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El paraíso que nunca fue tal

El pormenor de detalles y la rapidez con que se suceden acontecimientos hacen que la nueva novela de Tracy Chevalier sufra vaivenes

El paraíso que nunca fue tal
GETTY

Pantano Negro no es el paraíso. Ni hay allí manzana de tentación, pues los manzanos que desafían al fango de esa tierra inhóspita son motivo de discordia para el matrimonio Goodenough. James dedica atención y cuidado a los árboles que proporcionan dulce manzana de mesa. Sadie, su esposa, prefiere aquellas con las que poder hacer sidra. Y esa diferencia se ha convertido en una pelea permanente, donde están presentes el rencor, los golpes y la venganza. Es 1838 y es primavera en Pantano Negro, Ohio. Aquí se inicia la nueva historia que propone Tracy Chevalier (Washington 1962) en La voz de los árboles. Antes fue Delft y Vermeer en La joven de la perla, o el Londres victoriano de Ángeles fugaces, o el Londres de finales del XVIII donde el poeta William Blake habitaba en El maestro de la inocencia. Esta vez prestarán para la ficción su existencia real tanto John Champan, esa leyenda americana popularmente conocido como John Appleseed, vendedor de semillas, plántulas y plantones, que presenciará los silencios de James y las borracheras de Sadie, como William Lobb, tratante de plantas y botánico, que proporcionará conocimientos a Robert, uno de sus hijos.

Y está la manzana como símbolo no del paraíso perdido sino de un paraíso que nunca pudo ser. La historia promete intensidad en esa perversa contienda que mantienen los Goodenough, o en el observador Robert y la callada Martha, dos de los hijos del matrimonio, así como en el viaje que emprende Robert a través del oeste, que atraviesa décadas de la novela y que señala caminos polvorientos, buscadores de oro, ciudades todavía en construcción y sueños sin realizar. Pero el interés por la lectura no llega a afianzarse en todo este recorrido, pues el pormenor de detalles en unos casos y la rapidez con que se suceden acontecimientos hacen que la novela sufra vaivenes que alejan en más de una ocasión de la lectura. Y eso que quien lee tiene ganas de acercarse a la libreta de William Lobb, leer sus anotaciones y dibujos de los árboles. Nombrar las secuoyas, cedros de incienso y pinos de tronco rojo. Y señalar lupinos, calandrinias o pies de oso. Y cómo no, saborear las manzanas golden pippin. Primero saben a nueces, luego a miel y después a piña. Eso cuentan.

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Autor: Tracy Chevalier. Traducción de Juanjo Estrella.

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