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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

Un detective de sangre azul escandalosamente 'british'

Albert Campion es el seudónimo tras el que se esconde el noble investigador creado por la reina del 'whodunnit' libre Margery Allingham

Detalle de la portada de 'Más trabajo para el enterrador'
Detalle de la portada de 'Más trabajo para el enterrador'

Érase una vez un detective singular. Tan singular que su sangre no era roja sino azul. O, al menos, eso se decía. Su nombre no era Albert Campion pero así era como lo conocía todo el mundo en el 12 de Bottle Street, el callejón sin salida, cercano a Piccadilly, en el que vive, y al que van a buscarlo el viejo comisario Stanislaus Oates – jefe de Scotland Yard – y el joven inspector Charlie Luke, cuando lo necesitan, que es casi siempre. Campion tiene un fiel sirviente, un tipo extraño llamado Lugg, Magersfontein Lugg, quien se niega a llamarle señor y se sorbe los mocos en su presencia, y además, se mete con él, se mete con él todo el rato. En cualquier caso, lo más probable es que tenga que deshacerse de él, porque está a punto de trasladarse a las Indias, para convertirse en gobernador de una isla – va a viajar, evidentemente, con Amanda, su mujer, la clase de mujer que diseña sus propios aviones –, y hay quien opina que debería hacerlo sin él, y es un alguien con mucho poder. 

Pero antes de irse a ninguna parte, Campion acepta tratar de resolver el caso de las misteriosas muertes de los Palinode. Jessica Palinode, la menor de los hermanos – que fueron en una ocasión seis, pero tres de ellos han muerto, los dos últimos, en muy extrañas circunstancias, con toda probabilidad, envenenados por alguno de los inquilinos de la mansión que fue suya y en la que han vuelto a vivir de alquiler –, pasa las tardes sentada en el banco de un parque, cubierta con un velo que cuelga de un cartón cuadrado colocado sobre la cabeza, haciendo crucigramas en latín y recibiendo limosnas de desconocidos, y lo más probable es que sea la siguiente en caer, porque la anterior Palinode, Ruth, la última fallecida, cuyo cadáver va a ser exhumado en breve, murió poco después de empezar a hacer cosas raras. Hay quien sospecha que se creía invisible. Otros, que si la han liquidado, es porque ya no estaba a la altura de la familia.

La fama no le llegó hasta 1929, cuando publicó el primer caso de Albert Campion serie de la que llegó a completar 18 entrega

El médico de cabecera no deja de recibir misivas en las que se apunta la posibilidad de que alguien esté tratando de acabar con ellos, uno a uno, y que lo esté haciendo con algún tipo de veneno, y Renee Roper, la supuesta tía de Campion, se ha adelantado, por una vez, a Oates y Luke, y le ha pedido a Campion que se instale en la mansión – sí, ella es una de sus inquilinas – para asegurarse de que descubre quién está introduciendo el veneno donde sea que se introduzca para que no acaben todos, por beber algo que no debían, fiambre. He aquí lo que se esboza en las primeras páginas del caso número 13 en el que se ve implicado el abogado y detective aficionado creado por Margery Allingham, el que relata en Más trabajo para el enterrador (Impedimenta), la novela que precedió a su clásico 'El tigre en la niebla', que Roy Ward Baker llevó al cine en 1956.

El misterio de los Palinode y los Bowels – ajajá, hay una familia de enterradores, y algún banquero, tratando de sacar tajada de lo que sea que esté pasando en Apron Street –, es un buen ejemplo de lo que aportó la narrativa, siempre díscola y chispeante, de Allingham al, por otro lado, aparentemente cerrado género del 'whodunnit': rocambolescas tramas en las que el retrato de época y, sobre todo, de familia, era más importante que el misterio en sí; un detective que, con toda seguridad, procede de la nobleza, e incluso, de la realeza – se dice que su nombre figura en la línea de sucesión al trono británico – pero que actúa bajo un nombre falso y como quien no quiere la cosa; mujeres decididamente independientes que no sólo no son víctimas sino que ostentan posiciones de poder que pueden poner del revés la vida misma de nuestro querido protagonista, y una comedia sin complejos, escandalosamente british, que se niega a plegarse a casi ninguna de las reglas del género que practica.

Como ocurre a menudo con los personajes en exceso bien escritos, abrumadoramente carismáticos, la obra devora al autor

Admirada por sus contemporáneas, desde Agatha Christie a A. S. Byatt, y por sus no tan contemporáneas, Iris Murdoch y P. D. James, Allingham (Londres, 1904) es un ejemplo de lo que la perseverancia le debe a la buena literatura, pero también del hecho, harto comprobado, de que la fe es capaz de mover montañas, y llevar a cientos de miles de lectores a las librerías. Hija de escritores sin demasiado éxito – su madre escribía relatos para revistas de chicas, su padre era un ligeramente conocido autor de pulp fiction –, Allingham publicó su primera novela a los 19. Corría el año 1923, y de ella se dijo que había dado con la idea después de asistir a una sesión espiritista – cosa que su marido, más tarde, desmintió –. Eso sí, las novelas que la sucedieron tenían cierto carácter sobrenatural, así que quizá podría haberse ahorrado el desmentido.

En cualquier caso, la fama no le llegó hasta 1929, cuando publicó el primer caso de Albert Campion, 'The Crime at Black Dudley' (aún inédita en español), serie de la que llegó a completar 18 entregas. La 19 no pudo acabarla, porque un cáncer de mama se la llevó a los 62. La terminó su marido, Philip Youngman Carter, que después de aquello, escribió otras tres novelas de Campion, la cuarta tampoco pudo acabarla, pero lo hizo Mike Ripley, que sigue escribiéndolas, y con tanta rapidez, que publica una por año. La última, en 2017. Lleva por título Mr. Campion Abdication. Sí, al final, como ocurre a menudo con los personajes en exceso bien escritos, abrumadoramente carismáticos, la obra devora al autor, de manera que, aunque los fans jamás olviden que hubo un Campion antes de Campion, y que ese Campion tuvo una madre genio, siempre habrá quien se tope con él por primera vez un día de estos y no tenga ni la más remota idea de que se encuentra ante una brillante reliquia de un pasado en el que 221B de Baker Strett acababa de cerrar sus puertas.