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COLUMNA

Espías

En la serie ‘London Spy’, una sensible historia de amor homosexual se entremezcla con el sórdido mundo de los servicios secretos

Y de repente, la televisión se hizo adulta. Una miniserie de cinco capítulos, exhibida hace tiempo en BBC Two y que forma parte del catálogo de Netflix, es la demostración de que el electrodoméstico por excelencia puede ofrecer productos inteligentes, incluso brillantes, en los que la reflexión predomina sobre la acción. London Spy es su título.

Provocadora, extraña, excelente, se trata de una historia creada y escrita por Tom Rob Smith en la que una sensible historia de amor homosexual se entremezcla con el sórdido mundo de los servicios secretos, y, además, los largos e inteligentes diálogos ocupan mucho más espacio y tiempo que las hipotéticas escenas de acción a las que nos tiene acostumbrados el subgénero. Naturalmente, una serie que en su propio título nos hable de espías y en la que apenas haya persecuciones, disparos o asesinatos y que ni siquiera exista el confortable maniqueísmo es una provocación a la pereza intelectual.

Para conseguir la indispensable calidad que garantice el no cambiar de canal también es necesario un reparto excelente, en el que sobresalen Jim Broadbent y la siempre extraordinaria Charlotte Rampling arropando a los dos protagonistas y amantes Ben Wishaw y Edward Holcroft, torpe y hedonista, el primero, e inteligente e ingenuo, el segundo.

El punto contemporáneo de la serie es que el brillante Holcroft, que trabaja para el MI6, se convierte en un peligro público porque trabaja en un algoritmo que puede desestabilizar el mundo, y que demuestra, con el análisis y la frecuencia del uso de determinados conceptos, cómo y cuándo los políticos mienten, un arma de destrucción masiva que, por supuesto, ninguno de los servicios secretos está dispuesto a tolerar. Son demasiados privilegios y durante demasiado tiempo como para que un joven portento lo ponga todo patas arriba. Ya lo había advertido Ferlosio: “Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”. El problema es que hay soluciones mortales.