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El cómplice perfecto

Como crítico de arte contemporáneo, fue uno de los principales hacedores del canon artístico surgido de la Transición

Francisco Calvo Serraller, en 2005
Francisco Calvo Serraller, en 2005

La juventud es osada porque camufla la ignorancia en precipitación. Durante algunos años de la mía no supe apreciar en toda su grandeza a Francisco Calvo Serraller. Esta desafección se fundaba en el prejuicio y en cierto injusto resentimiento. Como crítico de arte contemporáneo, a través de sus reseñas, de sus textos para catálogos y del comisariado de pocas pero selectas exposiciones, Calvo Serraller fue uno de los principales hacedores del canon artístico surgido de la Transición. Un nuevo canon que, como suele suceder, se fundó en el encumbramiento de figuras emergentes, en la consolidación de los indiscutibles procedentes del anterior, en la expulsión de otros y en el olvido de quienes, mereciendo más atención, a lo mejor no supieron posicionarse con la suficiente visibilidad en una escena artística que evolucionó muy rápido desde el heroico amateurismo condicionado por la dictadura hacia una profesionalización equiparable a la de países más avanzados.

Hoy me doy cuenta de que el trabajo fue ímprobo y que en el fragor no hubo tiempo para todos. En ese entonces no era tan consciente de ello porque soy hijo de pintor y mi mirada no era pura. Sin embargo, tan pronto como a mediados de los ochenta, era ya evidente que Calvo Serraller no se conformaba con los límites de ese canon que había contribuido a forjar. A diferencia de otros, siguió revisándolo y enriqueciéndolo. Recuperó artistas a los que los nuevos vientos habían arrastrado fuera del tablero y, con el rigor de historiador que lo caracterizaba, contribuyó a trabar un discurso sobre el devenir del arte español del siglo XX mucho más equilibrado en todas sus facetas.

Calvo Serraller pertenecía a una generación sólidamente formada y tenía una vocación real por lo que hacía que lo llevaba a ser siempre consecuente, a rehuir el oportunismo, a no dejarse seducir por lo superfluo, a ser justo. Ya entrados los noventa, tuve oportunidad de conocerlo y enseguida me di cuenta de que, detrás de un carácter adusto de tímido, latía, además, un corazón tremendamente generoso. Por su profunda formación humanística, que rebasaba el campo de su especialidad y abarcaba todas las ramas de la creación, conocía las debilidades de la condición humana, la levedad de la existencia, los vanos propósitos que alimentan tantas empresas, las tinieblas de las que nace el verdadero arte… Comprendía a los artistas y valoraba su lucha. Desgraciadamente la vida no siempre fue generosa con él. Tenía razones de sobra para haberse aislado del mundo y, a pesar de eso, nunca dejó de ayudar a cualquiera que se le presentara con una buena idea. Me lo corroboraba el otro día Carmen Giménez, con quien colaboró en grandes exposiciones dentro y fuera de España: “Era el cómplice perfecto, te iluminaba el camino sin pedir nunca nada”.