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Rachel Kushner: “Ser moralista como escritor no te lleva a ningún lado”

Tras el éxito de ‘Los lanzallamas’, la autora regresa con ‘La sala Marte’. En su nueva novela retrata a una mujer condenada a cadena perpetua para relatar la vida en las prisiones de EE UU, el país con mayor población carcelaria del mundo

Rachel Kushner, en su casa de Los Ángeles en 2013. Ampliar foto
Rachel Kushner, en su casa de Los Ángeles en 2013. Los Angeles Times / Getty Images

Romy Hall, la protagonista de La sala Marte (Alfaguara), aún está en la treintena, trabajó en un sórdido club de striptease, es madre soltera y cumple cadena perpetua por asesinato en el penal de mujeres más grande de Estados Unidos. Rachel Kushner, su autora, ha cumplido los 50, trabajó como editora en la revista de arte Bomb, está casada y ha sido aclamada como una de las voces más potentes de la novela actual estadounidense tras su debut con Télex desde Cuba, sobre un grupo de familias norteamericanas en la revolución de Castro; y la deslumbrante historia de Los lanzallamas, en la que mezcló con maestría motos, arte y revolución en el Nueva York y la Italia de los setenta. Mucho parece separar a la autora de la protagonista de su nueva novela, pero Kushner defendía una mañana de principios de octubre en Oslo, donde recaló durante la gira de promoción de La sala Marte, que sigue habiendo un amplio margen fuera de la autoficción para imaginar y fabular. Además, enfatizaba, esta es sin duda su novela más personal: “La calle de Romy es la calle donde crecí; sus amigos son personajes de ficción, pero es gente que he conocido, que acabó en prisión y antes estuvo en centros de menores”.

El tiempo y el lugar que unen a Romy y a Kushner son el distrito de Sunset en el San Francisco de los años ochenta, una ciudad donde la revolución tecnológica aún no había llegado, las banderas arcoíris estaban desvaídas y la degradación rampante se mezclaba con drogas, delincuencia y violencia. Allí, a aquellos recuerdos, Kushner llegó en parte tras una conversación con su mentor y amigo Don DeLillo. “Sentía que era algo facilón usar mi propio material. En Submundo, él cuenta su infancia en el Bronx. Le pregunté cómo se sintió volviendo a aquello y me dijo que hubo un tiempo en el que fue el mayor experto mundial en cuatro manzanas al otro lado de Arthur Avenue. Me di permiso a mí misma para ser la mayor experta en el distrito interior Sunset”. Para entonces, Kushner ya llevaba tiempo metida a fondo en el eje central de la novela: la vida en prisión.

“En el fondo soy bastante hombre. Cuando escribo voy a un lugar libre de restricciones de género”

En 2012, tras terminar Los lanzallamas —señalado como mejor libro del año por la prensa cultural y finalista en los National Book Awards—, la escritora estaba con su familia de vuelta en California tras más de una década en Nueva York. “Vivo cerca de los juzgados en Los Ángeles, sabía lo que había pasado con gente que traté de adolescente. A pesar de ser esta persona de clase media alta, puedo ver todas la consecuencias del sistema penal”. Decidió sumergirse en un tema que corroe Estados Unidos, el país con mayor población encarcelada del mundo. “Tengo familiares que trabajan como abogados de oficio, una amiga que es defensora de menores, contacté con el grupo Justice Now y empecé a visitar a presos. Cuando ves ese mundo y cómo está gobernado te atrapa. Las cosas que ves ya no puedes dejar de verlas”. De todo aquello surgió La sala Marte, una historia ajena a sentimentalismos o maniqueísmos, cruda y llena de fuerza por la que obtuvo en Francia el Premio Médicis. “Hay escritores que miran hacia dentro y otros que van hacia fuera y experimentan dentro el mundo. Cuando miro fuera intento entender cómo piensa o siente otra gente”.

En una de sus visitas a la prisión de New Folsom, Kushner se entrevistó con un preso, un expolicía condenado a cadena perpetua que se arrancó a contarle una ristra de crímenes. “No sabía si estaba mintiéndome para impresionarme o contándome historias verdaderas, pero me estaba dando mucha información sobre sí mismo. Comprendí que ese hombre iba a morir entre esas cuatro paredes y seguía teniendo pensamientos y sentimientos de la misma manera que el resto. Me interesa eso más que juzgar a una persona”, afirma Kushner. No teme las contradicciones, no se ajusta a las convenciones, se abstiene de subrayar dramatismos y no se asusta ante la violencia.

La conversación sobre el inhumano e insostenible sistema de prisiones en EE UU ha llenado en los últimos años ensayos y series de televisión como Orange Is The New Black, pero Kushner aprecia pocos cambios reales y además no ve la televisión. “No tengo la costumbre y además soy muy porosa cuando escribo. Si releo Los hermanos Karamazov o Las confesiones de San Agustín, puedo introducir algunas de sus ideas en los pensamientos de mis personajes, pero si haces eso con una serie de televisión, te metes en problemas”.

Tres hombres hablan en primera persona en La sala Marte: un acosador, un profesor y un expolicía. Sus voces demuestran que Kushner tiene el timbre masculino perfectamente cogido. “En el fondo soy bastante hombre. Cuando escribo voy a un lugar libre de las restricciones de género, un lugar anterior a mi aprendizaje de la feminidad”. Es capaz de meterse en la piel del tipo que acude a un striptease sin que nada chirríe o escribir sobre sexo feo y transaccional sin tapujos. ¿Qué pasa con la lectura y el juicio moral que hoy se emite sobre obras y autores? “Alguien me dijo hace poco que Nabokov se había pasado de moda. Y pensé: ‘¿Ahora nos importa la moda en la literatura?”, comentaba alzando las cejas. “Más allá del plano literario, la complejidad moral es dolorosa para la gente. Se quiere pensar en alguien como absolutamente bueno o condenar a alguien como totalmente malo. Pero ser moralista como escritor no te lleva a ningún lado. Tienes que estar listo para asumir las contradicciones”.

Rachel Kushner: “Ser moralista como escritor no te lleva a ningún lado”

Hace más de dos años que terminó La sala Marte, pero Kushner no salió de las prisiones. Montó una lectura en una de ellas y decidió colar a una periodista de The New Yorker. “Valió la pena correr el riesgo. La revista se comprometió a que las presas y sus abogados vetaran lo que les pareciera del artículo. Ellas sintieron que se les devolvía la dignidad, que su historia importaba”, recordaba. Sigue visitando prisiones, colaborando con organizaciones, pero ya no ha podido hacer más lecturas en las cárceles. Aquella vez eligió un extracto del acosador que va al club de striptease. “Es una parte guarra y graciosa y sexy, y quería que se rieran. Pensé además que muchas conocerían a tipos como Kurt. Cuando llegué a la parte en la que él describe cómo le gusta que ella se agache, pregunté al guardia si podía seguir y empezaron todas a gritar. Fue increíble”. Kushner se despide y unas horas después visitaría a distintos colectivos que trabajan en las cárceles noruegas. Su lucha no termina.

La sala Marte. Rachel Kushner. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Alfaguara, 2019. 400 páginas. 20,90 euros.