Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

Érase otra vez en la negra Escocia

Alan Parks inventa un nuevo y duro detective canalla con saga en marcha para reconstruir el turbio Glasgow de los 70 en la cruenta 'Enero sangriento'

BCNegra
Alan Parks, esta semana, en Barcelona. El País

De niño, Alan Parks, el nuevo boom literario del noir escocés, vivía en un pequeño pueblecito que tendía a abandonar los fines de semana para visitar a la familia en Glasgow. Iba con sus padres en autobús, a casa de una tía que vivía, precisamente, encima de la estación de autobuses de la capital negra de Escocia. “Sí, bueno, lo que hace Ian Rankin está bien, pero Edimburgo no tiene nada que ver con Glasgow. Edimburgo es una ciudad muy pija. Todo allí es rico, frío y calculador. En Glasgow, la pobreza sigue estando por todas partes”, dice. Luego continúa con su historia. “Recuerdo quedarme solo en una habitación con vistas a la estación, y ver todo tipo de cosas de niño, que creo que han acabado en Enero sangriento”, confiesa. Enero sangriento (publicada por Tusquets en castellano y Univers en catalán) es su primera novela, y también, el primer caso del detective canalla de moralidad borrosa Hary McCoy.

¿Qué era lo que veía desde esa ventana? “Trapicheos, básicamente”, responde. Una criminalidad que define como “doméstica” y que anda hoy prácticamente desaparecida, o en proceso de desaparición. “Con la llegada de la droga de forma masiva a mediados de los 70 y principios de los 80, los delincuentes se hicieron más ricos y los crímenes, más violentos, puesto que había mucho más en juego. Antes, los delincuentes vivían en pisos de protección oficial, eran como nosotros. Ahora son millonarios”, dice. Invitado con este, su primer disparo, a la edición de este año de BCNegra, el escritor, que durante 20 años trabajó para Warner Music, decidió que, para empezar, se centraría en el Glasgow que mejor conocía, el Glasgow de aquellos viajes de niño en los que, de vuelta, “mientras esperaba al autobús, no entendía por qué había tanta gente en la parada que cuando llegaba el autobús, no subían: estaban calentándose en las rejillas de ventilación”.

Es decir, el Glasgow de mediados de los 70. De hecho, el año cero de Harry McCoy, el detective huérfano con una tópica relación con una prostituta en plena caída libre, y una también tópica autodestrucción – drogas, alcohol –, es 1973. “¿Qué puedo decir de los tópicos? ¡Me encantan! ¿Por qué iba a crear otro tipo de detective? ¡Harry me gustaba así! Además, necesitaba que fuese así. Que supiese exactamente lo que se cocía en esos bajos fondos que aún no eran cosa de ricos, que eran de gente como él había sido en otro tiempo. Me juego cualquier cosa a que ningún otro agente de la policía, se atrevería a ir a sitios como los sitios a los que va McCoy, en realidad, ni siquiera pensaría que ahí podría encontrar algo, porque no tendría esa lógica de pensamiento que necesitaba para acercarme a la ciudad que quería retratar”, se defiende. Y ha hecho toda una aproximación a la misma. Hasta fue a clases nocturnas de historia industrial de Glasgow.

¿Qué puedo decir de los tópicos? ¡Me encantan! ¿Por qué iba a crear otro tipo de detective? ¡Harry me gustaba así! Además, necesitaba que fuese así. Que supiese exactamente lo que se cocía en esos bajos fondos

Alan Parks

“El proceso de documentación ha sido fascinante. Al principio se me ocurrió que podía reunir a mi familia, los que vivieron aquella época conscientes de lo que pasaba, y preguntarles. Pero no hacían más que discutir por el precio de una pinta entonces. Así que me fui a la hemeroteca y lo descubrí todo. Desde qué veían en la tele, hasta quién tocaba en la ciudad. Por eso sale en el libro el concierto de David Bowie, ¡hubo uno!”, recuerda. Pero ¿qué es exactamente lo que pasa en Enero sangriento? Primero, que un chico mata a una chica a tiros – en la misma estación de autobuses que el niño Parks veía por la ventana de su tía – y se suicida. Luego, que aparecen más cuerpos. Hasta seis. En una sola semana. Las cosas están cambiando, para mal, se dice McCoy. Y algo le dirige a los Dunlop, la familia más rica de la época, y a la vez, a Steve Cooper, su excolega de orfanato, el malo malísimo de esta historia.

Escrita en el tren, en los viajes de cinco horas entre Londres y Glasgow cuando decidió volver a Escocia pero seguía trabajando en la ciudad de Sherlock Holmes, la primera novela de serie McCoy – que ya tiene otros dos entregas en la calle –, es un crudísimo policial de corte clásico y gusto por los bajos fondos auténticos, y cierta querencia por la crónica histórica de una época que, juzga su autor, poco tratada por la literatura. “Me he situado en el punto de inflexión. Como decía, hasta 1973, el año en el que la heroína aterrizó en Glasgow, el delincuente podía cometer un crimen horrible por 20 libras, ¡nunca iba a salir de pobre! Después, todo se volvió mucho más salvaje, porque las cantidades eran exorbitantes”, insiste. La heroína llegó “y se instaló entre la bohemia, ¡había galeristas que incluso la incluían en la nómina! Pero una década más tarde, cuando todos empezaron a caer, se apartó de esos ambientes, y llegó a la calle, y fue peor”, recuerda.

Hoy, considera, el problema persiste, pero ha cambiado de nombre. “Ya no se llama heroína, se llama fentanilo, y está matando a nuestros indigentes, que cada vez son más porque el gobierno cambió la forma de acceder a los subsidios, endureció la burocracia y es habitual que pasen meses desde que solicitas una ayuda hasta que la consigues, y son meses que pasas en la calle expuesto a ese tipo de cosas, baratísimas y muy letales”, dice. “Es curioso, el tiempo pasa pero la gente que forma una comunidad, apenas cambia. La gente de hoy es la misma que la de entonces, son sus hijos, sus nietos, y viven exactamente igual, porque es imposible moverse socialmente. Glasgow es una ciudad de extremos, de una pobreza extrema se pasa a una riqueza extrema, y en los dos extremos hay delincuencia, solo que una de ellas es más peligrosa y más dañina y destructiva que la otra”, concluye el escritor, que, de momento, no piensa abandonar los años 70. “De hecho, cuando los abandone, también dejaré a McCoy”, adelanta.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >