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Construir un espacio para el agua

Muchos arquitectos han integrado piscinas y albercas en sus diseños

Casa observatorio de Gabriel Orozco.
Casa observatorio de Gabriel Orozco.

El agua, en arquitectura, se utiliza más para mirarla que para usarla. Más para contemplarla, y observar sobre ella el paso de las nubes, que para nadar. Más para refrescarse, creando un microclima, que para zambullirse en ella. Por eso son muchos los edificios de diversas épocas que, a partir de la arquitectura islámica, están rodeados de estanques, canales o, ya con la modernidad, de láminas de agua. Ese suelo líquido y quieto es una paradoja para un elemento fluido, e incluso sonoro cuando está en movimiento. Durante siglos fue ese trasiego lo que se proyectó en jardines renacentistas y barrocos. La modernidad prefirió el silencio, aunque el agua en la Fundación Querini Stampalia, que Carlo Scarpa construyó con mano de orfebre en Venecia, tiene más que ver con la Alhambra que con ningún otro edificio moderno.

Pero un recurso es el agua —quieta o en movimiento— y otro las piscinas. Entre las albercas más famosas de la arquitectura moderna se encuentran las que Álvaro Siza levantó en la playa Leça da Palmeira de su ciudad, Matosinhos, al norte de Oporto. Su objetivo fue no dañar el paisaje costero. Solo desde el mar alcanza uno a ver que son piscinas. Desde el paseo marítimo se percibe a gente chapoteando entre las rocas. En esa línea de deshacer el volumen rectangular de las piscinas en el paisaje, Alvar Aalto ideó una con la forma ondulada de su famoso jarrón Savoy. Era su manera de abstraer la forma de un lago en un país lacustre como Finlandia. Más allá de las curvas, la parte más singular de la piscina de Villa Mairea queda fuera del agua, a ras de suelo, cuando el pavimento de madera que llega desde el porche se alarga para que solo tres lamas se conviertan en trampolín.

Más allá de la naturaleza, existen piscinas con vistas. Rem Koolhaas ideó la más famosa, sobre la Villa dall’Ava, para contemplar en remojo la Torre Eiffel. El mexicano Luis Barragán arriesgó llevando el color a los muros que rodeaban las aguas calmadas y casi planas de la Cuadra San Cristóbal o Las Arboledas. Y el español Ricardo Bofill extremó ese gesto pintando el fondo de su piscina ampurdanesa en Mont-ras de color rojo carmesí. Con todo, puede que la vivienda que más haya hecho para sacar a la piscina de su racional y ensimismada forma rectangular haya sido la de la casa observatorio que el artista Gabriel Orozco construyó en Roca Blanca (México) con la arquitecta Tatiana Bilbao. Basada en la forma del observatorio astronómico Jantar Mantar, construido en Nueva Delhi en 1724, la piscina circular es el corazón de la vivienda —que la abriga—. Y la casa es tanto el soporte del agua como el camino hacia ella.