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Bajo el signo de la Historia

Rumania es el país invitado a la 77ª Feria del Libro de Madrid. Durante el último siglo, su literatura ha estado marcada por los totalitarismos y el exilio

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Después de haber negado todo cuanto bajo el sol puede negarse, empezando por el mismo sol…”. ¿A qué suena este estilo, este tipo de frase? Correcto: suena a Cioran, Emil Cioran (1911-1995). En el fondo de sus cajones todavía aparecen algunas piedrecitas brillantes, y ahora se publican en español dos obras de juventud —lo cual en su caso no quiere decir de inmadurez pues su visión del mundo y su estilo se mantuvieron siempre más o menos iguales a sí mismos—. Fernando Savater presentará ambos libros, con Luminita Marcu, doctora en literatura rumana y profesora en la Universidad de Salamanca, el 9 de junio en la Feria del Libro de Madrid; uno, la versión original y completa de Lágrimas y santos, de 1937 —Cioran se arrepintió de haber abreviado y suavizado, por “piedad hacia los agnósticos” franceses, el que pensaba que era el mejor de sus libros—; el otro, Extravíos, gavilla de textos breves y de sentencias lapidarias como la que abre este párrafo, que se remontan a 1945 y cuyo manuscrito descansaba inédito hasta ahora en los fondos de la biblioteca Jacques-Doucet de París.

Expatriados

Tiene sentido empezar este paseo por la literatura rumana con el apátrida Cioran, que se dio a conocer en Europa a partir del momento en que, expatriado en París, empezó a escribir en francés (Mauriac sostenía que estaba en posesión de la mejor prosa francesa desde Pascal), porque su extrañamiento de décadas, sin por ello dejar de pensar siempre en el paraíso perdido de su aldea infantil de Rasinari, es muy específicamente rumano. En París cultivaba la amistad de su compatriota Eugène Ionesco, autor de La cantante calva y de Rinoceronte, sendos hitos del teatro del absurdo. Hay una estupenda fotografía en que se los ve a los dos en una calle de París, con el polígrafo Mircea Eliade, que estaba allí de paso, y que moriría de un ataque al corazón provocado por la lectura del elogio que le tributaba Cioran en Ejercicios de admiración.

De izquierda a derecha, Cioran, Ionesco y Eliade, en París en 1977.
De izquierda a derecha, Cioran, Ionesco y Eliade, en París en 1977.

El caso de estos tres colosos rumanos exiliados no es raro, sino una pauta nacional. En su “síntesis personal y canónica”, Marcu señala que el exilio que se impuso a tantos escritores bajo el régimen comunista se extiende, o se renueva, con la diáspora actual de una pléyade de autores más jóvenes y contemporáneos que viven en otros países y escriben en otras lenguas. Catalin Dorian Florescu vive en Suiza y escribe en alemán novelas (Zaira y El masajista ciego) traducidas a muchas otras lenguas; la última vez que hablé con Marius Daniel Popescu, que había escrito en francés su excelente novela La sinfonía del lobo, era conductor de autobús en Lausana y dirigía la revista Le Persil, especializada en autores suizos. Ramona Badescu ha escrito en francés 25 libros de cuentos infantiles difundidos en medio mundo, también con ediciones españolas. Gyorgy Dragoman, el celebrado autor de El rey blanco, narrado por un niño de 11 años cuyo padre ha sido enviado a un campo de trabajo por firmar una carta de protesta que trae la ruina a toda la familia, vive en Budapest y escribe en húngaro; Ioan T. Morar, que en Negro y rojo se atrevió a tocar dos temas hasta entonces tabú —la deportación de los gitanos y el genocidio cometido por el Ejército rumano contra los judíos de Odesa—, escribe en rumano pero vive en Francia.

Ellos y muchos otros poetas y narradores prolongan, décadas después del dramático final de la dictadura, la fuga de talentos que llevó a Herta Müller, rumana de etnia alemana, a exiliarse años antes de ser distinguida por el Premio Nobel por unos libros escritos en alemán que, como la autoficción Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma, describen las tensas relaciones entre los aspectos más grotescos y brutales de la vida cotidiana en su país durante el régimen de Ceausescu, en el gozne chirriante con la vida espiritual, el lenguaje y la escritura.

Cien años de un país moderno

Naturalmente que no todos se han ido. Siguen en Bucarest autores tan interesantes como Varujan Vosganian (1958) y Dan Lungu (1969), por citar sólo a dos de los más conocidos en España. El primero es autor de El libro de los susurros, una memoria novelada, autobiografía familiar y colectiva, epopeya en voz baja o, como él lo llama, “libro de salmos” sobre la persecución secular de los armenios en el genocidio turco de 1915, la persecución de los nazis y del régimen estalinista. El jueves 7 de junio hablará en la Feria este exministro, personaje de indumentaria peculiar, casi fosforescente, y gran novelista. Lungu, además de ser un escritor ameno, divertido, de estilo ligero y preciso, aplica sus conocimientos de sociólogo a su empresa literaria, por ejemplo en Soy un vejestorio comunista, donde a través de una anciana que narra su propia vida explica el “enigma psicológico” de que mucha gente que, como su protagonista, vivió bajo un régimen totalitario severo y humillante, lo añore.

