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La tranquilidad de basarse en hechos reales

La camaleónica ‘non fiction’ de la australiana Helen Garner, reina del efervescente ‘true crime’, demuestra que la realidad es, a veces, pura literatura

Robert Farquharson, con sus tres hijos una semana antes de su muerte.
Robert Farquharson, con sus tres hijos una semana antes de su muerte.

Su personaje favorito es el Hada Varanegra de La rosa y el anillo, de Thackeray. Es decir, un personaje que desea desgracias a encantadoras jovencitas porque, ¿qué puede desear más una encantadora jovencita que una desgracia? El Hada Varanegra sabe que cuando la vida duele, se vuelve un complejo laberinto y que se sale de él transformada en alguna otra cosa que valora mucho más todo aquello que tiene. Helen Garner (Geelong, Australia, 1942), la reina del true crime, género ahora en boga que convierte el periodismo de sucesos en apasionante narrativa, el irreflexivo artículo de periódico sobre un asesinato, como el que supuestamente cometió Robert Farquharson el 4 de septiembre de 2005 al hundir su coche, con sus tres hijos dentro, en una balsa, en analítica non fiction novel, descubrió al poco de cruzarse en su camino la literatura, que, en tanto que escritora amante de lo real, nada mejor podía cruzarse en su camino que una desgracia. Porque desde el principio, desde que un día se encerró en la biblioteca, después de dejar a su hija en el colegio, a releer su diario convencida de haber visto algo en él, algo susceptible de convertirse en otra cosa —nada menos que el inicio de su primera y exitosa novela, Monkey Grip—, tuvo claro Garner, por entonces profesora de instituto en un lugar llamado Werribee, que el detonante de su literatura iba a ser el incidente real, propio o ajeno.

La tranquilidad de basarse en hechos reales

Así, en La casa de los lamentos (Libros del KO), Garner se propuso descubrir no sólo si el mencionado Robert Farquharson era la clase de monstruo que parecía ser, alguien capaz de matar a sus hijos —de 10, 7 y 2 años— el Día del Padre, dejando que se ahogaran dentro del coche que él mismo había sumergido en una balsa —para luego fingir que había sido un accidente del que sólo él había logrado salir con vida—, sino también cómo funciona la justicia —y si existe— en un caso así, colocando la lupa, esto es, su propia capacidad para el relato de lo que está ocurriendo, sobre el objeto a observar, en este caso, la Corte Suprema de Victoria (Australia). No en vano se ha dicho de su obra que insiste constantemente en la conexión entre escribir sobre la vida y comprenderla. Aunque no sea nada fácil. En especial, cuando se intentan desdibujar los límites.

De ahí que haya preferido siempre la no ficción a la ficción. En la honestísima introducción a Historias reales (Libros del Asteroide), el volumen de artículos construidos desde un yo capaz de contar cómo fue que la despidieron del instituto en el que trabajaba por hablar a sus alumnos de sexo (durante semanas) y por qué a los 18 años creía que todos los judíos y todos los homosexuales del mundo vivían en Nueva York, admite que “en la ficción, cuando bajas al barrizal de la vida, trabajas a ciegas”. “Crees saber lo que estás haciendo, pero sólo ves penumbra”, dice, y añade que, una vez finalizada la inmersión y la obra, “resulta que aquello que creías tener controlado te controlaba”.

Por eso, dice, prefiere el periodismo. La no ficción. Le gusta la idea de que un cuaderno le dé acceso a todo tipo de otras vidas reales. Le da tranquilidad no tener que inventar. Poder, simplemente, salir a la calle y dejarse llevar, contar lo que sea que esté sintiendo —como ocurre en su nostálgico regreso al lugar en el que vivió de niña, Ocean Grove, en Una triste arboleda junto al océano— o viendo —lo que ocurre en un día corriente en el depósito de cadáveres de, también, Victoria, está contado sin filtros, esto es, agujas clavándose en ojos mediante, en el artículo que dedicó a su visita a la morgue—, y, con ello, convertirse en una cámara narrativa que retransmite únicamente para el lector.

La tranquilidad de basarse en hechos reales

Defensora, en tanto que admiradora del documentalista francés Claude Lanzmann, de la pregunta aparentemente tonta, aquella ante la que el protagonista de tu no ficción baja la guardia y que desata la confesión inesperadamente clave, Garner está convencida de que la curiosidad es un músculo, y uno que ella ha entrenado a conciencia, y también que no hay nada escrito en lo que a narrar la realidad se refiere, es decir, que una debe dejarse llevar en todo momento, incluso durante el interrogatorio, o la entrevista. “Tienes que desprenderte del deseo ansioso de controlar y dirigir el encuentro. Tienes que vivir un tiempo en la incertidumbre de no saber adónde vas. No guías tú. Aprendes a seguir. Y luego te asombra lo que la gente está dispuesta a contarte”, escribe.

Y se diría que todo aquel decidido a seguir sus pasos e intentar capturar la realidad como se capturaría un pequeño animal salvaje para su posterior examen, haría bien en seguir sus pasos. Son esas las máximas que la llevaron a destapar el primer escándalo #MeToo más de dos décadas antes del #MeToo (el que relata en The First Stone: Some Questions About Sex and Power, uno de sus primeros disparos non fiction, de 1995) y a componer uno de los primeros clásicos del true crime: Joe Cinque’s Consolation (2004), la historia de una chica que acabó con su novio en la universidad sin que nadie moviera un dedo pese a saber, todos, que iba a hacerlo. ¿Que si sigue en activo a sus 75 años? Por supuesto. Se diría que, desde aquel lejano día en que dejó a su hija en el colegio y se encerró en la biblioteca en busca de aquello que brillaba en su diario, es incapaz de vivir sin contar, afortunadamente.

La casa de los lamentos. Helen Garner. Traducción de Alba Ballesta. Libros del KO, 2018. 302 páginas. 21,90 euros.

Historias reales. Helen Garner. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Libros del Asteroide, 2018. 368 páginas. 22,95 euros.