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Redada

Marcel Cohen arrebata de la infamia de Auschwitz a una familia, la suya, en un ejercicio de escritura memorialística en el que recrea con nostalgia lo que no se pudo vivir

Judíos extranjeros en el campo francés de tránsito de Pithiviers, en 1941. 
Judíos extranjeros en el campo francés de tránsito de Pithiviers, en 1941.  GETTY IMAGES

El 14 de julio de 1943, Marcel Cohen tiene cinco años y juega con Anette en el parque Monceau de París. Ignora que en ese instante una redada policial se lleva a su familia como un golpe de viento desnuda a un árbol. Ellos se pierden para siempre en el fundido en negro de Auschwitz; Marcel los busca desde entonces y los recuerda en La escena interior desde la atalaya de la senectud. Estas son las memorias de un hombre que fuerza los recuerdos redentores que la barbarie le ha extirpado para tratar de construir su identidad mermada y de averiguar cómo fue el mundo al que su linaje le dice que pertenece. Restituye a sus padres, a quienes llama Marie y Jacques porque los reconoce pero no los conoce, y a sus abuelos y tíos, merced a cavilaciones en torno a epifánicos pormenores y a reveladores vestigios, a conjeturas, reminiscencias, un puñado de fotos, una huevera, un violín y una butaca de cuero raído, nebulosos recuerdos de manos sarmentosas sobre una amplia falda negra, de orina de hospital y de una estrella, objetos que perdieron hace décadas su contexto y son el atrezo de un drama contado por un niño octogenario que atiende por Marcel.

¿Pensó Cohen, a la hora de componer estas memorias, en Francis Ponge y en Le parti pris des choses, el libro en el que contempla el entorno describiéndolo con el fin de conocerse a sí mismo? Ponge, en cualquier caso, está de algún modo presente. Y asimismo La croyance des voleurs de Michel Chaillou por el narrador envuelto en brumas infantiles en busca de sus raíces familiares. Y Patrick Modiano y sus laberintos de la memoria que atraviesan calles y cafés de un París en blanco y negro se asoman enseguida a la memoria del lector, que no puede evitar pensar en las pesquisas obsesivas en busca de deportados a Auschwitz que teje en Dora Bruder y en aquella Francia sórdida y ambigua de la Trilogía de la Ocupación. Las introspecciones de Cohen dejan entrever las de Michel Leiris en Edad de hombre y en la vasta tetralogía La regla del juego, sus experimentos con el lenguaje entendido como el mensajero de Mnemósine, del mismo modo en que junto a un ejemplar de La escena interior cabría colocar otro de Los emigrados de W. G. Sebald porque comparten una primorosa meditación sobre el veneno del desarraigo y la triaca de la memoria, y se empecinan en la recreación de vidas perdidas sirviéndose de recuerdos propios y ajenos y de objetos y fotografías que evocan, invocan y convocan. Marcel Cohen no es Marcel Proust, y parece haber querido emprender el viaje al fin de la noche oscura de su propia identidad ejercitando una memoria más afectada que afectiva, más notarial que impresionista.

La escena interior, esto es, la del alma del autor, no la de un inmueble francés, contiene “las memorias abrumadoras de un testigo sin recuerdos”, como ha querido describirlas Éric Vuillard, un retrato de familia en el que la nostalgia de lo que no se pudo vivir se abre paso entre la asepsia de una reconstrucción abnegada pero austera del pasado personal, revisado aquí con ternura y comedimiento, también un relato de aprendizaje après la lettre y un modélico ejemplo de escritura memorialística que agavilla indicios y recuerdos en cursiva para tratar de restaurar una familia arrebatándosela para siempre a la infamia, un estremecedor ejercicio de anamnesis, y por encima de todo un exquisito texto elegiaco que advierte de que, “para quienes recuerdan, la memoria no responde a una fraternidad póstuma”.

BUSCA 'LA ESCENA INTERIOR'

Autor: Marcel Cohen

Traducción: Javier Albiñana

Editorial: Tusquets, 2020.

Formato: tapa blanda (167 páginas, 18 euros) y ebook (9,99 euros).

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