La escuela española que funciona solo con la energía que es capaz de acumular

La nueva sede del colegio Brains de Madrid, proyectada por DL+A, recibe el premio PassivHaus, el mayor reconocimiento mundial al nulo consumo energético

Jose María de Lapuerta y Paloma Campo arquitectos de DL+A, ganadores del Passive House Award Europeo por su diseño de un edificio del colegio Brains en Madrid.
Jose María de Lapuerta y Paloma Campo arquitectos de DL+A, ganadores del Passive House Award Europeo por su diseño de un edificio del colegio Brains en Madrid.Olmo Calvo

No se educa desde la palabra, se educa con hechos. La nueva sede del colegio Brains en el distrito de Ciudad Lineal en Madrid demuestra cómo la arquitectura contribuye no solo a la sostenibilidad del planeta reduciendo el gasto energético. También es clave para concienciar a los alumnos de los recursos limitados y la necesidad de cuidarlos.

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“Es muy fácil hacer edificios de consumo energético nulo [que cumplan con el estándar conocido como PassivHaus] en Austria: te aíslas y listo. Pero ¿cómo lo haces cuando metes en el mismo lugar a 120 adolescentes llenos de hormonas con 36 grados que debes bajar a 22?”. El arquitecto Chema de Lapuerta y su socia Paloma Campo cuentan que lo consiguieron con pozos canadienses: tubos de 50 centímetros de diámetro a tres metros bajo el suelo por donde circula aire fresco del subsuelo (18 grados). Esa espiral enfría y calienta el nuevo inmueble sin necesidad de conectarlo a la red eléctrica.

Una zona interior del edificio premiado que da a una terraza con césped y árboles.
Una zona interior del edificio premiado que da a una terraza con césped y árboles.Olmo Calvo

La familia Sánchez Hita, dueños y fundadores, hace 40 años, del centro, tenía un objetivo: sus nuevas instalaciones debían educar. A la excelencia académica —el colegio es uno de los primeros bilingües de la capital— debían sumar ambición ecológica. Sabían que el nuevo edificio sería un 25% más caro —”de 1.500 euros por metro cuadrado pasaría a costar 2.000″, explica Luciano Gómez, encargado de las instalaciones—. También iba a ser más difícil de construir: pagarían el pionerismo de ser el primer colegio PassivHaus levantado en España que está desconectado de la red.

Los alumnos, en cambio, ganarían una lección diaria. No solo podrían hacer clase bajo los arces, ver crecer los tomates en el huerto escolar u observar cómo aparecen y desaparecen las hojas de los abedules para comprender el efecto de la sombra en la temperatura. Urgía que tomaran conciencia de que continuar con la construcción acrítica e indiscriminada, que no tiene en cuenta ni la naturaleza del paisaje ni la contaminación que producen algunos materiales ni el consumo energético, supone contribuir al calentamiento global, a la destrucción del planeta. La escuela no quería obviar ese mensaje básico y desoído.

Con esa intención de mejorar cívica y ecológicamente sus instalaciones, la dirección del centro convocó a estudios de arquitectura. Chema de Lapuerta y Paloma Campo habían firmado la sede de Coca-cola en Madrid y obtenido un Premio Leed Oro, “que mide el impacto ambiental del edificio, pero no su consumo energético”, apunta Campo. Ella fue alumna brillante de De Lapuerta y se convirtió en su socia hace 15 años. “En la primera reunión expusimos que nunca habíamos construido con el sistema PassivHaus, pero que estábamos dispuestos a poner las horas para aprender”, añade. Aprendieron juntos. Una guía fundamental fue el equipo de la ingeniería Zero Energy. “En España hay 60 edificios PassivHaus y cada vez más ingenierías especializadas en construcción sostenible”, apunta la arquitecta.

El certificado de total eficiencia energética PassivHaus indica que con la suma de recursos —aislamiento, vegetación, placas solares o geotermia— el edificio acumula la energía que consume no solo para su climatización, también para todas sus necesidades (ordenadores, alumbrado…). Conseguirlo no es fácil. En una cubierta ajardinada del colegio, De Lapuerta y Campo explican cómo los representantes del Instituto PassivHaus alemán —los únicos autorizados para realizar las pruebas— viajaron hasta tres veces para comprobar si se perdía o no calor. “Una de las veces, comprobamos que el aire desaparecía por los enchufes. El estancamiento debe ser total y la renovación del aire, paulatina”. Obtenido el certificado, llegó el premio que la semana pasada recogieron en Wuppertal (Alemania). Esta es la primera vez que un edificio español lo consigue. Es significativo que se trate de un colegio. Luciano Gómez cuenta que el centro está cuidando ahora la nutrición de los alumnos: “No solo durante las comidas: también informando sobre las consecuencias de una alimentación poco sana”.

Un pasillo del edificio premiado.
Un pasillo del edificio premiado. Olmo Calvo

La historia de la arquitectura está llena de intentos, en ocasiones fallidos, por mejorar la relación entre edificios, usuarios, ciudades y el planeta. A veces esas mejoras se han centrado en la parte técnica (los ascensores o el hormigón), otras en la estética. Una prioridad actual —que es en realidad una urgencia no generalizada— busca minimizar el consumo energético. Para eso hacen falta grandes decisiones —una inversión rentable tras 10 años o la posible desconexión de la red eléctrica— y muchos pequeños detalles, como las roturas de puentes térmicos.

Este colegio genera toda la energía que necesita para funcionar fundamentalmente porque no la malgasta ni deja que se escape. El sistema PassivHaus, acuñado en Darmstadt, Alemania, hace 30 años por el físico Wolfgang Feist, requiere el total aislamiento de los inmuebles mediante capas de materiales, mantos vegetales y arbolado de hoja caduca, que deja pasar el sol en invierno y lo evita en verano, para mantener una temperatura constante de entre 20 y 22 grados. Lo hace aislando, estableciendo filtros que renuevan el aire poco a poco y no desperdician el calor o el frescor acumulados. También capta mediante placas solares o pozos canadienses (en este caso) la energía y el frío o el calor que el centro necesita para funcionar. La versión PassivHaus más avanzada, también la más cara, acumula el sobrante energético en baterías Tesla, que permiten utilizarla en vehículos eléctricos y aseguran energía de emergencia en caso de desconexión de la red eléctrica.

“No es lo mismo una escuela que un asilo. En un colegio se cuenta con la temperatura del cuerpo de los jóvenes y se debe intensificar una renovación lenta del aire para airear gimnasios”, explican los arquitectos. Conceden que este edificio ha marcado un antes y un después en su manera de trabajar. E incluso le ponen un pero al sistema: “Mide el consumo energético pero no el reciclaje de las aguas grises”. Su escuela lleva la de los lavabos al riego de la vegetación. Más allá del ahorro energético, el edificio tiene la ambición de desaparecer en el entorno reflejando el arbolado y respetando la escala doméstica de las viviendas del vecindario.

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