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ANÁLISIS

Lágrimas de oro viejo

Fue Fernando Trueba quien desarrolló el concepto que llevaría a Diego El Cigala a la primera división

Diego El Cigala, durante su actuación en el Sonorama.
Diego El Cigala, durante su actuación en el Sonorama.

Antes de ser famoso, Diego El Cigala fue leyenda. Leyenda en el ambiente flamenco de su Madrid natal. Un cantaor de modos estridentes y vida turbulenta. Capaz de firmar contratos incompatibles con la multinacional EMI y con la benemérita independiente 18 Chulos.

Con su descaro y con el feroz respaldo de su esposa, una tanqueta llamada Amparo Fernández, El Cigala salía indemne de todos los líos. Pero fue Fernando Trueba quien desarrolló el concepto que le llevaría a la primera división. Amante del latin jazz y admirador del flamenco, el cineasta sugirió juntar al cantaor con un gigante de la música afrocubana, el pianista Bebo Valdés.

Así que el quinto álbum del Cigala fue Lágrimas negras (2003), una colección de sones y boleros más gotitas de copla y bossa nova. La supuesta sensibilidad compartida por músicos gitanos y cubanos era un tópico pocas veces puesto a prueba pero que, en esta ocasión, funcionó. Encajaba la sobriedad de los instrumentistas con el rajo de Diego. El disco tenía ese aroma de qualité que engancha a públicos exigentes: se convirtió en un fenómeno mundial.

Otro asunto fue la gira. Dicen que El Cigala hizo sufrir al bendito Bebo, que tenía un añejo concepto de la profesionalidad. Cierto que esos conflictos no se notaban en el obligado disco en directo, Blanco y negro.

En contra de lo que se rumoreaba, El Cigala no tenía una vocación de kamikaze. Al contrario: aprendía los intríngulis del negocio y preparaba su emancipación. Hizo en 2005 Picasso en mis ojos, un disco flamenco y artístico que vendió lo justo. Y decidió retomar la fórmula dorada: canciones universales, revividas con quejío camaronero.

En su sello particular, Cigala Music, sacó Dos lágrimas (2008), ya sin Bebo. En 2010, se acercó al repertorio argentino con Cigala & tango, un giro tan popular que reincidió tres años después con Romance de la luna tucumana. En 2014, sacó una colección de grabaciones en vivo, Vuelve el flamenco. Dio un nuevo volantazo con Indestructible (2016), acercándose al cancionero de la salsa: ya saben que el hombre es ahora ciudadano de la República Dominicana. A poco que tenga puestas las antenas, en un futuro no muy lejano nos sorprenderá con un disco de reguetón a lo Cigala. Y, no les quepa duda, será digno de escuchar.

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