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La original rebeldía de Carmen Martín Gaite

Este año se cumplen dos décadas de la muerte de la escritora. Sus cuadernos y cartas son su mejor retrato

Carmen Martin Gaite,en la Feria del Libro de Fráncfort en 1991.rn
Carmen Martin Gaite,en la Feria del Libro de Fráncfort en 1991. Cover/Getty Images

De la icónica escritora de cabellera blanca, boina ladeada y un punto de zalamería histriónica apenas queda nada en el impresionante séptimo último volumen de la Obra completa de Carmen Martín Gaite que publicaron el año pasado Espasa y Círculo de Lectores, al cuidado de José Teruel y con prólogo de una amiga y estudiosa de su obra, Maria Vittoria Calvi. De hecho, podría no quedar nada de nada tras conocerse la decisión de Planeta de deshacerse o renunciar a una colección que ha sido, en sí misma, ejemplar capital cultural de la democracia. El seguidor de la escritora tiene aún la posibilidad de empezar por el principio del volumen y no salir hasta llegar, 1.300 páginas después, a la carta final a Esther Tusquets (con recuerdos para Milena), fechada el 12 de junio de 2000, tras “un chequeo en el Ruber” donde “no han encontrado nada de importancia”. Fallecía apenas un mes y pico más tarde, el 22 de julio de ese año.

La originaria rebeldía mate de la niña del notario de Salamanca se despliega en esos Cuadernos y cartas de maneras tan minuciosas y a menudo brillantes que conmueven tantas páginas de desolación y tristeza, de crisis y de impotencia, de vitalidad fugaz y hedonista también, pero menos. Sus anotaciones tienen dos fuentes principales: de una llegan borradores en marcha, notas de lectura e ideas para proyectos de artículos, libros, etcétera. Pero de la segunda, mucho más fascinante y más adictiva, llega la escritora que sondea, explora, se ensimisma y desespera, se abate y se redime, combate contra el tabaco una y otra vez y, sin quejarse nunca, pelea contra sí misma y sus desvelos, sus insomnios, sus abatimientos ciclotímicos y sus melancolías incurables.

Quizá no sería mala idea promover la edición separada de esta otra vivacísima voz en pugna con la angustia de la soledad y el auxilio a ratos conflictivo de su hermana Ana, la gran Anita de este libro. Pero también la solvencia de Juan José Millás cuando empieza su amistad con ella, o su alianza al mismo tiempo con Álvaro Pombo —“qué descubrimiento este chico”, en 1977—, un poco más tarde su vinculación afectiva con Belén Gopegui y un grupo de jóvenes escritores. Hay otras gentes en su armario afectivo desde antiguo, como el reservón y demasiado hirsuto Juan Benet (pese a su apasionante epistolario, o precisamente por eso), la amiga Ana Gurruchaga, el amigo Manuel Longares, o el más fiel amigo todavía Juan Carlos Eguillor —responsable de la invención de Caperucita en Manhattan, precisamente en Manhattan y en 1985, año criminal—, o despistados como Pablo Lizcano, que activa una relación amistosa con esta Carmen hasta descubrir algo tarde que ella no es Carmen Laforet.

En su paisaje de fondo habitan la obstinada meticulosidad de un padre que lo anotaba todo en sus diarios de cada día, la incomunicación pertinaz e insoluble con Rafael Sánchez Ferlosio, antes y después de su separación hacia 1970, la devoción intacta por su hija Marta y el dolor de su muerte en 1985 (tras la pérdida de un primer hijo a los siete meses de nacer, 30 años atrás) cristalizada en un cuaderno cruel y diáfano, liberadoramente escrito en Estados Unidos. Las amistades de toda una vida, conocidas o no conocidas, empapan muchas páginas de veracidad sin máscara y vista por dentro, en la redacción de Diario 16 con Juby Bustamante y Miguel Ángel Aguilar (y su ahijado Miguelito), su enamoriscamiento de CS, que diría que es Carlos Semprún (lo sabe José Teruel, según dice, y quizá debió indicarse).

Su cuñada Gabriela Sánchez Ferlosio dejó de ser cuñada pero siguió siendo íntima amiga: las entradas del diario inédito de 1977 registran un grave intento de suicidio de Gabriela, mientras ella empuja contra la sombra y la depresión medicada su mejor novela —El cuarto de atrás— y su extraordinaria autobiografía intelectual disfrazada de ensayo, El cuento de nunca acabar.

Hoy pesará en muchos la imagen feliz de la novelista de los años noventa, contracara tardía de una vida demasiadas veces achuchada de soledades. Todo cambió el día que se le apareció Jorge Herralde en forma de “ser benéfico, uno de los hitos más positivos” de una vida en la que “nadie se había interesado por mis escritos tanto como tú, nadie me ha tratado en este terreno (¡y no sólo en este!) tan bien”.

Tras la muerte de su hija a sus 50 años y en plena crisis de madurez y climaterio, la “gana de vivir” le regresó con el éxito de los Usos amorosos de la posguerra española y sus siguientes novelas en la Anagrama de Herralde (y Lali Gubern). Así le fue “viniendo poco a poco la luz sobre tantas sombras”. Se lo escribe a su editor en 1992, y ahí siguen, imperturbables y perturbadores, los diarios y las cartas de la escritora Carmen Martín Gaite.