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¿Qué hora es allí?

El concepto de tiempo tiene mucho de cultural, como las fechas señaladas en la historia: 1492 no es lo mismo a este lado que al otro del océano

'Testigo de las ruinas', de Mapa Teatro, Colombia.
'Testigo de las ruinas', de Mapa Teatro, Colombia.

El concepto de tiempo tiene mucho de cultural, como las fechas señaladas en la historia: 1492 no es lo mismo a este lado que al otro del océano. El tiempo es lo que se vive o lo que se aspira a vivir; lo que debe estar viviéndose y debió vivirse; son los tiempos paralelos que se superponen y se desdoblan vehementes en la vida de cada uno de nosotros. Le ocurre al protagonista de¿Qué hora es allí?, la película del taiwanés Tsai Ming-liang estrenada en 2001, donde un vendedor de relojes ambulante, sumergido en una existencia sórdida, se tropieza con una joven que va a marcharse a París por un periodo indefinido y quiere comprar un reloj que muestre la hora en las dos ciudades. Entre ambos se establece cierto extraño amor a última vista —como llamara Benjamin al enamoramiento de Baudelaire hacia la mujer de negro de Las flores del mal— que termina por condicionar al hombre: en cada reloj de Taipei se obstinará por buscar la hora de París con Los 400 golpes, de Truffaut, como telón de fondo.

Precisamente este es el título que el reputado latinoamericanista francés Serge Gruzinski eligió para un libro publicado en 2008 y que acaba de traducir al español Fondo de Cultura Económica. En¿Qué hora es allá? América y el islam en los linderos de la modernidad, Gruzinski, experto en la mundialización avant la lettre y las metodologías nómadas que se mueven entre el cine, la literatura, las artes visuales o las nuevas tecnologías, repasa una fascinación por lo remoto que, como ocurre con el protagonista de Tsai Ming-liang, es siempre invención. El texto comienza con el interés por el Nuevo Mundo y sus productos a finales del XVI desde Estambul y la curiosidad de México hacia el imperio otomano, ejemplificado en Repertorio de los tiempos, de 1606, del impresor Heinrich Martin. Estos documentos sirven a Gruzinski para reflexionar sobre la perversa construcción occidental que es la historia. No sólo quiere añadir a su relato el presente y el futuro de los nuevos seres encontrados: pretende integrar a toda costa en la historia del mundo ese pasado que se le escapa, incapaz de aceptar los enigmas del otro como forma de resistencia.

La noción de historia y de tiempo impuestos desde Occidente —no sólo en sus relatos sino en su estrategia de escritura— es también el tema del reciente libro La machine à remonter les temps. Quand l’Europe s’est mise à écrire l’histoire du monde. A principios del XVI en América los conquistadores se esfuerzan por reconstruir el pasado de los conquistados como método de control y acaban por arrebatarles unos recuerdos propios inscritos en cierta cosmología muy alejada de la noción universal del tiempo, la que gobierna la escritura de la historia desde Occidente y que acaba por imponerse en el Nuevo Mundo, reflexiona Gruzinski.

Ese tiempo insurrecto reaparece en Testigo de las ruinas de Mapa Teatro. Las cinco pantallas —o cuatro, dependiendo de la instalación— desquician la mirada en unos espacios paralelos, dislocamientos temporales también, a través de la historia de Juana Ramírez. La mujer, hilo conductor del relato, sigue con sus acciones cotidianas —preparar arepas y chocolate— a lo largo del proceso de destrucción de Santa Inés. Se convierte así en testigo último de esta maniobra del poder que borra la memoria y el tiempo particulares; que transforma un barrio emblemático de Bogotá en un no-lugar. Los tiempos multiplicados y ralentizados de las pantallas subrayan esa temporalidad como resistencia ciudadana a la cual parece aludir Gruzinski, tal vez porque plantarse contra el tiempo universal es una clara táctica de rebelión.