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Jugando con Cervantes

El autor del 'Quijote' pensaba que su mejor obra era el 'Persiles'. Publicada de forma póstuma, ahora aparece la mejor edición de esa novela

Ilustración de 1883 que representa a Miguel de Cervantes escribiendo la dedicatoria de 'Persiles'.
Ilustración de 1883 que representa a Miguel de Cervantes escribiendo la dedicatoria de 'Persiles'.

Con Cervantes da la sensación de que vale todo. Hasta Francisco Rico se inventa, en las primeras líneas anónimas de esta excepcional edición, que quizá tenga razón Javier Marías y el Persiles sea el mejor libro de Cervantes, como creía él mismo. Esto último es verdad, pero quizá no por las razones que suelen aducirse, sino porque logró fundir en la segunda parte de ese libro la sabiduría aprendida en el relato de aventuras de alta estirpe clásica y la nueva aventura descubierta a ras de suelo y humor. Escribe el Persiles a la vez que la segunda parte del Quijote, como mínimo, quizá porque el primero nace en buena medida de lo que ni cabe ni debe caber en el segundo.

Casi todo en Cervantes propicia equivocidades, y es natural. Nuestro Shakespeare da más juego que Shakespeare porque sí sabemos muchas cosas de su vida, frente al inmenso enigma de la vida real de Shakespeare. Sin embargo, colean una y otra vez atribuciones irritantemente tontorronas, aunque sean muy populares y a algunos especialistas les guste más lo popular y hasta lo populista que lo veraz y menos escabroso. No hubo envidia alguna de Cervantes hacia Lope, no hay caso ni pretexto real para contar sus relaciones en forma de correosos celos de Cervantes hacia él éxito de Lope, sino más bien todo lo contrario. Pero parece que el público no se engancha si no se cuenta así, como hizo un malhadado episodio de El Ministerio del Tiempo en la peor entrega de esa estupenda serie.

Yo lo veo al revés: engancha mucho más el retrato de un Cervantes consciente de la excelencia del teatro de Lope, del mercado literario de su tiempo, de los gustos del público y de la condescendencia de ese genio degradándose a mera industria literaria y teatral. Y Cervantes reprueba con buenas razones esa profusión de obras comerciales de Lope, aunque hay más bulla, claro que sí, pero no motivada por la envidia, sino por la frustración de Cervantes ante el desperdicio de talento de Lope. Y seguramente el lado puritano de Cervantes tampoco simpatizaba con la volcánica vida sexual de Lope, antes de decir misa y después de decir misa.

No hay razón para atribuir La tía fingida a Cervantes. Ni la banalidad de los chistes, ni la elementalidad de los personajes

Otra antigua sospecha sobre Cervantes recae en una novelita menor, mecánica, patosa y muy poco sutil de artes y métodos, La tía fingida. No hay razón documental para atribuírsela, pero estuvo junto a dos novelas cortas que sí eran de Cervantes en una copia de la época. Algunos análisis de estilo y de frecuencias dicen que cuadran las cosas con Cervantes. A mí confieso que no me cuadran ni la banalidad de los chistes, ni la repetición de las equivocidades, ni la elementalidad psicológica de los personajes, lo cual no obsta para que la edición que ha publicado en Cátedra Adrián J. Sáez sea excelente y cuidadosísima. Lo es, excepto en la decisión de eliminar los paréntesis cuadrados en la portada. Debería quedar en suspenso lo que yo diría que sigue en suspenso, que es la autoría de Cervantes.

No hay duda alguna, en cambio, con el Persiles. Fue recibida como una obra maestra y como un éxito comercial: el que buscaba Cervantes, el que concibió muy concienzudamente Cervantes, quizás en dos tirones largos de escritura. El segundo hubo de ser realmente rápido porque se moría: o corría de veras, o iba a morirse sin acabarla. Por eso el final es atropellado, los pasos y escenas se cortan súbitamente, no hay calma ni descanso reflexivo, sino prisa por terminar y sumar a uña de caballo episodios, gracias y bromas (cosa que, por cierto, apenas comparece en la primera mitad del libro, cuando todavía Cervantes no ha empezado a injertar métodos y voces aprendidos escribiendo el Quijote). Tiendo a creer que no se apresuró nada con la redacción del segundo Quijote precisamente porque andaba metido en el Persiles, aunque dudo mucho que sea por las razones pecuniarias que suele aducir Rico y con él García López (y que yo no veo por ninguna parte, pese a lo que dice Laura Fernández). Hubo de parar la escritura del Persiles para dar con un cazo en el cabezón a Fernández de Avellaneda y sacar a luz en 1615 la auténtica segunda parte del Quijote, que era la suya.

Y luego volvió al Persiles porque había de ser su obra más ambiciosa y experimental, la más atrevida y desde luego única en su tiempo. Pero no en el nuestro. Lo mejor que podemos hacer con el Persiles es podarlo y fragmentarlo, armar sin miedo un Persiles para lectores del siglo XXI dispuestos a disfrutar de ese libro a tramos y sin que se les caiga de las manos, que es lo que sucede ahora.

Pero a quien no se le caiga de las manos ni le dé pereza saber dónde creyó Cervantes que su genio cuajaba para la posteridad, tiene ahora la mejor edición imaginable de una obra profundamente cervantina. Tanto en el estudio introductorio de Isabel Lozano —responsable del vuelco que ha dado la lectura del Persiles en los últimos años— como en la profusa y hasta maniática anotación compartida por Laura Fernández, Ignacio García Aguilar y Carlos Romero Muñoz, la obra sigue viva. Lo que tiene ese libro —la selva laberíntica de aventuras nórdicas y castas a la fuerza y la reinstalación de la historia desde Lisboa hasta Roma— vale la pena disfrutarlo para llegar incluso a dar la razón a Cervantes, aunque no la tuviese.

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