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El gran jefe blanco de los chicos malos

Bret Easton Ellis tiene asegurado un lugar en la historia literaria por haber sabido retratar con eficacia las lacras sociales de la era de Reagan

Jay McInerney, Tama Janowitz y Bret Easton Ellis, en Nueva York en torno a 1988.
Jay McInerney, Tama Janowitz y Bret Easton Ellis, en Nueva York en torno a 1988.

Bret Easton Ellis tenía 21 años y todavía no había terminado sus estudios universitarios cuando su primera novela, Menos de cero (1985) protagonizada por adolescentes desafectos, ricos y blancos, revolucionó la narrativa norteamericana desde su base de Los Ángeles. Tres años después, desde Nueva York, en la otra costa del país, Jay McInerney completó la labor de derribo con Luces de neón. Desencanto, nihilismo, malestar, glamur, sexo, ríos de cocaína, pesimismo e ironía en el seno de la clase privilegiada.

El gran jefe blanco de los chicos malos

El sector editorial tomó inmediatamente nota. Había nacido el brat-pack literario, los chicos malos de la Generación X. Éxito, fama y una necesidad de provocar disfrazado de crítica social. Al grupo pertenecían mujeres como Tama Janowitz, autora de Esclavos de Nueva York o Jill Eisenstadt, pero aunque sus méritos literarios eran parejos hicieron menos ruido y tardaron menos en caer en el olvido. El segundo libro de Ellis, Las reglas de la atracción (1987), una novela bastante convencional, fue recibido con indiferencia. Faltaba el ingrediente esencial del escándalo.

Las cosas cambiaron radicalmente con American Psycho (1991), un noir neoyorquino protagonizado por Patrick Bateman, ejecutivo de Wall Street de 26 años, violador y asesino en serie. Esta vez el escándalo antecedió a la publicación del libro. La aparición de algunos fragmentos en las revistas Time y Spy causó tal revuelo que la editorial se apresuró a cancelar la publicación, que inmediatamente capitalizó un sello rival. Las quejas provenían principalmente de organizaciones feministas, que denunciaron la brutal misoginia del autor. Se intentó boicotear el libro y Ellis recibió amenazas de muerte.

El escritor tiene asegurado un lugar en la historia literaria por haber sabido retratar con eficacia las lacras sociales de la era de Reagan, aunque siempre ha habido dudas acerca del valor artístico de su obra. Alguien tan difícil de escandalizar como Norman Mailer dijo del autor de American Psycho que era un narcisista medianamente competente. Un detalle de la novela que hoy adquiere un valor peculiar es que el ídolo de Bateman es Donald Trump, quien acababa de publicar El arte de la negociación, a la sazón el libro del momento en Wall Street.

El gran jefe blanco de los chicos malos

Posteriormente Ellis publicó relatos y novelas como Glamourama y Lunar Park, cuyo impacto fue muy limitado. Hace mucho tiempo que el novelista lleva una vida prudente y convencional y ha trasladado su malestar a las plataformas que son su podcast y su cuenta de Twitter. El año pasado, tras casi una década de silencio editorial, publicó en EE UU su primera obra de no ficción: Blanco, conjunto de ocho ensayos, entre los que figuran algunas reminiscencias autobiográficas, y que en su conjunto se supone que constituyen una denuncia de la cultura contemporánea estadounidense en forma de ataque a los valores de una imprecisa izquierda liberal. En el punto de mira están lo que él considera obsesiones desenfocadas a la hora de tratar asuntos como el racismo o la diversidad.

Ellis se siente orgulloso de los logros de la Generación X y se lamenta de la blandenguería de los milenials, con su ciega defensa de la corrección política patente en movimientos como #MeToo o Black Lives Matter, o la claudicación de Hollywood ante la policía del pensamiento. Son cuestiones que es importante examinar bien, pero Ellis lo hace de manera ambigua. Así, cuando critica a los críticos de Trump no está claro si simpatiza con él o no. La primera incursión del autor en el ámbito de la no ficción ha sido recibida con opiniones fuertemente encontradas. Cuenta con adhesiones, pero son mayoría quienes le acusan de haberse apropiado de un discurso que al final se vuelve contra él.

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