Cuatro anillos “milagrosos”, nueve obispos “santos” y un aparato de rayos X

Un equipo del CSIC tratará de despejar en enero, con el análisis de los metales por medio de un espectrómetro, algunos de los misterios de las joyas descubiertas en un relicario en Ourense

Amanda Dotseth, Jitske Jasperse, Therese Martin y Ana Cabrera, del equipo integrado en el CSIC que investiga las sortijas, durante su estudio de los tejidos medievales del Museo de San Isidoro de León.
Amanda Dotseth, Jitske Jasperse, Therese Martin y Ana Cabrera, del equipo integrado en el CSIC que investiga las sortijas, durante su estudio de los tejidos medievales del Museo de San Isidoro de León.T. Martin

Como si la Ribeira Sacra, que aspira en 2021 a ser Patrimonio de la Humanidad, fuera un jirón perdido de la Tierra Media de Tolkien, en la que perdurasen ocultos los nueve anillos mágicos entregados a nueve reyes de los hombres. El pasado diciembre, al empezar los trabajos de restauración de un relicario en el monasterio de Santo Estevo de Ribas de Sil (Nogueira de Ramuín, Ourense), Vania López descubrió una bolsita de tela bordada en hilo metálico. Dentro esperaba encontrar pequeños huesos, pero lo que apareció fueron cuatro joyas y una vieja nota manuscrita: “Estos quatro anillos son de los que quedaron de los nueve Santos Obispos. Son los que han quedado. Los demás desaparecieron. Por ellos se pasa agua para los enfermos y sanan mu[chos]”.

A partir de enero, un equipo de investigadores dirigidos por Therese Martin, del Instituto de Historia (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), tratará de despejar las incógnitas de estas piezas. El grupo fiará su suerte, sobre todo, al análisis de las aleaciones (y de las tres piedras preciosas que aún conservan engarzadas) con fluorencencia de rayos X (XRF), una técnica capaz de distinguir y revelar todos los componentes de los materiales.

En la fachada del enorme cenobio (hoy parador) incrustado como otra gema en una ladera boscosa que se precipita al río Sil, hay un blasón labrado en granito que representa nueve mitras. Pedro, Afonso, Servando, Gonzalo, Ansurio, Vimarasio, Fraolengo, Viliulfo y Paio vivieron en torno al siglo X y pasaron sus últimos años retirados en Santo Estevo. Según distintas fuentes históricas, habían sido obispos, entre otras diócesis, de las de Ourense, Astorga, Coimbra, Iria o Tui, y todos ellos se veneran como santos el 26 de enero (la fecha de la muerte de Ansurio en 925), aunque no están canonizados formalmente.

Con el tiempo, fraguó entre los devotos la leyenda que les atribuía poderes milagrosos. La fama de los prodigios sobrenaturales de los nueve religiosos y sus sortijas atraían muchos peregrinos y también generosos donativos que contribuyeron a engrandecer y embellecer el monasterio que luego pasó a manos de los benedictinos. Sus cadáveres estuvieron enterrados en el claustro que se construyó con parte de estos fondos y sus anillos de prelados se conservaban en un cofre. En 1463, el abad Alonso Pernas mandó trasladar los restos de los nueve religiosos a un lugar que consideró más propio para unos santos: dos arquetas doradas que flanquearían desde entonces el altar mayor de la iglesia.

Los huesos de cuatro de los obispos descansarían en uno de los relicarios y los de los cinco restantes, en el otro. Durante la restauración de uno de los compartimentos, apareció el pequeño saco con cuatro anillos y la nota que avisa desde tiempos pretéritos de la ausencia de los otros cinco. La caligrafía del pergamino no es medieval: los investigadores la enmarcan entre los siglos XVII y XVIII.

A falta de los análisis que se espera realizar este mes, la bolsa parece de seda y su factura recuerda a otras de los siglos XV y XVI. Está bordada con hilo metálico, pero todavía no se puede decir que sea de oro, igual que no se conoce la composición de los anillos. Estos datos los revelará el espectrómetro de fluorescencia de rayos X cuando el investigador Xosé Lois Armada se traslade desde Santiago al archivo de la catedral de Ourense para analizar las joyas.

