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Nadie olvida nada

Tras años de silencio en España, el argentino Guillermo Kuitca vuelve a Madrid con nuevas pinturas y viejos teatros de ópera

'El holandés errante' (2011), de Guillermo Kuitca. Ampliar foto
'El holandés errante' (2011), de Guillermo Kuitca.

Dice que un día se levantó cubista y que empezó a hablar una lengua que rompía con la estructura de la pintura. De pronto, un nuevo lenguaje fluía en sus obras de manera innata, como si siempre hubiera estado ahí en formato silente. Era 2007 y Guillermo Kuitca (Buenos Aires, 1961) tenía 46 años. Llevaba pintando desde los 9 y exponiendo desde los 13, todo con éxito, pero aquel giro lingüístico, justo cien años después de que Picasso pintara Las señoritas de Aviñón, fue una revelación. Quién sabe si fue esa idea de viaje circular tan recurrente en su trabajo, que recogen tan bien sus Diarios, lo que le llevó a celebrar inconscientemente el centenario del cubismo. O si fue su apego por el juego de planos de los teatros lo que le empujó a despertarse con la cuarta dimensión en la punta de la lengua.

A ese cubismo viral lo llama cubistoid mientras recorre la exposición que tiene ahora en Madrid. Desde su gran individual en el Palacio de Velázquez en 2003, firmada por su también ahora comisaria, Sonia Becce, Guillermo Kuitca no había vuelto a exponer en la capital. Pocos artistas como él aglutinan a partes iguales una alta calidad en su trabajo y la misma calidez de una trayectoria siempre precoz donde nunca ha esquivado los muchos intereses que se escapan de lo estrictamente artístico, desde la danza hasta la escenografía pasando por el diseño de telones. Sólo por eso esta cuidada exposición en la galería Elba Benítez merece ya una visita.

También para ver sus cuevas pictóricas donde la pintura lo integra todo. Están llenas de pequeños guiños que remiten a pasajes de Torres-García o Alfredo Hlito, así como Braque y los futuristas. Son cuadros con una superficie limpia y pulida, sin trazos de pincelada y que alimentan la impresión de perfección. En las esquinas, el lugar preferido del artista, se esconden sus obsesiones: sillas, camas o puertas y los espacios arquitectónicos que los contienen. A ratos, aparecen sombras, quién sabe si de él mismo. No niega que algo hay de autobiografía en esa constante reflexión filosófica de soledad que se ha convertido en el tema central de toda su producción.

Ahí están también las cintas de equipaje. Cuando apareció la primera, lo hizo como escenario, como si fuera una plataforma escénica, como si te dijera que no tuvo que ver con la representación. Las huellas de esas cintas lo llevan ahora a unas pinturas que parecen limbos y que aluden a un tipo de privacidad imprecisa, como si fuera una medida más del arte, de difícil acceso y extenso horizonte. Y es que Kuitca siempre ha colocado la experiencia pictórica en un complejo hiato entre lo privado y lo público, lo personal y lo institucional, un lugar donde muchas veces se diluyen las referencias al tiempo y el lugar.

Ocurre viendo las nuevas plantas de las gradas de los teatros, que en manos del artista se vuelven espacios de pura posibilidad. Son plantas inhabitadas, que remiten a series más antiguas como Puro teatro (1995-1997) y donde Kuitca especula con las miles de posibles escenas. Habla de trastocar las convenciones que esconden los planos teatrales en tanto que organización de un grupo de gente, cual pequeñas sociedades arbitrarias e imprecisas pero controladas y con un rol concreto. El foco está puesto en el movimiento y en el dramatismo de los espectadores. Parecen retículas estrelladas que alimentan el interés del argentino por la funcionalidad de las estructuras.

El proceso comienza cuando el artista interviene el plano original alterando los colores de las secciones y mezclando al público de la platea con el de la parte alta, como en el caso del Teatro Real de Madrid, presente en la exposición. El tratamiento agresivo con agua o vapor, la temperatura y los tiempos de exposición a los agentes, derivan en el deslizamiento de la imagen o en la ruptura en pequeños fragmentos. Parecen mapas en fuga, como los que tantas veces ha pintado a gran escala, y que se incluyen también en esta muestra.

Incluyen los mismos miedos y las mismas curiosidades. Misma ilusión y desesperanza. El interés por la expresividad del drama psicológico que se puso de manifiesto en el inicio de su trayectoria sigue muy presente aquí. Al investigar lugares lejanos, los mapas en sus manos disuelven las fronteras entre el espacio físico y el emocional. Sobre todo, cuando los nombres de los lugares que proponen son siempre el mismo, como en el caso de Ich habe genug (en alemán, “es suficiente”). Los mapas de Kuitca no son una herramienta para encontrar un lugar. Son imágenes que reverberan en la conciencia como si fueran canciones, y hablaran de la realidad compleja de nuestras vidas.

La historia narrada por Guillermo Kuitca podría resumirse en una saga de un progresivo análisis del espacio, creado desde las pequeñas camas vacías en su temprana serie Nadie olvida nada, a la pintura de plantas de departamentos, ampliando luego la escala a la representación de mapas, hasta llegar a los celebrados mapas sobre colchones. El suyo es un vasto catálogo de especies de espacios con mucho de autobiografía, el mejor escenario para un trabajo de causa y error que él reivindica desde una experimentación constante. En ese movimiento que descentraliza cualquier idea de estabilidad, Kuitca dispara caminos para entender lo que nos pasa, para imaginar y contemplar los grandes problemas de nuestro tiempo. Sus obras invitan a volver sobre nosotros mismos. Nos ofrecen un momento de privacidad. Un poco de aire empático. Oro puro en los tiempos que corren.

Guillermo Kuitca. Galería Elba Benítez. Madrid. Hasta el 31 de marzo.