peach la secuestran porque a las princesas en las historias tradicionales… el héroe tiene que rescatarlas. Esa estructura es machista”. Matiza que no se trata de demonizar la saga, sino de entender el contexto en el que surge y se repite. “Siempre se ha tendido a representar a las mujeres como figuras pasivas y a los hombres como agentes de acción”, una dinámica que Mario ha reproducido sin cuestionar durante décadas.
Paula Sáez coincide en señalar este desequilibrio, apuntando al tropo de la “damisela en apuros” como uno de los elementos más reconocibles de la saga. No obstante, ambas expertas reconocen ciertos avances en los últimos años. Trivi destaca que las reinterpretaciones actuales buscan “darle la vuelta” a estos esquemas, no solo por influencia del feminismo, sino también por la necesidad de sorprender a un público ya familiarizado con estas narrativas. Sáez, por su parte, menciona el protagonismo que han ido ganando personajes como Peach, aunque todavía de forma limitada. En ese sentido, señalan que el futuro no solo pasa por innovar en lo jugable, sino también por replantear las dinámicas que durante años han definido su universo. Incluso el final de Odyssey, con la princesa que rechazaba las propuestas de matrimonio tanto de Mario como de Bowser y se marchaba, terminaba recayendo en el estereotipo: ambos se lanzaban a perseguirla para convencerla.
T E S O R O
Por lo menos, en las recientes películas, Peach se muestra como una sabia estadista y una valiente guerrera, de la que Mario aprende. Aunque no cabe esperar revoluciones mucho más profundas a corto plazo. “El personaje se puede estirar muy poco. Hasta el mínimo de detalle de cualquier tipo está supervisado por Japón, quizás incluso por el propio Miyamoto. Es la propiedad intelectual con la que se identifica la compañía. Tenemos la confianza de muchas familias, eso es un tesoro que se debe proteger”, apunta Curdi. Nintendo ya fía su símbolo a otras empresas, como Lego o Universal, para que le ayuden a explorar juguetería o cine, pero siempre mantiene el control. Al fin y al cabo, así ha logrado 45 años de triunfos. Y los que quedan. Como para no decir Mamma mia!
No hay tregua en el horizonte para el mito, salvo que el usuario se la conceda dejando un rato el mando. Entonces, por fin dormido, el fontanero empezará a soñar con espaguetis, ravioli, lasaña o una carbonara. Hasta sus fantasías resultan sencillas, pura nostalgia de casa. Por más que le llamen Super, en el fondo siempre es Mario: uno cualquiera.
“Hola a todos los lectores de El País. Soy Shigeru Miyamoto, de Nintendo. Ya han pasado 40 años desde que lanzamos en Japón Super Mario Bros. para la consola Family Computer, allá por 1985. ¡Gracias por vuestro apoyo ininterrumpido a Super Mario!”