Entonces se sabrá si la peculiar aleación de cada uno da pistas sobre la época y el origen de las piezas y se puede empezar a escribir la verdadera historia no escrita. “Es nuestra esperanza”, reconoce Therese Martin, directora del proyecto El tesoro medieval hispano en su contexto: colecciones, conexiones y representaciones en la península y más allá. Después de estudiar el tesoro de San Isidoro de León, Martin se trasladó a Galicia. Y los anillos se le han presentado por sorpresa cuando su grupo estaba trabajando en las maravillas que guarda el museo de la catedral de Ourense, como el ajedrez de cristal de roca de San Rosendo, de origen “claramente islámico” (y probablemente del siglo X).

A través de los objetos, el grupo integrado por una veintena de especialistas en historia del arte, arqueología, museología e historia medieval procedentes de seis países, rastrea los constantes intercambios entre culturas y religiones y el papel fundamental de las mujeres en esos contactos. En el equipo hay expertas en textiles de la Edad Media, en marfiles islámicos, en arte judío... y también en materias tan específicas como los matrimonios de las princesas de la Europa del Este o los vínculos entre “mujeres de élite en tierras germanas y de la península ibérica”. Los vestigios materiales que sobrevivieron al paso del tiempo manifiestan las “conexiones transculturales” que muchas veces permanecieron “invisibles para la historia escrita oficial”, defiende Martin.

Los anillos no son de plata pura, se cree que están tratados con azufre para cambiar su coloración y alguno presenta un baño dorado. El más pequeño, de 20 milímetros de diámetro y ya sin gema, podría servirle a una mujer. Otro, de 23 milímetros, se adorna con lo que semeja una turquesa y otros dos (23 y 27 milímetros de diámetro) llevan piedras de color blanquecino o crema. Una de estas dos tiene unas marcas, pero Martin todavía no sabe si son producto del desgaste o es que la piedra está tallada a modo de sello. “Necesito confirmarlo con el microscopio digital”, comenta.

A simple vista, todos “son anillos muy estándar, de tipología sencilla. Hay muchos de este tipo en el mundo musulmán y en la cristiandad”, explica la directora del proyecto, que buscará semejanzas con otras joyas ya estudiadas en el planeta. “Con lo que sabemos de momento no se puede decir que sean occidentales. No hay ningún elemento obvio, y el hecho de que no lleven inscripciones nos lo pone más difícil”, concluye: “Por ahora, para nada me atrevería a poner fecha a esos anillos”.

El Obispado de Ourense (que hasta que los científicos empiecen su labor se encarga de custodiar el hallazgo) recuerda que un canónigo archivero ya fallecido, Emilio Duro, fue uno de los mayores estudiosos de la historia del monasterio y los nueve “obispos santos”. En el proceso de canonización emprendido por la Iglesia en el siglo XVII y no completado se recogen varias curaciones insospechadas que se atribuyen a los anillos, como la de un tullido que volvió a caminar y una muchacha “ciega de nacimiento”.

La urna en la que aparecieron las joyas estaba en el relicario del lado izquierdo del altar mayor, el primero del que se acomete la restauración, invadido por los xilófagos. El arca está dividida en cuatro compartimentos que guardan los restos esqueléticos, supuestamente, de cuatro de los obispos medievales. Entre uno de estos montones de huesos estaba la bolsa bordada que, junto con el pergamino, “da mucho valor a los anillos”, admiten tanto desde el obispado como desde el equipo del CSIC.

El lugar en el que han aparecido y el documento antiguo que alerta de su importancia son, por ahora, los mejores indicios. El otro es la tradición popular que seguía latente en la zona como un eco de la fama que alcanzaron los poderes mágicos de los anillos en tiempos remotos.

Varios libros de ficción se han inspirado en esta historia, el último, publicado hace tan solo tres meses. El monasterio de Santo Estevo, los obispos que arribaron al lugar escapando de incursiones musulmanas, las sortijas prodigiosas a las que se perdió el rastro hace siglos y hasta un buscador de tesoros que trata de encontrarlas atraviesan las páginas de El bosque de los cuatro vientos (Destino), de la viguesa María Oruña.