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La épica de la mediocridad

C. H. Sisson retrata en el ingenioso relato inverso de ‘Christopher Homm’ una vida sin vida, la de un hombre que lucha por mantener su cómodo espacio de mezquindad

El escritor C. H. Sisson.
El escritor C. H. Sisson. GETTY IMAGES

Esta novela cuenta la existencia de un hombre mediocre, un pusilánime al que la vida derrota constantemente; pero es más que eso, en realidad lo que ofrece es un retrato despiadado de la mediocridad a través de los miedos y frustraciones de un hombre, sí, pero también de los “lugares de comodidad” en los que un ser humano se dedica a proteger su mediocridad y a protegerla de las nobles asechanzas del espíritu. Christopher Homm es un hombre que lucha para sobrevivir por el método de hacer de su no-lucha, de lo acomodaticio y de la inhibición un siniestro y pervertido locus amoenus.

La novela nos cuenta su vida de manera inversa: comienza con la muerte del personaje (“Era un dechado de amabilidad cuando se desplomó en la gravilla. La gota que tenía en la nariz se desprendió y terminó convertida en una bolita de polvo, pero Christopher Homm no volvió a moverse y su historia posterior fue un simple funeral”) y termina en el momento de su nacimiento, tras los ímprobos y grotescos esfuerzos de su mujer, la comadrona y el médico (“Christopher se agazapó en su ceguera. Estaba a punto de emprender el camino hacia Torrington Street, y de haber sabido lo amargo que sería su viaje, no habría venido al mundo”).

La épica de la mediocridad

El relato inverso es ingenioso, sin duda, y le sirve al autor para buscar contrastes muy expresivos. No es menguado empeño el de hacer de la mediocridad el centro de un relato, entre otras razones porque es una fuerza negativa, lo contrario de una gran tema como el odio, la codicia, el amor o la muerte. Es como si el autor deseara construir un relato dramático sobre las no-cualidades de un hombre ininteresante, una suerte de épica de la mediocridad, un imposible porque no hay épica, ni orgullo, en la mediocridad pura y dura. Sin embargo, ­Sisson consigue una novela más que digna de aprecio en su meticulosa y despiadada descripción de una vida sin vida; otra cosa es sostener esa trama sin ofrecer un respiro, sin un átomo de compasión por el personaje (ni por el lector, dicho sea de paso).

La novela de Sisson es una propuesta sugestiva, pues a fe que se aplica a llevarla adelante con talento y una excelente escritura en la que pone toda su atención y no deja rincón del alma por hurgar, pero asoma un problema: que, tal y como aborda el relato, contiene en sí su lado negativo además del positivo, que lo es y mucho. Como buen autor inglés que se precie, Sisson se vale de la ironía para retratar el espacio de sordidez, mezquindad y ruindad en el que se desarrolla su historia; pero a diferencia de otros autores de la misma cuerda, que se valen de lo que llamaría “ironía disty” (sería el caso de una Barbara Pym), la de Sisson debe calificarse de “ironía negra”. Sisson no deja títere con cabeza, hay una especie de autocom­petición por alcanzar el más alto grado de sordidez entre todos los personajes, empezando por Homm. El ingenio del autor tiene el filo de un cuchillo japonés, pero este mérito se convierte también en demérito, y ese es un problema de fondo. Ni una luz ilumina a Christopher, no hay opción para él, es un condenado sin fisuras. El tema, reducido a sí mismo, se convierte en un tema menor.

Como tratado del horror, el libro es una joya como escritura, sí, pero demoledora. Lo mejor es divertirse con el humor negro de Sisson luego de rezar por las almas insulsas.

Christopher Homm. C. H. Sisson. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Alba, 2019. 312 páginas. 19,50 euros.