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Elogio de la traducción

Trasladar un texto a otro idioma es una herramienta de resistencia (y de reflexión) contra el pensamiento homogeneizado

Grabado sobre la destrucción de la Torre de Babel (1547), de Cornelisz Anthonisz Teunissen.
Grabado sobre la destrucción de la Torre de Babel (1547), de Cornelisz Anthonisz Teunissen.

En la semana en la que celebramos el libro, ese objeto versátil cuyo diseño apenas ha variado a lo largo del tiempo, hay que subrayar su relación íntima y próspera con la traducción. La literatura, que a menudo consumimos vertida de otro idioma, puede cumplir dignamente tanto la función de captar la curiosidad de un lector solitario durante unas horas muertas en un aeropuerto como convertirse en un refugio multitudinario para los sentimientos más complejos y desbordantes. Cuando Notre Dame aún humeaba, lectores de todo el mundo recurrían a Victor Hugo, como si la madera calcinada de su estructura se pudiera reconstruir con la celulosa de las páginas de su célebre novela sobre el jorobado Quasimodo. También se acudió a Ernest Hemingway cuando el terrorismo atacó la capital francesa o a George Orwell después de que Edward Snowden desvelase la red de vigilancia mundial.

Gracias a los traductores, podemos acceder a esas obras en nuestra propia lengua, diferente de aquella en la que se expresaron originariamente. La traducción, gesto político y filosófico que hace realidad el ideal de unión y comprensión más allá de las fronteras lingüísticas, es una herramienta de resistencia (y de reflexión) contra el pensamiento homogeneizado. No sé si se habrá escrito o filmado ya una distopía sobre una realidad en la que se haya erradicado la traducción, un mundo condenado a la monotonía lingüística y radicalmente distinto al nuestro, basado en la circulación de ideas de un idioma a otro. Orwell plasmó una variante en 1984 imaginando la imposición de una neolengua simplificada al extremo para gobernar el pensamiento de la población.

Toda traducción ensancha la lengua de destino, pues integra nuevas maneras de decir y pensar. Es un viaje hacia lo otro y el otro. Según el editor Roberto Calasso, una buena traducción no se reconoce por su fluidez, al contrario de lo que se suele afirmar, sino por todas las fórmu­las insólitas y originales que el traductor ha tenido el valor de conservar y defender. Aun así, en nuestro mundo plurilingüe, a menudo se sigue viendo al traductor como sospechoso de alta traición por atreverse a verter títulos extranjeros en su lengua con la aspiración de reproducir los matices del original. ¿Qué debía pensar uno de nuestros mejores traductores, el gran Miguel Sáenz, cuando trajo al español la contundente opinión de Thomas Bernhard acerca de que “un libro traducido es como un cadáver mutilado por un coche hasta quedar irreconocible”?

Hay otros escritores que, a diferencia del austriaco y sus acólitos, han ensalzado el arte de traducir. Borges decía que, en realidad, es el texto original el que es infiel a la traducción. Esta aparente ocurrencia resume una poética de este oficio que, en lugar de priorizar la correspondencia palabra por palabra, lo entiende como un acto de creación literaria. De hecho, Borges, en su currículo, anteponía sus traducciones a su obra original. Nabokov, por su parte, colocaba su versión al inglés de Eugenio Oneguin, de Pushkin, en la cúspide de su aportación a las letras universales.

Quien traduce debe arriesgar y dosificar a partes iguales y entender que ser fiel no equivale a ser servil. Más de un teórico ha observado que hay una flagrante contradicción en insistir en que el código ético al que debe someterse el traductor se basa en la objetividad y en la no intervención, una concepción según la cual se pretende convertir a un participante fundamental de esta transacción lingüística en una entidad diáfana cuya existencia, paradójicamente, se niega. El traductor, entendido así, sería un mero instrumento óptico que permite “enfocar” una obra escrita en una lengua extranjera, pero recordemos que cualquier lente, incluso la más precisa, arroja una aberración óptica en la imagen resultante. Afirmaba Alphonse de Lamartine: “En mi opinión, la obra literaria más difícil es la traducción”, y esa dificultad reside en lo utópico que es tratar de oír en el otro tu propia voz y, a la vez, hablar con esa voz ajena. Solo cuando se pretende esta quimera, el traductor cumple con el difícil reto de ser fiel, a la vez, a dos amos igual de exigentes, el autor de la obra y el lector de la traducción.

¿Perdemos algo al traducir un texto de una lengua a otra? Todo acto comunicativo está plagado de errores y confusiones. Dice un antiguo proverbio yidis que una persona oye una palabra, pero comprende dos. Traducir es el arte de la aproximación y, por ello, hay que saber convivir con el error. “Fracasa mejor”, repetía Beckett, porque el fracaso es inevitable. Apuntaba Ivo Andrić que es fácil descubrir imperfecciones, o incluso errores, en la obra de los mejores traductores, pero muy difícil comprender la complejidad y el valor de su trabajo. Traducimos y seguiremos traduciendo, porque, si queremos ampliar nuestras coordenadas y salir al encuentro de otras culturas, no nos queda otro remedio. Al cruzar la frontera del idioma, siempre nos confiscan algo en la aduana, pero bien merece el viaje llegar al destino con la maleta llena. Traducir es el triunfo de una utopía, así que con ella siempre ganamos. A fin de cuentas, como dijo la poeta Elizabeth Bishop, el arte de perder no es ningún desastre.

Trasladar un texto a otro idioma es una herramienta de resistencia (y de reflexión) contra el pensamiento homogeneizado