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La cara b de mundo | Londres

La mudanza del periodismo

La sede de la revista ‘The Economist’, joya arquitectónica que cambia de inquilinos, ejemplifica la transformación de la ciudad... y de la profesión

El edificio de 'The Economist', de los arquitectos Peter y Alison Smithson, en Londres.
El edificio de 'The Economist', de los arquitectos Peter y Alison Smithson, en Londres. EL PAÍS

La cópula entre el periodismo con visión y la arquitectura visionaria necesariamente ha de engendrar criaturas interesantes. Es el caso del número 25 de la calle londinense de St. James, que Alison y Peter Smithson, entonces jóvenes y hoy legendarios arquitectos, levantaron para The Economist en los años 60 del siglo pasado.

Pero hoy, en Londres y en el periodismo, nada es sagrado. Un cambio en la propiedad del prestigioso semanario —Pearsons vendió en 2015 su 50% a los restantes accionistas— le lleva a abandonar el que ha sido su hogar durante 52 años. Mientras los trabajadores guardan sus recuerdos en cajas de cartón, procede recordar la historia de un proyecto en que el periodismo contaminó la arquitectura, y viceversa.

Desahuciada por una bomba alemana de su sede original, junto a Fleet Street, la revista acabó convertida en una improbable promotora inmobiliaria en el West End. Amasaron una parcela de 1.820 metros cuadrados en la esquina de las calles de St. James y Ryder. La solución obvia habría sido maximizar el solar y construir hasta los bordes. Pero lo obvio no es necesariamente lo mejor. Al menos, no lo era para Alison y Peter Smithson, un joven matrimonio que soñaba con transformar la arquitectura desde un pequeño estudio en su piso de Chelsea.

Los arquitectos Peter y Alison Smithson, en su estudio de Londres en 1961. ampliar foto
Los arquitectos Peter y Alison Smithson, en su estudio de Londres en 1961. Getty Images

En lugar de levantar un bloque que abarcara hasta el límite de la calle de St James, los Smithson propusieron derribar el edificio victoriano que había y trazar en su lugar una escalinata y una rampa que llevarían a una plaza pública en la que se alzarían tres edificios, de tres alturas diferentes. El motivo por el que el ambicioso proyecto recaería en los osados e inexpertos Smithson, que solo habían completado una vivienda en las afueras de Londres y una escuela en Norfolk, hay que buscarlo en la naturaleza del cliente.

Los Smithson habían construido poco, pero habían escrito mucho, algo que pudo seducir a un cliente de letras. Entre los conceptos que manejaban en sus escritos teóricos, uno tuvo que ser música celestial para los oídos de los editores de The Economist, maestros de la titulación corta: “Brutalismo”. El término, que tiene su origen en la predilección de Le Corbusier por el hormigón “en bruto”, dio nombre a una corriente de arquitectura social descendiente del modernismo. En reacción a la ligereza y frivolidad de la generación anterior, el brutalismo proponía una estética áspera y una franqueza en los materiales.

La sede de The Economist tiene alma brutalista: es arquitectura despojada de artificios y complejos. Lo que se ve, un edificio de oficinas, es lo que hay. Pero algo de su cuerpo la excluye del canon: la torre no exhibe el ortodoxo hormigón, material que sí propusieron los Smithson inicialmente. Porque The Economist era osado, de acuerdo. Pero también era establishment. Prefería la piedra de Portland, roca caliza extraída de la isla que le da nombre, frente a Dorset, profusamente utilizada en la arquitectura monumental londinense, incluidos el palacio de Buckingham y la catedral de San Pablo.

La vocación social de los Smithson y la opulencia de The Economist encontraron un afortunado compromiso en la capa más superficial de las canteras de piedra de Portland. Se trata de un material con el poco comercial nombre de cucaracha (roach), rico en fósiles y agujeros helicoidales de caracolas disueltas, utilizada en la construcción desde hacía dos siglos, pero nunca en la arquitectura noble. El contraste entre su irregularidad y la lisa pureza del vidrio constituye uno de los aciertos estéticos del proyecto. Y la cucaracha acabaría llegando en edificios tan establishment como el Museo Británico o la nueva sede de la BBC.

No solo los caprichos de la cabecera condicionaron la arquitectura. También la configuración del edificio influyó, reconocía el semanario en un artículo reciente, en la propia actividad periodística. La distancia entre los ventanales y el corazón de la torre, destinado a ascensores e instalaciones, es de apenas seis metros, lo que complica los espacios diáfanos. Por eso los Smithson, tras conversaciones con los plumillas, decidieron organizar a la redacción por parejas.

Los despachos compartidos entre dos redactores, explicaba la revista, resultaron un antídoto contra las ineficientes reuniones multitudinarias y alimentaron productivas sinergias, plasmadas en temas a cuatro manos entre compañeros de pupitre con distintas especializaciones.

The Economist ocupa de la planta 11 a la 14 de la torre más alta. Todos los edificios de alrededor son más bajos y toda la redacción goza de vistas. Contemplar una ciudad que bulle reafirma a la revista en la convicción de que la libre circulación de dinero y personas enriquece a la sociedad, y la altura le brinda un pedestal que invita a sentar cátedra en debates globales.

El proyecto no estuvo exento de fracasos. La plaza, por ejemplo, nunca ha llegado a integrarse en la vida de la ciudad. Quizá lo logre la nueva propietaria, la compañía inmobiliaria estadounidense Tishman Speyer, que quiere insuflar vida a la plaza como soñaron los Smithson. Los periodistas de The Economist lo contemplarán desde un edificio art decó más bajito, cercano a su sede original. “Nos dará más espacio para nuestras ambiciones digitales y las necesidades de una compañía de medios de siglo XXI”, aseguraba Zanny Minton Beddoes, directora de la revista.

No son los únicos periodistas que se mudan. El Financial Times, tras su compra por el grupo japonés Nikkei, regresará al viejo edificio color salmón, como sus páginas, del que salió hace 30 años. También The Guardian estudia dejar su flamante sede acristalada en King’s Cross, como parte de su plan de reducción de costes. Pero esas son otras historias.

Protestar por el lugar de trabajo es un deporte extendido en las redacciones, un colectivo humano que tiende a la exageración y recela del sedentarismo. The Economist no fue una excepción. Pero, en una encuesta interna sobre cómo les gustaría que fuera su nueva sede, una respuesta sobresalió sobre las demás: que se pareciera al viejo edificio de St. James.