NARRATIVA

Mujeres marcadas

La salvadoreña Claudia Hernández, que formó parte de Bogotá 39, narra en 'Roza tumba quema' la odisea de una madre que busca a la hija que perdió durante la guerra civil

Ternura (1989), pintura de Oswaldo Guayasamín.
Ternura (1989), pintura de Oswaldo Guayasamín.

La portada de Roza tumba quema, segunda novela de la salvadoreña Claudia Hernández, es una reproducción de Ternura, obra del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín: una mujer con los ojos cerrados abraza, protege, a una niña con los ojos abiertos, tal vez su hija. Guayasamín retrató las venas abiertas de América Latina y Claudia Hernández perpetúa esa tradición en este relato de tres generaciones de mujeres, marcadas por la guerra, la actividad de las combatientes en la guerrilla y la necesidad de sobrevivir en el proceso de reconstrucción de un país. El país es El Salvador; la guerrilla, el Frente Nacional de Liberación Farabundo Martí —reconvertido en partido político—, la guerra se prolongó entre 1980 y 1992, la reconstrucción aún está en marcha. Pero Hernández ha borrado fechas y nombres: los de pila y los apellidos, los topónimos adelgazados en expresiones como “la Hacienda con nombre de caballo”. Solo se nombra París en una novela donde El Salvador muta en espacio mítico-universal y, a la vez, es rabiosamente El Salvador. Hasta por la forma cariñosa de decir “su papá” en un contexto de violencia. Una característica dulzura elocutiva que extraña la realidad entre violaciones y bombas.

La anomia, como falta de norma y también como dificultad para recordar los nombres, como desorganización social y patología del lenguaje, se presenta en sus dos acepciones en esta historia sobre la dificultad de la reconstrucción tras el trauma de la guerra; las cicatrices de cuerpo y mente; olvido y memoria; los cuidados; sobre el papel de esas mujeres que luchan por los suyos —por las suyas— cuando, más allá de la Historia con mayúscula —inseparable de las pieles laceradas y del desencanto—, solo importan los afectos. El dolor por la pérdida de una hija robada, con un nuevo nombre espurio, se extrapola a la pérdida de todos los nombres: el lenguaje se hipertrofia —la abuela de la hija más pequeña, la amiga de la amiga excombatiente— y se opera con una estrategia narrativa de desrealización: el relato de la infancia de la excombatiente, madre de cinco hijas, se asemeja a esos cuentos infantiles de prueba, superación, castigo o recompensa, con madres que ponen a sus caperucitas en peligro.

Tanto la hipertrofia de ese lenguaje que necesita la continua autorreferencia para hallar sentido más allá del mundo caótico —burocracia ridícula, dificultad para obtener lo básico, ausencia de reconocimiento por las heroicidades—, como la idea borrosa de país, responden a la lógica del secreto, la ocultación y el pseudónimo, en un momento en el que pronunciar un nombre —delatar— era un tabú y, a la vez, las familias desmembradas buscan sus referentes, su diseminado ADN, los vínculos que no han podido estrecharse o se han truncado a causa de la guerra.

En este proceso las mujeres, que paren y crían, tienen las de perder. El parecido físico deja un camino de miguitas de pan en ese universo caótico de hijas no reconocidas por sus padres, viudas sucesivas, ausencia de refrendo legal, herencias fantasmagóricas. La manera de contar incide en la vivencia del caos: se cuenta lo que pudo haber sido y después abruptamente se cuenta lo que de verdad fue; la simbiosis lenguaje-mundo culmina cuando la tercera persona de la narración emplea el condicional y las hipótesis para explicar acontecimientos reales.

Se dice que los jóvenes ya no llaman a la gente “compañera” y en ese re-bautismo se clausura una pesadilla para transformarla en pasado. En la voz de Roza tumba quema se detecta respeto por los procedimientos guerrilleros contra el latrocinio, pero no hay nostalgia: tan solo la constatación de que después del episodio bélico y de las experiencias de esas mujeres que, pese a llevar pistolas, eran perseguidas y violentadas, después de aquello, la herida no se ha cerrado y queda la tierra sembrada de fusiles. El cuerpo de las mujeres y las hijas robadas, deprimidas, funcionan como metáfora de un país que perdió la guerra. Porque todas las guerras, sobre todo las civiles, se pierden y, así, se llena de significado la ausencia de nombres —la vocación de universalidad— del estilo de Hernández. Pese a todo, aún podemos confiar en los afectos: “Cuando diera a luz una niña, la llamaría con el nombre que debió haber llevado la primogénita de su madre”. Lean atentamente esta historia para comprender en su plenitud estas últimas palabras.

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Autor: Claudia Hernández. 


Editorial: Sexto Piso (2018).


Formato: versión Kindle y tapa blanda (272 páginas).


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Sobre la firma

Marta Sanz

Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de 'El frío', ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son 'pequeñas mujeres rojas' y 'Parte de mí'. Colabora con EL PAÍS, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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