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LA ZANJA CRÍTICA i

¿Oro y progreso? Concédame el beneficio de la duda

‘La zanja’, el último montaje de Pako Merino y Diego Lorca, habla de la recurrencia del pasado en las luchas entre expoliadores y expoliados

Pako Merino y Diego Lorca, en 'La zanja'.
Pako Merino y Diego Lorca, en 'La zanja'.

Pako Merino y Diego Lorca cocinan a fuego lento. Desde hace 19 años que se conocieron en la escuela parisina de Jacques Lecoq, han estrenado cinco espectáculos de humor reflexivo sobre la enfermedad mental, la guerra, la muerte y los secretos familiares. Cada uno de ellos les lleva entre un año y dieciocho meses de factura. La zanja, el más reciente, habla de la recurrencia del pasado en las luchas entre expoliadores y expoliados. Mediante idas y venidas del presente al siglo XVI y de América a Europa, los fundadores de Titzina Teatre relatan el desembarco de una multinacional de la minería aurífera en una apacible población peruana, la pugna dialéctica entre su filosófico alcalde y el técnico negociador enviado desde España y la deriva fatal que toman pronto los acontecimientos.

Mientras se gesta el enfrentamiento entre estos personajes, Lorca y Merino pintan un fresco costumbrista de la vida rural, hacen un croquis de los cambios radicales que en el paisanaje produce la afluencia de capital inversor, citan con precisión el léxico eufemísitico con el cual suele maquillarse esta clase de negocios y reviven la pugna entre Francisco Pizarro y Atahualpa, matriz de la actual. “Sin aceptar la herencia es imposible forjarse un destino”, viene a decirle Alfredo, el alcalde, a Miquel, su antagonista, obligado a postergar una vez más su inmediato regreso a España.

Escrito tras convivir en Perú con mineros de una transnacional, representantes de oenegés y pobladores perjudicados por la explotación de yacimientos a cielo abierto, este espectáculo se sostiene sobre el texto en mayor medida que los anteriores de Titzina, caracterizados por el virtuosismo de su lenguaje no verbal. Resulta más ambicioso y disperso que Exitus, menos redondo, pero al cabo es dialéctico y deja huella. Admira cómo dos actores solos van poblando la escena de un reguero extenso de personajes que calan en el ánimo del espectador. En los saltos espaciales y del tiempo narrativo, pero también en las mutaciones constantes de los cómicos, la labor de Titzina evoca la de Robert Lepage. La zanja anda sobradamente provista de discurso, que no acaba de traducirse del todo en acción aunque ponga el índice en la llaga.

La zanja. Autores, directores e intérpretes: Diego Lorca y Pako Merino. Salamanca: Teatro Liceo, 2 de febrero. Medina del Campo (Valladolid): Auditorio Municipal, 3 de febrero. Sopelana (Vizcaya): Kurtzio-Kultur Etxea, 8 de febrero. Basauri (Vizcaya): 9 de febrero. San Sebastián: Gazteszena (Egia), 10 de febrero. Zamora: Teatro Principal, 13 de febrero. Soria: Teatro Palacio de la Audiencia, 14 de febrero. Ponferrada (León): Teatro Bergidum, 15 de febrero. Benavente (/Zamora):Teatro Reina Sofía, 16 de febrero. Barcelona: Sala Villarroel, del 2 al 22 de abril.