La escritora Ana Blandiana, en Bogotá el pasado mayo.
La escritora Ana Blandiana, en Bogotá el pasado mayo.

La literatura rumana se presenta como invitada de honor en la Feria del Libro bajo el lema genérico de “La historia por descubrir”. La historia oculta es una obsesión nacional. Porque a diferencia de otros países, cuya trayectoria literaria ha seguido —a través de las épocas y de sus traumas y rupturas— una trayectoria inteligible y una deriva lineal, la atormentada historia de la Rumania moderna, de cuyo nacimiento se cumplen ahora 100 años —“nació” en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, con la anexión de Transilvania, formando la “Gran Rumania” que después de la Segunda Guerra Mundial encogió, con la pérdida de Moldavia y de Bucovina—, ha determinado que la transmisión de su potente legado cultural de una generación a la siguiente haya sido particularmente tortuoso.

Gran herencia pero problemática

Así, al amparo del Instituto Cultural Rumano y de la aparición de algunos excelentes y fecundos traductores españoles, han llegado a nosotros casi simultáneamente las joyas de la belle époque, las de entreguerras, las de los exiliados del comunismo, las de quienes “se quedaron”, y las últimas novedades de los escritores contemporáneos: el clásico de la literatura dandi y bohemia Los depravados príncipes de la vieja corte, de Mateiu Caragiale (1885-1936), al mismo tiempo queÚltima noche de amor, primera noche de guerra y El lecho de Procusto —las obras maestras de un gran artista que luego se corrompió adulando al tirano para recibir a cambio migajas: Camil Petrescu (1894-1957)—, y que El mismo camino de todos los días, de Gabriela Adamesteanu (1942).

Más allá de la discontinuidad de la difusión internacional de sus autores, también la sociedad literaria rumana ha tenido que rescatar una y otra vez su propia tradición y repensar su propio canon. Al tiempo que florecía la actual generación, han regresado del limbo dos grandes de entreguerras: las estupendas novelas de Mihail Sebastian (1907-1945) nos han llegado a partir de los años noventa, y su obra maestra, el Diario, documento impar del auge del antisemitismo y testimonio de un hombre de letras de brillante porvenir que se ve crecientemente acorralado, silenciado, abandonado por sus amigos, permaneció oculta e inédita hasta 1996.

Algo parecido le sucedió a su amigo Max Blecher (1909-1938), de vida tan patética y de tan admirable temple. Hace ya algún tiempo escribimos aquí que con la publicación de Corazones cicatrizados se consumaba el rescate de su obra, o sea sus tres novelas de enfermo incurable y de visionario, además de un breve poemario. ¿Quién iba a suponer que este 3 de junio el traductor Joaquín Garrigós y Doris Mironescu, biógrafa de Blecher, presentarían La ciudad de los condenados y otros relatos? No es un libro tan logrado como las tres novelas, pero Blecher siempre es Blecher y sólo por tener la ocasión de oír hablar de él ya merece la pena ir al Retiro.

En cambio, a otros ni se les espera ni están. Como Petru Dumitriu (1924-2002), un autor caudaloso pero turbio que abanderó el realismo socialista en literatura incluso en la época en que su propio padre estaba preso por haber sido oficial del Ejército de la monarquía. En 1957 su Crónica familiar, 2.000 páginas y cientos de personajes, fue un logro narrativo y gozó de un éxito abrumador. Director de las ediciones estatales, paradigma del oportunismo, a los 36 años inesperadamente se “pasó al otro lado” aprovechando un viaje a Berlín Oriental y siguió su prolífica carrera literaria (una novela al año) en Alemania y en Francia, donde falleció, sin que hasta ahora nadie haya querido tocar su legado ni con la punta de los dedos, pues siempre le acompaña la sospecha de que en el exilio siguió al servicio de la dictadura tratando de infiltrarse en los círculos de exiliados. Esa pésima reputación es casi lo único que queda de sus muchos libros y de su figura fuertemente colorista.

Candidatos al Nobel

Tres escritores que escriben en rumano suenan desde hace algunos años con mayor o menor fuerza como candidatos al Premio Nobel de Literatura. Se trata de Mircea Cartarescu, bien conocido entre los lectores españoles ya desde su asombroso relato El ruletista —una fábula sobre un jugador de ruleta rusa en apuestas clandestinas, que se enriquece gracias a las pujas que se multiplican según va cargando el tambor de su pistola con dos balas, luego tres, luego cuatro, luego cinco…, siendo tan extremo su desafío a la suerte o su deseo de morir que en la última apuesta carga las seis balas— hasta la reciente Solenoide. Cartarescu dictó ayer la conferencia inaugural de la programación del instituto rumano en el Retiro y hoy tendrá lugar un encuentro con los lectores bajo el título Araña, mariposa y solenoide.

La escritora Herta Müller, en Cartagena de Indias en 2017.
La escritora Herta Müller, en Cartagena de Indias en 2017.

