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el libro de la semana

Fernando VII, de cerca

Vengativo y cínico pero no tonto. Así retrata Emilio La Parra, último premio Comillas de biografía, a uno de los personajes más impopulares de la España moderna

'Fernando VII en un campamento' (después de 1815), por Francisco de Goya.
'Fernando VII en un campamento' (después de 1815), por Francisco de Goya. Museo del Prado

En 2002 el historiador Emilio La Parra fue finalista del Premio Comillas por Manuel Godoy. La aventura del poder; en 2017 ha obtenido el galardón por Fernando VII. Un rey deseado y detestado. A lo largo de bastantes años ha indagado en una de las más cenagosas épocas de la historia de España y buena parte de su excelente trabajo se resume en estas biografías de los dos personajes más impopulares de la España moderna.

Uno y otro fueron víctimas de campañas de descrédito que estrenaron —en una España todavía muy arcaica— el poder de la propaganda política. Uno de los mayores méritos de ambos libros ha sido tener muy presentes los estados de la opinión pública, agitada a la par por la fabricación de la mitología de una guerra de Independencia. En el caso de Manuel Godoy, La Parra logró mostrar cómo —a despecho de calumnias y medias verdades— el reinado de Carlos IV culminó el más admirado de Carlos III y que el Príncipe de la Paz, atrevido, ambicioso y dilapidador, fue un ilustrado cabal, leal al monarca y no falto de visión política en un tiempo dominado por la ambición insaciable de Napoleón. La visión más ponderada de Godoy ya se ha abierto camino, pero no hay lugar para el rescate del “rey felón” cuya damnatio memoriae parece completa: la estatua que le erigió Barcelona en 1831 anda rota en un convento sevillano de clarisas, al igual que se retiró en 2004 la que el pueblo madrileño de Navas del Rey soportaba desde 1815; la calle de Fernando que le dedicó la Barcelona de 1822 cambió de designación un par de veces y se catalanizó en los años ochenta como Carrer de Ferran.

No hay mucho que objetar a la sentencia del tiempo. La Parra ha contado minuciosamente las dos intentonas del príncipe Fernando para desalojar del poder a sus padres (y, de paso, al odiado Manuel Godoy); lo logró la segunda —el motín de Aranjuez (1808)— y el liberal Manuel José Quintana celebró aquella algarada tabernaria, pagada por la nobleza fernandina, como Revolución de Marzo: “¿Conque puede dar ya el labio mío / el nombre augusto de la patria al viento?”, proponía el despistado poeta. Apenas unos días después, Napoleón llamó a la familia real a Bayona y mientras Murat sofocaba la sublevación de Madrid, Carlos y Fernando abdicaron. En 1813, Fernando pactó con Napoleón su regreso a España como rey absoluto y comenzó a reclamar dineros a sus súbditos: “Si tengo un pueblo digno de mí, yo lo soy de él, que he nacido para reinar sobre los españoles”. De “vergüenza” y “extorsión” califica La Parra los manejos que dieron paso a una “vuelta al absolutismo racionalista de inspiración iusnaturalista”, como se precisa en uno de los más clarividentes capítulos de esta biografía.

En 1813, Fernando VII pactó con Napoleón su regreso a España como rey absoluto y comenzó a reclamar dineros a sus súbditos

Tres meses se demoró la comitiva regia de 1814 antes de llegar a Madrid, donde muy pronto la prisión de los diputados de las Cortes de Cádiz avisó del cambio de tornas. Pero a nadie le importó: ni a la Francia derrotada, ni al británico Wellington (vencedor de la Peninsular War), ni a los reunidos en el Congreso de Viena para preparar una paz (y una restauración) en la que España no contaba. Las desdichas se enhebraron una tras otra: la rebelión y pérdida del imperio americano, la crisis de la economía, la proliferación de instancias represivas (Voluntarios Realistas, Paisanos Armados, Junta de Purificación, Junta Apostólica, Sociedad del Ángel Exterminador…) y, entre sermones incendiarios del clero, hasta la Inquisición fue reinstaurada en 1814.

El autor, que ha manejado los desconocidos y numerosos papeles privados del rey (y sus esposas), ha retratado moralmente al personaje, más allá de su poco agraciado pergeño físico: vengativo y cruel, imbuido de su poder, cínico y cobarde a menudo, pero no tonto. Satisfizo a sus cuatro esposas (y a bastantes amantes), y como escribió la segunda de aquellas, María Josefa de Sajonia, fue “excelente como hombre particular”. Compraba muchos libros y no malos, aunque parece que lo que más le divertía era abrir los pliegos cuando estaban intonsos. Dejó que le devolviera el poder un ejército extranjero (bajo la dirección política de Chateaubriand) y su incuria, más que su cálculo, permitió que gobernaran en la “década ominosa” (1823-1833) personajes “impregnados de la cultura de servicio al Estado” del regalismo ilustrado… Solo el paso del tiempo hizo lo demás: la racionalización del poder impuso la creación del Consejo de Ministros, el primer esbozo de un banco central, el primer Código de Comercio y un Tribunal de Cuentas, o una Ley de Minas. Y como se suprimió la Inquisición, se creó una Superintendencia de Policía cuyos objetivos fueron la defensa de la propiedad, el mantenimiento del orden y la vigilancia política. Fernando casó por última vez en 1830, con María Cristina de Borbón, y tuvo un descendiente viable: la futura Isabel II. Murió antes de la cincuentena y sus últimos esfuerzos fueron para asegurar que le sucediera Isabel frente a las esperanzas de su hermano, Carlos María Isidro, que había sido compañero inseparable y acabó desterrado en los Estados Pontificios. La niña no sería ni un dechado de virtudes ni una buena monarca, pero, a trancas y barrancas (y tras dos guerras más), el país no volvió a las tinieblas del absolutismo. Fue el único servicio de aquel monarca cuya biografía se ha convertido ahora en 600 páginas documentadísimas, muy bien pensadas y muy ágilmente escritas.

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Autor: Emilio La Parra .

Editorial: Tusquets Editores S.A (2018).

Formato: versión kindle y tapa blanda (760 páginas)

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