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Caribe contradictorio

El idioma más hablado en las islas es el español y, sin embargo, la cultura fundamental es la afro-antillana

El poeta de Santa Lucía Derek Walcott, premio Nobel en 1992.
El poeta de Santa Lucía Derek Walcott, premio Nobel en 1992.

La extensión de tierra más amplia en el Caribe es el mar. La lengua más hablada es el español y, sin embargo, la cultura fundamental de nuestras islas es la cultura afro-antillana. El Caribe es contradicción. Las maneras usuales para categorizar una cultura se quedan cortas para entender este circuito que hoy por hoy llamamos “cultura caribeña”. Existen 114 islas que componen el Caribe. Algunas son islas-nación. Tal es el caso de Jamaica o Cuba. En otros casos, dos naciones comparten una isla, como ocurre con República Dominicana y Haití. La frontera que las divide es también licuosa. Esta vez no es el mar el que distancia, sino la lengua. De un lado de la isla se habla español, del otro oficialmente el francés. Hay casos igualmente dramáticos, como el de la isla de San Martín. Con solo 34 kilómetros cuadrados, es parte de dos naciones: la mitad norte pertenece a Francia, y la sur, a los Países Bajos. Es, pues, una isla partida en dos colonias. En ella se habla francés, holandés y papiamento, idioma criollo de base africana. Sin embargo, esa tercera lengua, no oficial, es en la que la gente se entiende cuando cruza varias veces al día una isla que es la memoria viva de toda una historia colonial.

Hace más de 500 años, Francia, Inglaterra, España y los Países Bajos se pelearon a sangre y pólvora el Caribe. Para convertirlo en plantación, desplazaron a la población nativa e importaron a cientos de miles de esclavos provenientes del oeste de África. De esa amalgama de culturas, nacen las culturas criollas y también los lenguajes no oficiales, las lenguas caribes. Son muchas más que las que las islas naciones, territoires d’autre mer o colonias, reconocen de manera oficial. En el Caribe se habla papiamento, creole, pidgin English, patuá, garifuna (que es una mezcla de arahuaco con español), francés e inglés. Lo que pocas veces se señala es que hay norma y fundamento en este mar de diversidad que es el Caribe. Sorpresivamente ésta no se encuentra en el seno de las culturas occidentales que lo colonizaron. Se encuentra en las culturas afro-antillanas.

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En La isla que se repite el cubano Antonio Benítez Rojo afirma que el Caribe es un sistema de islas, todas diferentes y a la vez iguales. Utiliza la teoría del caos y el lenguaje de la física cuántica para explicar lo que para cualquier caribeño es obvio: que el Caribe funciona como el jazz. O como el blues o como la salsa o como el rap o como el soneo. Existe una clave que se repite, un compás que sienta la pauta para que la “improvisación” ocurra. En este tipo de pensamiento, es la lógica afro la que impera, una lógica que depende menos de las categorías claras, precisas, propias del orden “racional” con que se rige en Occidente. Existen otras racionalidades —el poeta y filósofo martiniqués Édouard Glissant las bautizó con el nombre de poétique de la relation— que hacen que, en nuestras tierras, lo diverso conviva en contradicción inclusiva. Suena extraño, pero es muy sencillo. Para nosotros, los afrodescendientes caribeños, todos los lenguajes sirven para nombrar la realidad, que es a la vez una y múltiple.

Pero hay una clave, un beat sobre la cual se dan las variaciones. Esa clave la da la cultura africana. Es una globalización, pero desde abajo. Y más negra. Y por lo tanto, no oficial. Mientras las culturas imperiales se peleaban por la mínima extensión de tierra de estas islas, los humanos que vinimos como carga en las barrigas de los barcos nos asentamos como el continuo cultural. Fuimos nosotros, los negros caribeños, el machete de la zafra, las paridoras de mano de obra barata, el sudor. Veníamos también de muchas tierras, pero para la resistencia, la supervivencia y el amor, había que entenderse. Así que, sobre el lomo de un pensamiento negado, brotaron nuevas lenguas y nuevos sistemas de expresión cultural y emotiva. De la contradicción nace la vida.

Mayra Santos-Febres es escritora puertorriqueña.