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Bohemia en el Midwest

La mejor novela de Jim Harrison es una saga del Medio Oeste americano con mucha comida, ranchos, secretos de familia y un trepidante “diario indio” de la era de los pioneros

Pioneros en el Medio Oeste americano a finales del siglo XIX.
Pioneros en el Medio Oeste americano a finales del siglo XIX.

Los mejores libros siempre son de un lugar. Los mejores autores detectan dónde baja furioso el caudal y dejan que la corriente ilumine su prosa. Para Raymond Chandler el lugar era Los Ángeles; para Jim Harrison fue el Medio Oeste de EE UU. Harrison era el típico hijo de Hemingway que hacía quedar como delicadas mariposas al resto del gremio. Cazador, pescador, gourmet, viajero y, aún más arriesgado, lector de poesía española, este autodidacta de apetitos supersize logró, asimismo, escribir una montaña de novelas, guiones, libros de no ficción y poesía.

Dalva es su mejor novela. Se podría comparar al John Irving de Las normas de la casa de la sidra o el Tom Spanbauer de El hombre que se enamoró de la luna. Harrison escribe en ella sobre terratenientes, comida, caballos y perros y serpientes, familia, guerras y un paisaje agreste (“una América que yo creía desaparecida”). Y asimismo, sus zapatos están más limpios que los de los escritores de grit lit. Sus protagonistas no fabrican alcohol ilegal, ni apuestan en peleas de gallos, ni acaban de acostarse con su prima Lula Mae. Todos conocen las mejores añadas de cada vino y poseen bibliotecas con primeras ediciones. Y, a la vez, son capaces de herrar caballos o matar coyotes. Ni siquiera puedes odiarlos (lo cual es bastante molesto).

Bohemia en el Midwest

Dalva es una mujer de 45 años, hija de granjeros bohemios, que regresa al rancho y se enfrenta al recuerdo de su primer amor, un sioux, y el hijo mestizo de ambos, que dio en adopción. La novela narra el presente de Dalva con su familia (todos tocan el piano y son propensos a pasar por “fases levemente maniacas”); el pasado cercano (su juventud); y el pasado familiar (la historia del bisabuelo Northbridge, pionero de las Grandes Llanuras, contada a través de sus diarios indios).

Dalva bordea la perfección (su único defecto es una cierta frialdad: “Dudo de si alguien la habrá considerado alguna vez una persona cercana”, dice Michael), es exigente con ella misma y con los demás (“era terriblemente brillante y culto”, dice de un novio de su hermana, “pero carecía de ‘muescas’, esos rasgos únicos del carácter que busco yo en los hombres. Me imaginé que se comía las rosquillas con tenedor y se doblaba los calzoncillos”), pero Harrison nos enseña a amarla. Desearías que “hubiese más personas como ella en el mundo” (aunque a la vez sería agotador). Michael, su novio académico, es un empollón mimado e irritante, pero el autor le ofrece la primera persona del singular y también logra que empaticemos con él (no se sabe muy bien cómo, porque el tío es de botellazo en la sien). Los diarios indios mantienen una tensión narrativa extra que Harrison explota para máximo rendimiento.

Es Dalva, así, una novela bien escrita, llena de personajes lúcidos, giros inesperados, diálogos memorables. Una obra exquisita. Y quizás ese sea, si me permiten una diminuta salvedad, su único defecto: todo es ideal; nadie come basura ni bebe vino directamente del tetrabrik; no salen pringados con vidas absurdas y retretes repugnantes. Dalva es como si te invitaran a comer en Berasategui con Julianne Moore, Keith Richards y Robert de Niro. Y un camello de alto standing. Los cuatro te admiran. Cada cosa está pensada para que seas feliz. Y lo eres. Y sin embargo, cuando sales de la comida, de repente sientes una urgencia terrible de irte al bar Tropezón, comer rabas, contar chistes salaces con tus amigos y llamar a aquel primo que pasa speed.

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Autor: Jim Harrison (traducción de Esther Cruz Santaella).

Editorial: Errata Naturae (2018).

Formato: tapa blanda (480 páginas).

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