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El gran quiasmo

La cita con el arte actual en la 58ª Bienal de Venecia no apuesta por nada y consolida todos los formatos, ha mudado la piel y tiene la energía de una milenial

Instalación de Lara Favaretto, en el pabellón central de la Bienal. Ampliar foto
Instalación de Lara Favaretto, en el pabellón central de la Bienal. AWAKENING / GETTY

Proposición A.

Ralph Rugoff (Nueva York, 1957) es Ralph Esponja Pantalones Cuadrados y no vive en Bikini, sino en la submarina Venecia, una ciudad superpoblada y contaminada de turistas pero en el fondo bonita. Ríe mucho y se mete en mil problemas, pero ama trabajar en el Arsenale Crujiente y hacer arteburgers. No nada ni flota, camina porque en Venecia andar es lo equivalente a volar. Vive una vida interesante pues puede preparar todo tipo de experiencias culinarias con sus amigos artistas, como hacer fuego con agua o traducir sus sueños a un holograma. Los palacios de alrededor se inundan constantemente, pero Ralph siempre le da la vuelta a todo, y entonces un pecio atravesado por un torpedo que había sido hogar-refugio de humanos terrestres al borde de la extinción termina siendo un club para la jet set. Qué hay de malo, al fin y al cabo, él también tiene agujeros, es una esponja de mar real que se parece más a una esponja de baño.

En la bienal de Rugoff no hay lema aunque todos los temas que preocupan a la sociedad están presentes

En Venecia Botton hay objetos y cachivaches de un mundo perdido que se parece al futuro. Los corales están hechos de ganchillo coloreado, una mariposa gigante es un sofá para recibir a los activistas de las aldeas subacuáticas marginadas y una multipantalla simula el habitáculo de un zoo virtual donde una voraz lombriz se alimenta con los cacahuetes de una aplicación iOS. También hay monumentos dedicados a los altos dignatarios de antiguas potencias, pero las estatuas ya no están y del mármol sobrante sólo queda un hilillo como de chapapote, parece inofensivo pero cuando uno se descuida le sacude un latigazo de aire seco. Una brocha robótica encerrada en una pecera de metacrilato barre la sangre cercenada de pescaditos y calamares. También hay máscaras deformadas por la fuerza de las corrientes submarinas y un urinario abandonado en una esquina: había sido una fuente de la abundancia gracias a un tal Duchamp y ahora es un objeto fútil bajo una maraña de estalactitas y cadáveres humanos que cuelgan del techo como sacos de carbón. Estamos en el jardín de las delicias de la 58ª Bienal de Venecia, el mundo es apocalíptico y yo me quiero ir a casa.

Proposición B

Obra de Lawrence Abu Hamdan. ampliar foto
Obra de Lawrence Abu Hamdan.

Ralph Rugoff es un curador influencer y el más eficiente embajador del no Brexit. Vive en Londres, donde desde hace bastantes años dirige la Hayward Gallery, pero todo lo que hace, o mejor, el cómo lo hace, es típicamente americano. En su bienal no hay lema, aunque los temas que preocupan a la sociedad están presentes y de manera diferente según cada artista. Todos son autores vivos, entre firmas solventes (Christian Marclay, Rosemarie Trockel, Stan Douglas, George Condo, Hito Steyerl, González-Foerster, Jimmie Durham) y mileniales no menos interesantes de una y otra parte del planeta, qué más da, todos usan un idioma universal con muchos dialectos (el colectivo Slavs and Tartars) y formatos, desde pinturas y dibujos (Michael Armitage, Julie Mehretu, Jill Mulleady), esculturas (Jean-Luc Moulène) hasta trabajos hechos en Instagram (Frida Orupabo). La bienal tiene una energía magnífica, la mayoría de los artistas son apropiacionistas y el arte chino está plenamente integrado, de manera diferente a como lo introdujo en el mercado Harald Szeemann hace 20 años, como Steve Jobs cuando presentó su primer iPhone. Y ya van 10 modelos, 10 bienales después.

El calentamiento del planeta, los refugiados, el muro, el capitalismo, la verdad y las fake news...