El segundo candidato al Nobel es Norman Manea (1936). De etnia judía, siendo niño fue internado en un campo de concentración de Transnistria (hoy Ucrania). Tras publicar una docena de libros fue empujado al exilio y se instaló en Estados Unidos, donde sigue viviendo y donde ha venido publicando novelas, la más celebrada de las cuales es El regreso del húligan; siendo el húligan el mismo autor, y el libro una autobiografía novelada de sus extrañamientos que abarca desde antes de su nacimiento hasta el poscomunismo, y el relato de un doble regreso imposible: a su país natal y a los días del pasado que han conformado su destino de extranjero permanente, como judío en tiempos de la Shoá, en cuanto escritor disidente y hostigado durante la dictadura, en cuanto forastero en Nueva York que sigue escribiendo en una lengua exótica, y otra vez extranjero o “cuerpo extraño” en su propio país, que ya no existe o nunca existió.

Manea también es estimulante como ensayista, por ejemplo en los textos de Payasos: el dictador y el artista (“un gran libro, si quieres temblar”, lo definió el añorado Félix Romeo), variaciones de la crítica a diferentes aspectos del totalitarismo, especialmente en ‘Felix culpa’, su análisis del “caso” de Mircea Eliade a partir de una línea en sus Diarios donde se felicita de su “felix culpa”: por “culpa” de su complicidad con el movimiento fascista de entreguerras, la Guardia de Hierro del “capitán” Codreanu, después de la Segunda Guerra Mundial Eliade no pudo regresar a Rumania, ahora sometida al comunismo, y gracias a esa constricción pudo (de ahí lo “felix”) abrirse al mundo, investigar y enseñar Historia de las Religiones como catedrático de la Universidad de Chicago, y seguir escribiendo libros espléndidos hasta su muerte.

La tercera autora nobelizable es la poeta y narradora Ana Blandiana (1942), que el 10 de junio mantendrá sendos coloquios con Mercedes Monmany y Cecilia Dreymüller. Con Monmany hablarán sobre su obra, y con Dreymüller sobre una de sus iniciativas cívicas más notorias: el memorial de las víctimas del comunismo y de la resistencia —museo, laboratorio de investigación y escuela de verano—, bajo el amparo del Consejo de Europa, en la ciudad de Sighet, al norte de Rumania, en las instalaciones de lo que fue una de las cárceles más crueles del antiguo régimen. Se considera Sighet el “tercer museo de la conciencia europea”, después del memorial de Normandía y el complejo de Auschwitz.

Un poema para niños sobre un gato llamado Arpagic (cebollino), que se comporta en sus dominios como un chulo y un tirano, ocasionó no pocos quebrantos a Blandiana. El gato Cebollino fue muy celebrado por los lectores, que veían en él una parodia de Ceausescu, pero también lo entendieron así las autoridades y la sometieron al ostracismo y al silencio bajo vigilancia policial. Cuando cayó el régimen pudo publicar por fin sus versos, y novelas como El cajón de los aplausos, obvia metáfora de su propia vida: para evitar más encontronazos con el régimen un poeta se va “de bolos” a cualquier pueblo remoto, y en uno de ellos se le invita a una bebida de la que despierta entre rejas para someterse a un régimen de reeducación y psicoterapia, para que descubra de una vez las bondades del régimen, y entre los ejercicios de recuperación están las interminables lecciones de aplausos que toma en compañía de otros muchos alumnos que también aprenden a aplaudir a diferentes intensidades. Una distopía con resonancias de Academia Benjamenta en los Cárpatos…

Una literatura bajo el signo de la historia, que desde luego es un signo incómodo, desasosegante.

Pistas para la feria

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2018, dibujado por Paula Bonet.
Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2018, dibujado por Paula Bonet.

La 77ª edición de la Feria del Libro de Madrid se celebra en el parque del Retiro hasta el 10 de junio.

Las 363 casetas se distribuyen entre 206 editoriales, 113 librerías, 31 organismos oficiales y 13 distribuidores.

‘Historia por descubrir, historias por escribir’ es el lema de Rumanía como país invitado. Medio centenar de escritores rumanos pasarán estos días por Madrid, entre ellos, Ana Bladiana y Mircea Cartarescu.

J. M. Coetzee presenta esta tarde en el Espacio Telefónica de la Gran Vía su nuevo libro: Siete cuentos morales. Mañana participará en la presentación de la revista Granta en la librería Los Editores y firmará su obra en el Retiro.

EL PAÍS en la feria. El 10 de junio se celebrarán dos coloquios: ‘Los nuevos magos del best seller’ (con Elisabet Benavet, Javier Castillo y Blue Jeans moderados por Jesús Ruiz Mantilla) y ‘El cómic hace memoria’ (con Ana Penyas, Alfonso Zapico y Kim Aubert moderados por Tereixa Constenla).

Durante la feria tendrá lugar un encuentro de directores de bibliotecas públicas latinoamericanas, unas jornadas sobre mercados, edición y lectura y un congreso sobre derechos de autor y propiedad intelectual.