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COLUMNA i

La distancia

Solo la irredenta habilidad de los abogados de los fugados y la necesidad de los informativos y tertulianos de rellenar su tiempo explicarían las ansias de marear a la perdiz y a la ciudadanía

Carles Puigdemont atiende a la prensa en Bruselas el pasado 26 de mayo.
Carles Puigdemont atiende a la prensa en Bruselas el pasado 26 de mayo. REUTERS

Los informativos y programas de tertulianos dejan sobrada constancia de ese fenómeno paranormal —lo que se encuentra al margen del campo de las experiencias normales— que es el caso de Puigdemont, un expresidente de una autonomía fugado de la justicia con nocturnidad y alevosía que se ha investido presidente, que reside a algo más de 1.340 kilómetros de la capital catalana en donde, al parecer, tiene un despacho vacío por decisión de su hooligan y sucesor en el cargo.

Para los legos en materia de Derecho, el mencionado caso es una caja de sorpresas permanente debido, fundamentalmente, a la habilidad de sus abogados defensores para embrollar lo simple, al tratamiento exhaustivo de las televisiones de todo lo relacionado con él y a la constancia de sus votantes a sabiendas de que solo le podrán ver a través de videoconferencia o en esa modalidad laica de peregrinaje a Bélgica.

Lo último, que dará que hablar durante días o semanas en las televisiones, es esa pura contradicción de querer recoger su acta de eurodiputado por delegación, es decir, de nuevo a distancia —lo que se sabe que no es legal, según los servicios jurídicos del Parlamento Europeo—, y acatar la Constitución en un despacho notarial de Bruselas. ¿Cómo se puede acatar la Constitución y negarse a venir al país que la votó mayoritariamente y bajo la que se ampara todo el armazón jurídico, entre otras disposiciones la de la obligatoriedad de su presencia ante la Junta Electoral Central?

Solo la irredenta habilidad de los abogados de los fugados y la necesidad de los informativos y tertulianos de rellenar su tiempo explicarían las ansias de marear a la perdiz y a la ciudadanía.

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