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EP Musical BLOGS Por FERNANDO NAVARRO
COLUMNA

Mi patria es la música

Hay tristezas que, por mucho que se intenten explicar, no se entienden

Bob Dylan y Tom Petty and The Heartbreakers.
Bob Dylan y Tom Petty and The Heartbreakers.

Es un octubre extraño y hay tristezas que, por mucho que se intenten explicar, no se entienden. Simplemente se comparten, como esos silencios con un amigo durante un viaje largo con la radio encendida y la carretera centelleando. No hace falta decir nada cuando la música, bien seleccionada, bien sentida, lo dice todo.

Han pasado un puñado de días, pero la tristeza por la muerte de Tom Petty flota aún más pesada en el ambiente. No es la primera vez. Ya sucedió con Charles Bradley, Chuck Berry, Leonard Cohen, Prince o David Bowie. Solo por citar algunos de los más recientes músicos que se fueron. A decir verdad, pasa a menudo. Siempre anduvo pasando. Los músicos, como las personas, se mueren.

Creo que no tuve verdadera conciencia de ello hasta aquella mañana que se supo que Antonio Vega había fallecido. Fue una sensación parecida a ver caer las Torres Gemelas. Solo que, en vez de hundirme en un sofá absorto por el dolor salido de la televisión, me encerré en un baño sin capacidad de más maniobra que mirarme en el espejo, como si aquella muerte se hubiese convertido en mi primera cana. O algo verdaderamente peor: a través de ese espejo, veía cómo perdía una pieza clave en una loca partida de ajedrez que venía aconteciendo desde que abrí la puerta a la música. Decía Graham Greene que “siempre hay un momento de la niñez en el que la puerta se abre y deja entrar al futuro”. Ese momento pasó con canciones de Antonio Vega, pero también con las de Tom Petty. Con las de tantos. Esas canciones eran el futuro, como una carretera centelleante, como un verano por delante.

En este octubre extraño, no le tocaba a Tom Petty irse, pero se fue. Y, desde ese mismo instante, el mundo es un lugar distinto. No le conoces, no sabes el tipo de persona que fue, pero estuvo ahí contigo cuando tal vez nadie más estuvo. Ese individuo de risa torcida, que decía que todavía se maravillaba continuamente del poder que guardaba una simple canción de tres minutos, convertía la soledad en compañía, el miedo en seguridad, el silencio en un mundo de oportunidades. Lo señaló una vez Bob Dylan: las canciones son países ignotos en los que merece la pena adentrarse.

Nadie elige las canciones. Son ellas las que nos eligen. Por eso, una vez que lo hacen y decides adentrarte, te cambian la vida. No sabes vivir sin ellas, incluso no sabes reconocerte sin ellas. Y, por eso, cuesta también tanto desprenderse de la inmortalidad de sus creadores en un mundo, el de las canciones, donde todo es posible. Si se muere uno de ellos, es una tristeza indescriptible, pero real como un día de niebla.

Es un octubre extraño. Nos han robado el otoño, nos han invadido los símbolos y los enfrentamientos, todo son banderas, y se nos ha ido Tom Petty. Parece que todo aquello que creías conocer es ahora diferente. Y seguramente lo sea. Ha cambiado. Por tanto, hay tristezas que, por mucho que se intenten explicar, no se entienden. Fue Unamuno quien lo llamó melancolía de futuro. Por eso, en el ruido y la furia de estos días, necesito ahora adaptarme a un mundo sin Tom Petty, como antes lo hice sin Lou Reed o Solomon Burke. Necesito mantener vivas las canciones que muestran tan claramente ese otro mundo soñado, sin más banderas que unos acordes que son un lenguaje universal, uniendo a las personas, derribando fronteras. Porque mi patria es la música. Ahora más que nunca.