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Bernardo Bertolucci: la alegría de filmar y de vivir

Es imposible imaginarse el cine europeo sin la figura del director italiano

Bernardo Bertolucci (izquierda) con Jacopo Olmo Antinori, durante el rodaje de 'Tú y yo', en 2012. En vídeo, perfil del director.

Es imposible imaginarse el cine europeo sin la figura del italiano Bernardo Bertolucci. En él se conjugaron las ansias de la experimentación, las vivencias del 68, la pasión por su país natal y por Francia, una época de fagocitación por Hollywood, la militancia a favor del Partido Comunista y por tanto la defensa a ultranza de unos ideales hasta la desilusión por una ideología que se alejó de sus principios, y una madurez que le devolvió a una sencillez que escondía la complejidad de su alma. Bertolucci ha muerto esta mañana en Roma, en su casa del barrio del Trastevere a los 77 años, y no por ser una noticia esperada, a causa de su delicado estado de salud que le tenía atado los últimos tiempos a una silla de ruedas, deja de sorprender menos. Porque el cineasta fue siempre un amante temperamental de la vida; le gustaba citar la máxima de Renoir: “Hay que dejarse llevar por la joie de vivre y dejar las puertas abiertas a la realidad”.

Además de un León de Oro de Honor de Venecia en 2007 y otra Palma de Oro de Honor en Cannes en 2011, en su paso por las grandes producciones obtuvo dos Oscar personales: los de mejor dirección y guion adaptado por El último emperador —el filme recibió nueve—. Pero los premios no reflejan la huella que ha dejado Bertolucci en Europa, incluso en España, donde muchos niños se llaman Olmo a imagen y semejanza del personaje de Gérard Depardieu en Novecento, el fresco épico de la lucha de clases en el siglo XX en Italia.

Nacido en Parma, en 1940, era hijo del poeta Attilio Bertolucci y la profesora Ninetta Giovanardi. “Escribí poesía, pero decidí no continuar porque él era demasiado bueno y no podía ganarle”, recordaba el cineasta. Por su padre conoció a Pier Paolo Pasolini, quien se convirtió en su padrino. “Fue el último profeta que hemos tenido los italianos”, aseguraba. En el documental Bertolucci on Bertolucci, Luca Guadagnino definía su figura a través de sus inicios con ese otro titán del arte en Europa: “Bernardo es un cuentista maravilloso y profundo. Su voz ha cambiado en el tiempo, lo mismo que su aspecto físico, pero su mirada es potente, lo mismo que su inteligencia y capacidad de expresión. Es una persona de gran cultura. Vamos, merendaba con Pasolini”.

Y aunque empezó con Pasolini, en su segunda película, Antes de la revolución (1964) —la primera en la que podía mostrar su propia voz—, afirmaba a través de un personaje que “no se puede vivir sin Rossellini”. En realidad, parece el prólogo que anuncia su carrera: es un cineasta elegante, que no puede negar su pasión por rodar bello, incluso con aire aristocrático con la cámara y en su físico, pero a la vez quiere romper, cambiar el mundo a través de una ideología marxista.

El 68 lo vive intensamente y marca su vida, como recordaba en una entrevista en EL PAÍS en 2013: “Desde niño crecí en la leyenda de la resistencia —yo soy de Parma, los partisanos, los comunistas…—, y después me encontré con esa onda maravillosa de los años sesenta, del 68, que ha sido después muy criticada, olvidada incluso. Pero para mí el 68 —que duró hasta la década de los ochenta— sigue siendo muy importante: fue el último momento en que, a través de los jóvenes, la gran comunidad internacional soñó con cambiar el mundo. Y de allí partió de alguna manera el nuevo modelo de sociedad”. En 1970 estrena La estrategia de la araña, rodada inicialmente para televisión, y basada en el cuento de Borges Tema del traidor y del héroe, sobre un hombre que vuelve al lugar donde asesinaron a su padre, y El conformista, con Jean-Louis Trintignant como un tipo débil de carácter, que acaba traicionando a todo lo que le rodea y se dispone a asesinar a su antiguo profesor por orden del fascismo. Esa fue la película que impresionó a Marlon Brando y que le llevó aceptar El último tango en París (1972). Es también el título que populariza su nombre, algo que buscaba porque no quería encasillarse como cineasta experimental sino llegar a todo el público.

El último tango en París devino en fenómeno mundial, porque más allá de la secuencia de sexo con mantequilla, de la enormidad del talento de Brando, de los tonos anaranjados de la fotografía de Vittorio Storaro y del saxo de Gato Barbieri, hay un cineasta ahondando en el dolor del ser humano, en el desgarro emocional que muestra con idea de autoría y de apuesta a la vez por un cierto espectáculo.

Gracias a su éxito pudo filmar Novecento (1976), con una pléyade de los mejores actores estadounidenses (Robert De Niro, Burt Lancaster, Sterling Hayden, Donald Sutherland) y europeos (Depardieu, Stefania Sandrelli, Dominique Sanda). En realidad, la historia la conformaban tres partes, y Bertolucci solo pudo rodar las dos primeras, una más poética, otra más militante. Aun así, se convirtió en un título que marcó a una generación: no es que de repente muchos niños se llamaran Olmo, es que en miles de casas españolas se colgaron reproducciones del cuadro Il quarto stato, de Giuseppe Pellizza da Volpedo, que ilustraba el inicio del filme y su cartel.

Tras La luna (1979), sobre un adolescente heroinómano enamorado de su madre, y La historia de un hombre ridículo (1981), y después de fracasar en el intento de adaptación de Cosecha roja, Bertolucci entró en la época de las grandes producciones: El último emperador (1987), que ganó nueve Oscar, incluidos dos para él, otro para Storaro y el de mejor película; El cielo protector (1990), en la que sigue las huellas de Paul Bowles, y Pequeño Buda (1990). El mal resultado de esta le devolvió poco a poco a un cine de menor tamaño aunque más significado en su autoría: Belleza robada (1996), la prodigiosa Asediada (1998), en la que habla del amor, la incomunicación y la inmigración; y Soñadores (2003), una especie de autorretrato de aquel chaval que se comió el París del 68 a la vez que se encerraba en la filmoteca a atracarse de cine. Jóvenes que quieren cambiar el mundo en un sueño imposible: Bertolucci sabe de lo imposible del esfuerzo, pero cree que el espíritu importa, que ese ansia es lo que hay que defender por encima del resultado final.

Su último filme, Tú y yo (2012), basado en una novela de Niccolò Ammaniti, insiste en retratar a la juventud encerrada, asediada por lo que le rodea, que apuesta por vivir, por ilusionarse, aunque en ese recorrido haya caídas, depresiones y desvíos en el plan prefijado: la ruta habrá merecido la pena, subrayaba Bertolucci, en la que fue su testamento fílmico y su resumen vital.

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