En 2017, la comisaria francesa Christine Macel había desconectado el evento artístico de todo lastre ideológico con su poco afortunado título Viva Arte Viva. La Bienal gozaba de una segunda juventud y mudó la piel. En May You Live in Interesting Times (Ojalá vivas tiempos interesantes), Rugoff culmina la transformación con un evento sin proclamas, porque —cree— las verdades son elusivas y tienen billete de ida y vuelta. Doble cara. Una más oscura, Proposición A, en el Arsenal. La más rutilante, Proposición B, en el Pabellón Central. No son ámbitos estancos, sino un long play donde 78 artistas hacen saltar sus obras de una cara a otra contaminándose en paralelismos cruzados. Entonces se produce el quiasmo. Esponja se convierte en Ralph Beckett: no puedo seguir, tengo que seguir.

Escultura de Nicole Eiseman. ampliar foto
Escultura de Nicole Eiseman.

La bienal traza un mapa del tesoro (para dealers y coleccionistas) sobre el nuevo continente del arte actual, siendo una ocasión perfecta para introducir a todo iniciado, así como a los que ya están de vuelta de todo y la contemplan como esos domos de nieve y agua miniaturizados, que tras haber sido agitados recobran su aspecto de souvenir. Una de las mejores intervenciones la firma la artista veneciana Lara Favaretto: en la entrada del pabellón central, un chorro de agua vaporizada no deja al visitante contemplar las formas neoclásicas del edificio y lo que parece una ducha refrescante para el verano — que también lo es— sirve para conectar con otra instalación formal y conceptualmente perfecta, Thinking Head, una cripta inmaculada donde se almacenan diversos objetos clasificados por temas surgidos de conversaciones clandestinas entre intelectuales.

Agua vaporizada rocía a los visitantes de la instalación de Favaretto y les impide ver el pabellón

Las obras tocan algunas problemáticas de alto voltaje: el calentamiento del planeta, las migraciones, los desaparecidos, los muros, el poder de las corporaciones transnacionales, las fake news y la resistencia a los movimientos emancipatorios. Hay algunas piezas sobresalientes: el vídeo Quimera, de Haris Epaminonda, los brackets de Nairy Baghramian, las fotografías de los muros de Palestina de Rula Halawani, los relicarios de Jesse Darling, los readymade feministas de Alexandra ­Bircken, la apabullante película de Jon Rafman hecha con una estética de videojuego o la videoinstalación de Lawrence Abu Handam, una oreja de Dionisio que reverbera más allá de todo este tinglado. Cuando las verdades asustan, Venecia siempre se pone el disfraz de su mejor carnaval.

Ojalá vivas tiempos interesantes. 58ª Bienal de Venecia. Giardini y Arsenale. Hasta el 24 de noviembre.

El mal querer

BEA ESPEJO

La pregunta es compleja, incómoda y endémica: ¿por qué el arte español no cuenta fuera? La respuesta dibuja un mapa de lamentos, acusaciones y autodefensa. Necesariamente de autocrítica. Primero, porque en España carecemos de tradición. En el arte español estamos siempre “arrancando”. He ahí nuestra peregrina historia en el siglo XIX, el aislamiento de la dictadura franquista y una falta de creencia en el arte contemporáneo que, desde los años ochenta, nos hemos apresurado en solventar, para bien y para mal. Demasiados museos para tan escaso presupuesto. A eso se suma que seguimos sufriendo “el mal del otro”, pensando que todo lo internacional es mejor, con una dosis alta de queja. Hay que admitirlo: hablamos mal de España y frustramos cualquier atisbo de empatía. Eso, unido a la inseguridad que aparece en cuanto el arte español no participa de un gran evento internacional, alimenta aún más la sensación de hastío y de tierra de nadie en la que parece que habita el arte español. La salida, en parte, la sabemos: cualquier solución posible para mejorar la imagen, proyección y presencia del arte español fuera de España pasa por reforzar su debilidad estructural. Principalmente, la política, con una red sólida de relaciones internacionales y un programa de exportación del arte español fuera que deje a un lado la idea de campaña publicitaria y apueste por un trabajo de conexión real, sostenido y coherente; más diversificado, flexible y democrático. Por supuesto, apoyar el arte español en casa, desde todos los vasos comunicantes del sistema del arte, y huir de la desconfianza en la que a menudo se basa el binomio arte y política. Pero también hay otra estructura por reparar: la emocional. Tan sencillo como creer en uno mismo, dejar de quejarse y actuar. Démosle la vuelta: ¿no será que los planteamientos han sido equivocados y que la ansiedad por ese reconocimiento internacional ha sido parte del problema?