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narrativa

Cuidado con las brujas

Los desasosegantes cuentos de Camilla Grudova mezclan la violencia doméstica con la violencia social normalizada

Marta Sanz
ULRICH BAUMGARTEN (Getty)

La crítica internacional ha destacado las resonancias culturales en los singularísimos textos de Camilla Grudova. No está equivocada. Mientras leía, pensaba en la dificultad de la dirección de arte para la ambientación de unas piezas que, por su imaginería y su imaginario, validan la metáfora de la dirección de arte que acabo de utilizar. El número de fuentes cinematográficas con que vamos tejiendo la lectura también es significativo: en esta fantasía expresionista, los ecos distópicos de Margaret Atwood o la impronta kafkiana se funden con Tod Browning, las películas de stop motion —¿recuerdan Los mundos de Coraline?— y también con las propuestas de Yorgos Lanthimos… Con el director de Canino comparte Grudova, casi en la línea de las neolenguas de la ciencia-ficción, una impugnación radical al concepto de verosimilitud: ambos resignifican el lenguaje, arbitrario a ratos, violento casi siempre, y hacen tambalearse los códigos impuestos para ejercer el control social: una opresión que castiga sobre todo los cuerpos-muñeca de mujeres que, paradójicamente, en las construcciones de Grudova, cuidan y alimentan a hombres infantilizados.

El subrayado grotesco de lo convencional provoca la fractura de las convenciones —narrativas, sociales y sexuales— a través de los recursos de una sensorialidad diferente que revela nuestros trastornos: la escritora juega con olores-oxímoron, de modo que las criaturas huelen a caries y se transforman en hediondos burujos, descendencia amorfa e incluso masticable, a partir de cuya existencia literaria se cuestiona la asignación de los cuidados a las mujeres. Pese a que en estas historias se hable de costura y otras “insignificancias” del universo femenino, Grudova nunca se olvida de situar violencias y anomalías domésticas, familiares, eróticas en el plano de la organización social. Lo anómalo adquiere sentido en un orden común, y la crítica a la verosimilitud y a los códigos impuestos politiza cada página de Abecedario de las muñecas haciéndonos sentir que vivimos en una distopía permanente. Somos muñecas y animales de este bestiario, mascarones de proa fecundados por pulpos.

Estas piezas recorridas por comedores de sardinas en lata a quienes los dedos se les convierten en sardinillas necesitadas de agua para no morir, más allá de la excentricidad por la excentricidad, remiten a un mundo anoréxico y bulímico en el que se dibujan hambre y carestía, pero también un repugnante exceso de alimento. Estas narraciones podrían ser los habitáculos de una casa de muñecas que en sí misma ya evoca lo tenebroso de las duplicaciones y la trascendencia de lo pequeño: la dimensión maléfica del vudú se podría relacionar con la vertiente performativa de la literatura y, desde una perspectiva feminista, con el poder de las letras de este abecedario de muñecas. Aquí aparecen máquinas de coser que, con su perturbador erotismo y su dientecillo único, entrelazan fetiche, sexualidad y escritura de mujeres. La erótica de la cosa se deforma a la luz de la mujer cosificada. Y viceversa. La risueña denuncia de Grudova se trama con una imaginación, en absoluto desbordada, que nos lleva a ratificar la hipótesis de que Alicia en el país de las maravillas siempre fue el relato de una pesadilla. Con la lúcida crueldad de una niña, Grudova sonríe mientras arranca las alas a las moscas. Hay que tener cuidado con las brujas, sus conjuros y sus abecedarios.

Abecedario de las muñecas. Camilla Grudova. Traducción de Eugenia Vázquez. Nacarino Lumen, 2019. 184 páginas. 17,90 euros.

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Sobre la firma

Marta Sanz
Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de 'El frío', ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son 'pequeñas mujeres rojas' y 'Parte de mí'. Colabora con EL PAÍS, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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