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La venganza de los desechos

La idea del reciclaje recorre el campo del arte y la literatura hablando de depuraciones ideológicas y verdades muertas. La nueva cultura del corta y pega

Obras de Basurama, en la exposición Hybris (Musac, 2017). Ampliar foto
Obras de Basurama, en la exposición Hybris (Musac, 2017).

En 1928, Oswald de Andrade publicó en Brasil el ‘Manifiesto antropófago’. Aparecido en el primer número de la Revista de Antropofagia, el texto era un elogio al revoltijo de culturas, un mandato sobre la virtud de digerirnos los unos a los otros y, en definitiva, una apuesta por la mezcla, tanto en lo individual como en lo colectivo. Si el Manifiesto comunista empujaba a los proletarios de todos los países a unirse, el antropófago clamaba por que la humanidad fuera capaz de comerse (al menos en términos culturales).

El reciclaje cultural de la basura aparece como una forma de administrar la muerte y la resurrección

Noventa años después, Jair Bolsonaro ha llegado a la presidencia brasileña con una plataforma racista y excluyente que podría entenderse, en parte, como una derrota de la antropofagia. Y aunque políticamente se hable de fascismo, en el ámbito cultural las cosas no parecen tan simples (aunque eso no quiere decir que sean menos alarmantes). Culturalmente hablando, Bolsonaro se alista en una cruzada contra todo aquello que representó, durante el siglo XX, la idea del reciclaje como un modo de construir la cultura. Para decirlo en palabras de José Luis Pardo, este ministro de Dios (como a él mismo le gusta describirse) vendría a ser algo así como un paladín de “la utopía de un mundo sin basura”.

Esta epidemia aséptica, desde luego, no se reduce a Brasil. Hoy se expande por Estados Unidos y casi toda Europa, incluida España; tampoco le faltan epígonos en Asia o el resto de América Latina. Bien atrincherada contra cualquier invasión bárbara, en su pira purificadora cabrían otras ingestas bastardas, como la transculturación que Fernando Ortiz dio a conocer en su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, un ensayo de 1940 que apuntaba también a un trasunto digestivo como elemento de identidad cultural. O, incluso, el Levi-Strauss que en 1964 avanzó su teoría sobre lo crudo y lo cocido como síntomas civilizatorios.

'Marat (Sebastião), from Pictures of Garbage' (2008), de Vik Muniz. ampliar foto
'Marat (Sebastião), from Pictures of Garbage' (2008), de Vik Muniz.

A contrapelo, Bolsonaro y compañía —Vox o el Frente Nacional, Viktor Orbán o Donald Trump— se conectan con una línea que, desde el siglo XX, es adepta a aplicar lejía a todo aquello que les resulta diferente. Y esto ha ocurrido, por cierto, bajo diversos regímenes, no sólo los fascistas, aunque estos tengan patentada la defensa de la pureza. Desde el estalinismo hasta el neoliberalismo, pasando por el nacionalismo, hemos sufrido suficientes depuraciones ideológicas, purgas culturales o limpiezas étnicas como para no ir escarmentados.

El siglo XXI ha sido pródigo en antídotos contra ese castillo esterilizado en el que sueñan alojarse las élites de esta contienda. Obras que han reivindicado esa mezcolanza no siempre predecible que acaba por definir la cultura. Es el caso del ya citado José Luis Pardo en su libro Nunca fue tan hermosa la basura. O de un artista como Wodiczko, quien asume el detrito como espacio propiciador de una verdad que sólo puede estar “ahí dentro”.

Otro Caribe distinto al de Ortiz fue imaginado por Juan Abreu como un inmenso basurero del futuro en su novela Garbageland, mientras que Rita Indiana lo previó, en La mucama de Omicunlé, como un vertedero nuclear por el que los modelos políticos del mundo acabarían precipitando su fracaso. En un basurero transcurre la novela gráfica Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar. Ni siquiera un fotógrafo tan pulido como Andreas Gursky pudo resistirse a retratar el Bordo de Xochiaca, en México, un territorio de detritos que ya había sido capaz de generar cine, arte y literatura en abundancia, como muestran las obras precursoras de Alfredo Joskowicz y Sarah Minter, o la mirada posterior de Karla Hernández Lara. Ni un artista del éxito de Vik Muniz ha podido sustraerse a la basura de las favelas para reconstruir las grandes obras del arte clásico, como ese reciclaje del asesinato de Marat en medio de una bañera de desechos.

La apropiación, la selección, la digestión y hasta la excrecencia convierten el detrito en escritura

Ya en el año 2003, el crítico Jordi Costa resumió el tema en su documentada exposición Cultura basura, que se inauguró en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y en la que despojaba a la porquería de su tratamiento peyorativo. Hace poco, un festival llevó este mismo título en Madrid, aunque su propuesta está a una distancia considerable de las ideas de Costa y de su muestra, que contaba con aproximaciones de Rodrigo Fresán, Sergi Pàmies, Irwin Chusid o Mondo Brutto. Otra es la posición del colectivo Basurama o de Santiago Cirugeda, que se han implicado de una manera más directa; reciclando sobre el terreno zonas ambiguas del espacio público hasta transformar su desuso en uso social. O convirtiendo esas formas de la basura urbana que adquieren el descampado, la esquina sin dueño o el solar abandonado en parques infantiles, viviendas, puntos de encuentro, refugios diversos.

'Fluctuaciones' (2017), de Daniel Canogar. ampliar foto
'Fluctuaciones' (2017), de Daniel Canogar.

Desde los detritos de Internet (ese mundo que Sarah Jeong acaba de definir radicalmente como la basura por excelencia), Daniel Canogar o Daniel G. Andújar han concedido nueva vida a los desechos de tragaperras, cables, CD, teléfonos móviles u ordenadores. Para ellos, la basura funciona como una especie de disco duro de la cultura, un punto de vista parecido al de Juanjo Valencia y Lena Peñate cuando abordan la obsolescencia de las imágenes como una traducción directa de la decrepitud de los lugares donde estas se emplazan, en particular los museos.

Con todo este acervo, no debe ser casualidad que uno de los libros más elogiados de 2018 sea Teoría general de la basura. En este ensayo, Agustín Fernández Mallo nos deja claro que no es que la cultura use el reciclaje, sino que es, toda ella, ese reciclaje. De ahí que la apropiación, la selección, la digestión y hasta la excrecencia conformen esta teoría que —como quien hace de la necesidad virtud, o de tripas corazón— convierte el detrito en escritura. En buena medida, la inmundicia es la contraparte de la opulencia. Es sabido que basura y codicia forman un buen tándem: pocas actividades son tan lucrativas como los vertederos, sobre todo en este tiempo en el que ya es difícil escapar de la cita, cuando no del corta y pega, y de todos los ardides dispuestos para volver a poner en circulación, una y otra vez, verdades muertas.

Al final, estas y otras obras nos adiestran en contraponer la selección a la dentellada, la apropiación a la depredación, la digestión a la gestión, la promiscuidad a lo incontaminado. El reciclaje cultural de la basura aparece como una forma de administrar la muerte y también, por eso mismo, la resurrección. Si, como le gustaba afirmar a Lenin, los hechos son tozudos, para la cultura los desechos resultan vengativos. Quizá por eso resulten tan aterradores para los nuevos gurús de la pureza. Juegan con la ventaja de acarrear la sabiduría de quien vuelve de la muerte.