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Un mar de ‘sorollas’ flota en el Niemeyer

Una muestra en el centro de Avilés reúne los 58 lienzos del pintor valenciano que pertenecieron a Pedro Masaveu, el coleccionista español que atesoró más obras de este artista

'Niños en la playa' (1904), de Sorolla.
'Niños en la playa' (1904), de Sorolla. FUNDACIÓN MARÍA CRISTINA MASAVEU PETERSON

Dentro de un cuadro hay muchas historias: la que representa; la suya propia, sus avatares desde que fue creado hasta el presente; la del artista que lo pintó y, también, la de su dueño. Cada uno de los 58 lienzos que se muestran en la exposición Pedro Masaveu: pasión por Sorolla son un ejemplo de esto. Hablan del coleccionista que las reunió y de la pasión que este sentía por su autor. Es una clara declaración de amor de Masaveu por Sorolla, es el español que más obras suyas atesoró, el segundo a nivel mundial por detrás de Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America. Y esta exposición, inaugurada este jueves, es un retrato y un homenaje tanto al coleccionista como al pintor.

El homenaje al empresario y filántropo Pedro Masaveu Peterson (Oviedo, 1939-Madrid, 1993), en el 25º aniversario de su muerte, se ha llevado a cabo mostrando al público por primera vez juntos los sorollas que le pertenecieron en el Centro Niemeyer de Avilés (Asturias). Bajo la cúpula creada por el arquitecto brasileño que da nombre al espacio, el visitante se encontrará un mar de lienzos flotando casi literalmente. La gran plaza de 55 metros de diámetro ha sido determinante a la hora de conformar el espacio expositivo, ya que las obras no ocupan las paredes si no que están dispuestas en el centro de la sala, cada una en un lienzo de vidrio que a su vez se sujeta sobre un cubo de hormigón, soporte inspirado en los caballetes de cristal de la arquitecta italo-brasileña Lina Bo Bardi para exponer la colección del Museo de Arte de o Paulo. Esta estructura da carácter de obra exenta a cada óleo, se puede observar por todos sus flancos. Una manera nada convencional de mostrar las pinturas, consideradas habitualmente como bidimensionales y que gracias a esta tridimensionalidad pueden hablar por todos sus costados y hacer accesible lo que no se suele enseñar de los cuadros: su parte de atrás, las telas, los bastidores, las pegatinas y las anotaciones que dan pistas sobre la historia y las vueltas que estos han dado con etiquetas en distintos idiomas con, por ejemplo, los números de catálogo y los lugares de las exposiciones a las que han ido. Una suerte de diario y de retrato de los lienzos que en su reverso se muestran desnudos y enseñan sus secretos.

Cartones asturianos

Blanca Pons-Sorolla explica que no había una relación especial de Pedro Masaveu con su familia. Ella recuerda al mecenas porque alguna vez pedía consejo a su padre, como conocedor de la obra de su antecesor. La comisaria, gran experta en la obra de su bisabuelo, comenta que podría contar mil historias de cada cuadro, se para en una: Corriendo por la playa. Valencia (1908). "Recuerdo esta obra en la casa de Pedro [Masaveu] en la calle Alcalá".

Sin embargo, de la relación de Sorolla con el Principado da buena muestra una pequeña exposición paralela Notas de Asturias, en la que se pueden ver una treintena de cartones prestados por el Museo Sorolla con apuntes que el artista hizo de paisajes, tipos y puertos asturianos.

Y si Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923) ha hecho dialogar a dos arquitectos brasileños, el Centro Niemeyer y la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, organizadores de la muestra, han vuelto a reunir a artista y coleccionista en torno a lo que les unió: el deslumbramiento que ambos sentían por la luz. Explica la comisaria de la muestra y bisnieta del pintor, Blanca Pons-Sorolla, que no hay un discurso en la exposición porque el discurso es el propio Masaveu y su pasión por el valenciano y "por su manera singular de representar la luz". Compró obras de todos sus momentos desde pintura de historia como Últimos sacramentos de Carlos V en Yuste (1882), o los retratos velazqueños de Los hijos de los señores de Urcola (1907) y el de La familia de don Rafael Errázuriz Urmeneta (1905) con claras referencias a Las meninas: la puerta del fondo, la niña en el centro de la composición mirando al espectador, la atmósfera de la estancia. Pinturas costumbristas como la magnífica Familia segoviana. El mamón (1894), lienzo en el que el exterior, tanto la parra como la luz, se mete en la escena cotidiana de la familia. Sus famosos niños en la playa, los pescadores, los bueyes, las velas y los volúmenes que crean, los blancos, la luz que pasa por los cañizos, el mar plateado, Clotilde (su esposa). Llega hasta su última etapa con Danzarinas griegas (1917), realizada en el jardín de su casa de Madrid, donde hoy se sitúa el Museo Sorolla. Y así, retratando la colección se consigue también un retrato del artista y de lo que fue su amplia producción.

Esta es una oportunidad única de ver las obras reunidas, ya que la colección está dividida, la mayoría pertencen a la Fundación y de estas solo se han podido disfrutar las que han sido prestadas a alguna exposición temporal. Otros 13 de estos lienzos son del Museo de Bella Artes de Asturias, que se encuentra en Oviedo, al que llegaron tras el fallecimiento de Pedro Masaveu como dación en pago de los impuestos sucesorios, una de estas obras, Llegada de la pesca (1889), está en depósito temporal en el Museo Reina Sofía y es la única que no ha acudido a la cita.

Vista de la sala de las exposición 'Pedro Masaveu pasión por Sorolla'. ampliar foto
Vista de la sala de las exposición 'Pedro Masaveu pasión por Sorolla'.

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