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Antonio Mercero, un sentimental discreto

Tan buen tipo era Mercero que España le perdonó que matara a Chanquete

Antonio Mercero, en 2005. Quality

En el imaginario de la televisión de los 70 había dos señales inequívocas que garantizaban el éxito. Una era la muy británica cúpula de la Catedral de San Pablo emergiendo de las aguas al ritmo de las ocho notas de la cabecera de Thames. La otra, la opción patria, la firma de Mercero. Mercero era en cierto modo el Hitchcock español. No solo por su afición a los cameos, sino porque como Hitchcock, había conseguido transitar del cine a la televisión sin perder el equilibrio ni el prestigio en la pirueta. Después de La Cabina, podría haberse consagrado como mago del suspense si le hubiera dado a Tobi, inquietante niño ángel, una pincelada más oscura. Pero optó por la ternura, un territorio en el que se movía con la comodidad de quien nunca ha dejado de ser del todo pequeño.

Antonio Mercero era un señor afable que se parapetaba bajo una pretendida seriedad cuando dirigía. No podía, sin embargo, esconder esa mirada comprensiva y hasta piadosa con la que se plantaba ante los personajes. El bisturí de su cámara diseccionaba sin herida. Tan buen tipo era Mercero que España le perdonó que matara a Chanquete. “Fue muy duro, pero necesario”, decía. Para que los niños aprendieran que hasta en el más azul de los veranos acecha el luto de la tormenta.

Nunca le reconoceremos lo suficiente haber inventado un género juvenil que luego triunfó en Hollywood: el de la alegre muchachada paseando en bicicleta. Mercero fue capaz de ver antes que nadie el poder galvanizador de la pedalada entre la chiquillería. Antes de que el Elliot de ET volara ante la luna sobre dos ruedas, antes de que los Goonies se lanzaran a la aventura con sus caballitos de hierro, los niños de Verano Azul ya habían recorrido su paraíso estival en bicicleta. Era Mercero en esto, como en otras cosas, un visionario sin presunciones.

Porque Mercero sabía mirar. Lo demostró en su primer trabajo para la televisión, una televisión que en la España de los 70 era todavía en blanco y negro en la forma y en el fondo. Con su cura, su Guardia Civil, su maestro, su alguacil y su cartero, Crónicas de un Pueblo era el retrato de una España en disolución que todavía no lo sabía. Tampoco sabía Mercero que estaba tendiendo el puente perfecto entre la plaza de Villar del Campo que esperaba a Mr. Marshall y el pueblo que tenía devoción por Faulkner de Amanece que no es poco. Ni sospechaba que estaba dejando para el futuro el retrato de una España que años después quedaría vacía. La serie se estrenó el 18 de julio de 1971. No podía ser otro día. Contaba Mercero que la idea partió de Carrero Blanco que, consciente del poder de la televisión, quería dar a conocer el Fuero de los Españoles entre el público. Pero el director fue más allá y supo poner su lupa intimista sobre unos personajes perfectamente reconocibles. Y cada domingo, los espectadores se quedaban ante la pantalla de la televisión única, para seguir las aventuras pequeñas y cotidianas de Puebla Nueva del Rey Sancho.

Fue Mercero un maestro en humanizar a personajes que en manos de otro habrían quedado reducidos a puro cliché. Y lo demostró años después en Farmacia de Guardia. Corrían ya los noventa y las familias eran distintas. Poco se parecía el matriarcado de la boticaria separada Concha Cuetos a aquellas parejas de Verano Azul en las que las madres cuidaban abnegadas de los niños mientras los padres tomaban el aperitivo. Quizá también en esto se adelantó a su tiempo.

Decía Antonio Mercero que tenemos la televisión que nos merecemos. Un día, los espectadores merecimos un director como él, que supo ser incisivo sin maldad, tierno con la dosis exacta de melaza. Un sentimental discreto.

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