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El chachachá de la independencia

Con el reciente fallecimiento de Manu Dibango y de Tony Allen, desaparece la generación de músicos que dio forma y visibilidad a la música africana moderna

El saxofonista Manu Dibango, en un concierto en Costa de Marfil en 2018.
El saxofonista Manu Dibango, en un concierto en Costa de Marfil en 2018. AFP / GETTY IMAGES

“La música africana moderna nació en Congo y Manu Dibango estaba allí”, dice la saxofonista Binetu Sylla, hija de Ibrahima Sylla (1956-2013), reputado productor y creador del sello discográfico Sylart Records. Sí, ahí estaba Dibango, defensor del panafricanismo, que paseó su música por el continente negro y la coloreó con influencias de medio mundo. La primera banda eléctrica surgió en el país en los años cincuenta; se llamó Kalle’s African Jazz, fue creada por Joseph Le Grand Kalle Kabasélé (1930-1983), y ofrecía un batido de cha-cha-chá, pachanga, merengue, tango y rumba cubana. Luego, cuando el soukous o rumba congo-zaireña empieza a tomar cuerpo, las orquestas de Tabu Ley Rochereau (1940-2013), el Elvis africano, como le llamó Los Angeles Times, y OK Jazz, de Franco Luambo (1938-1989) marcarán el ritmo.

Ambos músicos introdujeron cambios significativos en la estructura de las canciones, alterando los patrones e introduciendo improvisaciones y largos desarrollos instrumentales (puentes, entre las intervenciones del cantante), llamados sebene. Ahí parece estar la clave de los diferentes estilos de soukous (el escritor Gary Stevens, en Rumba On The River, sostiene que el invento nació en Brazzaville y no en Kinshasa), meneo que tiene en la rumba binaria su pulsación madre: rumba-odemba, para OK Jazz, y linda cubana, para African Jazz. Así las cosas, el soukous, que ha influido poderosamente en otras músicas urbanas africanas, tiene adjetivos distintos según de qué artista hablemos: cavacha y wondostock, yucca, makassy calculé, kwassa-kwassa…

Dibango, fallecido en marzo pasado a causa del coronavirus, formó parte de la orquesta African Jazz, de Kabasélé (jazz vino a significar, más que un estilo definido, un símbolo de modernidad), autor de la muy celebrada pieza ‘Indépendance cha´cha’, que grabó en 1960 en un estudio de Bruselas para acompañar y entretener a quienes negociaban en Bélgica la independencia de Congo. De alguna manera, el gran despertar de la música moderna de África está ligado a la independencia de sus países, lograda en gran parte de ellos entre 1950 y 1960.

Fue la explosión de un caldo de cultivo elaborado en los últimos años de la colonización con la aparición del fonógrafo y las emisoras de radio, las migraciones y las influencias de las fanfarrias coloniales, entre otros factores. Así, África occidental se convierte en la gran marmita en la que confluyen las culturas del Atlántico negro: el Caribe, la música latina y los ritmos afroamericanos. La agitación, además de instalarse en las ciudades de Congo, pasó por Saint-Luis, Dakar, Conakry, Abidjan, Acra, Cotonou, Lagos, Duala, Luanda…

El chachachá de la independencia

Mas las primeras muestras de lo que el músico y escritor Francis Bebey llamó la mutación que dio aliento y nueva vida al arte africano se produjo mucho antes de que los colonizadores tuviesen vía libre, a partir de la Conferencia de Berlín, en 1885, para esquilmar los recursos del extenso territorio que Manu Dibango dibujo con su cuerpo en la portada del disco Wakafrika. Según el musicólogo David Coplan, en Ciudad del Cabo los músicos ya tocaban melodías europeas con el laúd a comienzos de 1650. Más tarde, en 1750, surgen la costa oeste africana bandas de metales y, en 1841, una formación de Ghana tocaba mazurcas, polkas y marchas.

Súmese a eso la rápida aceptación que tuvo, en países como Liberia, Sierra Leona y Ghana la entrada de la guitarra acústica. La introdujeron los marineros, y cuentan que un músico de Sudáfrica ya tenía una en 1894. Otro instrumentista y marinero congoleño, Dondo Daniel, llevó la guitarra a su país en 1914. Por cierto: parece que fue a finales de los años cuarenta del siglo XX cuando la guitarra eléctrica llegó a África. Puede que esa fecha haya que tomarla con reservas, pero sí está documentado que Bill Alexandre, guitarrista belga de jazz, llevó en los primeros años cincuenta a Leopoldville la primera guitarra eléctrica; de hecho apareció con dos Gibson Les Paul, dos amplificadores, un bajo, una grabadora Ampeg y un micrófono Electro-Voice. Por esa época la vida nocturna de Kinshasa era un hervidero de clubes animado por más de 500 orquestas rumberas.

En Ghana emerge el high-life, música que el presidente del país declaró “banda sonora de la independencia”. Y Nigeria asistió al parto del afrobeat, de la mano del revoltoso, agitador y comprometido Fela Kuti (1938-1997), ritmo vibrante y canalla, hijo del cruce entre el juju nigeriano, el highlife de Ghana, el jazz, el funk y el soul. Fela tuvo a su lado al singular Tony Allen (nacido en 1940 y fallecido el pasado 30 de abril), responsable, sin duda, del beat en el conglomerado afrobeat.

Y si de influencias atlánticas hablábamos, conviene anotar la enorme influencia de la música cubana en la modernidad sonora africana, especialmente en países como Congo, Senegal, Guinea y Malí. Tuvo embajadores como Don Azpiazu, Trío Matamoros y Sexteto habanero. Antes, a comienzos del siglo XX, Sierra Leona asumió los primeros impactos caribeños con la llegada de los primeros esclavos libres. En Senegal la cubanía fue extremadamente popular antes de la Segunda Guerra Mundial. Y la presencia de artistas como Johnny Pacheco y La Orquesta Aragón fue notable. Congo recibió oleadas de emigrantes de las indias occidentales. En Senegal uno de los pioneros del estilo afrocubano fue Laba Sosseh.

A lo largo de los años sesenta y setenta la música moderna africana creció y se expandió fuera de sus fronteras, pero se fue disipando la euforia provocada por las independencias. Surgieron nuevas estrellas, hubo exilios a Europa y a comienzos de los años ochenta París era una fiesta… africana. Ahí también estaba Manu Dibango, quien en su biografía Trois kilos de café nos recuerda que ya en los noventa “la escena mundial se abre ampliamente a los heraldos de la música negra de París”.