Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

La lección del maestro

Le Carré ha regresado en 'El legado de los espías' a su escritura rápida y limpia, animada por un oído excelente para los matices verbales

Alec Guinness como George Smiley en 'Tinker Tailor Soldier Spy' (1979), de John Irvin.
Alec Guinness como George Smiley en 'Tinker Tailor Soldier Spy' (1979), de John Irvin.

Hábitos menores, gestos sutiles que pueden no advertirse, retratan a las personas de carne y hueso. George Smiley tiene el hábito de limpiarse las gafas con el forro de la corbata, y el de subírselas con el dedo índice cuando está escuchando a alguien y las gafas se le deslizan por la nariz. Cuando escucha lo que alguien le dice, George Smiley entra en una especie de trance de inmovilidad, entornando los ojos, como un melómano atento a cada pormenor de una interpretación.

Que George Smiley no exista no disminuye su capacidad de presencia, o el modo en que se le siente o se le sabe cerca cuando no está. Ha tenido en el cine la cara de Alec Guinness, y hace no mucho la más improbable de Gary Oldman, pero quienes nos preciamos de conocerlo desde nuestra juventud no tenemos necesidad de tales corroboraciones visuales. Donde está George Smiley es en cada una de las novelas que le ha dedicado su autor, John Le Carré, y en la imaginación de un cierto número de lectores muy leales, que ya lo dábamos melancólicamente por desaparecido, porque desde hacía muchos años no habíamos vuelto a encontrarlo en ninguna novela. Se despidió al final de la única que llevaba su nombre en el título, Smiley’s People (La gente de Smiley). En aquella entrega, Smiley, el espía gordito y reflexivo, mansamente cornudo, experto en una serie de oscuros poetas alemanes del siglo XVII, obtenía al final un éxito que culminaba su carrera, y que yo no voy a revelar aquí, por respeto a quienes aún no han leído la novela. Pero Smiley aceptaba el éxito de una de sus confabulaciones magistrales tan sobriamente como habría aceptado el fracaso, y se alejaba igual que otras veces, con su traje y su abrigo formal, con las gafas empañadas que se paraba a limpiar frotándolas con la corbata, perdiéndose en una noche de Londres o del Berlín de la Guerra Fría, en ese limbo al que van los personajes cuando sus autores dejan de escribir sobre ellos, sobre todo esos personajes que parecen más reales porque van atravesando de unas novelas a otras, Sherlock Holmes o el comisario Maigret o el doctor Díaz Grey de Onetti o el vendedor ambulante de máquinas de coser V. K. Ratliff de Faulkner, o el Marlow hablador de Joseph Conrad.

Es probable que John Le Carré se hubiera cansado de George Smiley igual que se cansó Conan Doyle de Holmes. Un autor siente que ese material se le ha agotado y quiere abrirse a nuevos mundos. O también puede ser que el personaje se le haya vuelto demasiado poderoso y el novelista se sienta ensombrecido por él: hasta puede que le tome envidia, o rencor. El lector ama lo que ya conoce, pero el novelista quiere ser juzgado por lo que todavía no ha hecho, lo que dará de sí cuando se libre del fardo de los libros pasados. Años antes de que cayera el muro de Berlín, John le Carré ya había dejado atrás a George Smiley y los escenarios de grisura invernal de la Guerra Fría. Se embarcó en novelas de gran ambición testimonial, en tramas que abarcaban los diversos horrores del mundo, las guerras poscoloniales, los abusos de las multinacionales farmacéuticas, el saqueo de los recursos naturales en los países pobres, los espantos de crueldad y corrupción del mundo surgido de las ruinas del comunismo soviético. Eran libros cargados de documentación, animados por una creciente ira política y moral, por una voluntad de denuncia.

Le Carré construye tramas que se despliegan como fugas barrocas, arquitecturas fantásticas alzadas en el aire, sometidas a una estricta disciplina de invención

Leí algunos, y otros los abandoné recién empezados. Me parecía que la escritura había perdido la música del estilo, y que los personajes, muchos de ellos, eran símbolos, o portavoces, más que figuras humanas dotadas de verdad. Puede que fuera injusto; que hubiera caído en la tentación de reprocharle a un novelista que no siguiera escribiendo como a mí me gustaba, lo que a mí me gustaba. Una parte de la libertad de espíritu de un autor es el derecho a defraudar a los lectores que se consideran a sí mismos más fieles. Quizás muchos de nosotros éramos más fieles a George Smiley que a John Le Carré. Habíamos asistido a eso tan raro y tan adictivo en la literatura, la creación de un mundo imaginario completo, con una geografía particular y hasta una luz, un clima exclusivamente suyo, un lenguaje, unas reglas. Ese mundo estaba preservado y bien a salvo en unas cuantas novelas. Nos quedaba siempre la posibilidad, el refugio de volver a ellas.

Pero ahora quien ha vuelto a aquel mundo ha sido su creador. Al cabo de mucho tiempo, con más de 85 años, con una maestría que parece sin esfuerzo, con la familiaridad meticulosa hacia los personajes, los detalles, los lugares, las zonas de oscuridad de antiguas tramas recobradas, de quien en realidad no llegó a ausentarse nunca. Es de nuevo Berlín al principio de los años sesenta, el hedor del nazismo que dura en la ciudad todavía llena de ruinas; es entonces y es ahora: fantasmas de muertos que quedaron sin sepultura vuelven para inquietar a los vivos, los viejos que todavía recuerdan, los veteranos de entonces. He leído El legado de los espías, durante horas de esa perfecta concentración que solo deparan las novelas, y he intercalado avariciosamente la lectura con la de El espía que vino del frío, que es su punto de partida y regreso. En esa novela Le Carré encontró un estilo de máxima simplicidad que se le fue complicando con el curso de los años y de las novelas, quizás con un exceso de voluntad literaria, inevitable en quien no quiere resignarse a la etiqueta de escritor de género. Ahora, liberado por la edad de tales ansiedades, Le Carré ha regresado a aquella escritura rápida y limpia, animada por un oído excelente para los matices verbales delatores del clasismo británico, de la prosa de los informes, de las vaguedades del lenguaje de los burócratas y de los espías.

Le Carré construye tramas que se despliegan como fugas barrocas, arquitecturas fantásticas alzadas en el aire, sometidas a una estricta disciplina de invención, equilibradas por la inmediata intensidad humana de los personajes. Casi todos los nombres los reconoce como antiguos nombres familiares el lector veterano. Smiley ronda desde la primera página, furtivo, mencionado, invisible, retirado desde hace mucho, tan inencontrable que algunos lo dan por muerto. Aparece por fin y es él mismo y es otro, reconocido y fantasmal, como cualquier persona querida a la que no hemos visto en muchos años. Pero hay que seguir leyendo para llegar al final. Es la antigua ley de las novelas.