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El populismo filosófico y el fin de Occidente

Michel Onfray, el más embarullado de los sofistas hoy, anuncia en 'Decadencia' la extinción de la civilización occidental. El texto nace más de la pasión que del entendimiento

Los equipos de rescate trabajan entre los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York tras el atentado del 11-S.  Ampliar foto
Los equipos de rescate trabajan entre los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York tras el atentado del 11-S.  reuters

No es de extrañar que Michel Onfray, en su Contrahistoria de la filosofía, se haya esforzado en reivindicar a los sofistas, de antiguo estigmatizados por los padres fundadores del canon lógico. Al fin y al cabo Onfray es un sofista también, probablemente el más relevante de un movimiento que podríamos llamar, por similitud con otros, populismo filosófico. Quienes se inscriben en él siguen la misma pauta que los líderes políticos de la misma especie: denuncian la apropiación indebida de la investigación y el debate por parte de los representantes del sistema, al que intentan derrocar, para lograr sustituirlo, en nombre de la gente. Su innegable habilidad dialéctica, su propensión al exhibicionismo y sus capacidades comunicativas les hacen acreedores de una notable popularidad. Su falta de rigor, su irreflexiva precipitación y su escasa capacidad para la autocrítica los convierten, empero, en individuos distantes de lo que la filosofía etimológicamente es: el amor por la sabiduría.

Decadencia (Vida y muerte de Occidente) constituye por el momento la última obra de Onfray aparecida en nuestras librerías. Su autor presume de haber publicado más de 100 libros, cifra mítica a la que aspirara entre nosotros Francisco Umbral y de la que desde luego no muchos escritores pueden presumir. Autodidacta y supuestamente anarquista, aunque defiende que el capitalismo (no el liberal, el capitalismo a secas) es el estado natural de las relaciones humanas, nuestro hombre dedica cientos de páginas a exponer una idea poco original pero que siempre suscita pasiones: Occidente ha muerto, y todo lo que queda es organizar sus exequias. La culpa de su extinción reside en su propio pedigrí, una especie de pecado original de todo el proceso, aunque obviamente en el caso de Adán y Eva el concepto mismo de pecado original le parece un invento justificador de la represión futura. En su argumentación acude a un sinfín de razonamientos teosóficos tendentes a establecer que el núcleo de la civilización occidental es judeocristiano, y que el cristianismo se fundó sobre la violencia predicada por Pablo el Apóstol, en contra de las prédicas de un Jesús de Nazaret que vaya a saber usted si ni siquiera existió.

El libro es el segundo tomo de una anunciada trilogía, que comenzó con Cosmos hace dos años, y que es el fruto de toda una vida de meditación reflejada en numerosas obras. En Decadencia nos anuncia el fin de Occidente probablemente a manos de los herederos de Bin Laden, defiende las tesis de Huntington sobre el choque de civilizaciones, concepto que al parecer salvo su creador y él mismo todo el mundo malinterpreta, y apenas hace al final de la obra un tímido esbozo del papel de Oriente en la nueva globalización. El islam vencerá en sus batallas contra el decadente consumismo occidental porque los ejércitos de tan raída civilización como la nuestra los componen mercenarios a sueldo mientras los seguidores de Alá están dispuestos a morir por sus creencias. El marxismo, por su parte, no fue sino una expresión más del mito del advenimiento del hombre nuevo, un mesianismo redivivo cuyo fracaso abunda en el camino de Europa hacia el nihilismo y el transhumanismo. Atribuye a Aldous Huxley la invención de esta última palabra para hacer un pasional alegato contra los avances científicos del momento que generarán, asegura textualmente, el mayor periodo de incandescencia del nihilismo. Un mundo feliz y 1984 son las biblias que ilustran su predicción, según la cual el transhumanismo será el encargado de abolir toda civilización, incluida la islámica. “La nada es un destino cierto”, es la trágica conclusión con la que cierra la obra.

Michel Onfray anega al lector en un mar de páginas, de modo que si no toma las precauciones debidas terminará ahogado en ellas

Hay que reconocerle a Onfray una erudición oceánica, que a veces parece hacer uso extensivo de la Wikipedia, una capacidad literaria notable y una obsesión permanente por el análisis del cristianismo desde cualquier punto de vista que se quiera. Su investigación corrosiva sobre la evolución de la Iglesia a través de los siglos, su interés por la patrística, mucho más y mejor documentado que sus menciones a la escolástica, nacen de la pasión antes que del entendimiento, lo que genera un texto de un atractivo innegable que le permite atrapar al lector en las volutas barrocas de 600 páginas, en cada una de las cuales no hace sino repetir prácticamente lo mismo. Su valoración del mito en la evolución de la historia recuerda en ocasiones a la brillante impostación de Fernando Sánchez Dragó en Gárgoris y Habidis. Pero de nuevo la abundancia de la expresión no hace sino emborronar la lucidez del pensamiento.

La necesidad de demostrarnos que la civilización actual, eurocéntrica y neoliberal, no es sino un prolongado apéndice del papado según san Pablo y las reflexiones de san Agustín puede resultar atractiva para cuantos hayan apostatado de la fe católica, pero resulta casi irrelevante para un ciudadano común de nuestros días que, sea creyente o no en Dios, no suele estar interesado en el ateísmo como ideología. La innegable popularidad de Onfray, impulsor de las universidades populares, tertuliano frecuente en las televisiones y promotor de un hedonismo anarquista de difusos perfiles, no evita que sea el más embarullado de los sofistas de nuestro tiempo. Lo que le permite anegar al lector en un mar de páginas, de modo que si no toma las precauciones debidas terminará ahogado en ellas.

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Autor: Michel Onfray.

Editorial: Paidós Ibérica (2018).

Formato: tapa blanda y ebook (624 páginas).

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