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Los vicios discográficos

Con el paso del tiempo, hasta los mayores artistas quedan reducidos a tópicos y caricaturas

Carátula de 'Tutto Buscaglione'.
Carátula de 'Tutto Buscaglione'.

No hagan como yo: un servidor aprovecha la parada veraniega para investigar en músicas desconocidas. Entre otros afanes, busco en la parte sumergida del iceberg. Verán: de las estrellas pretéritas apenas conocemos un florilegio de canciones, el equivalente a un Grandes éxitos.

En todo caso, no lo suficiente para entender cómo funcionaban aquellos titanes. Así, ando buceando en la integral discográfica de Jacques Brel y compruebo que era estéticamente el más conservador de sus colegas. Las orquestaciones de Brel suenan brillantes pero rancias: ni rastro del jazz que encandiló a tantos chansonniers , incluyendo a aquel Aznavour que menospreciaba. Por lo que llevo escuchado, no hacía hueco para la guitarra eléctrica: su única audacia instrumental fue el uso, en los primeros tiempos, de las ondas Martenot.

¿Y qué nos dice esto sobre el Gran Belga? Conviene esperar a completar la inmersión pero uno intuye que Brel era íntimamente bastante más burgués de lo que quería hacernos creer.

Aquí se debe invocar el famoso aviso de L. P. Hartley: “El pasado es un país extranjero; allí las cosas se hacen de otra manera.” Hasta bien entrados los años sesenta, pocos artistas pop entendieron las posibilidades del LP; los discos largos se resolvían juntando singles y material de relleno. Y puede ocurrir que lo que trasciende, lo que nos llega, sea solo una faceta del personaje. Eso ocurre con Fred Buscaglione: murió una madrugada de 1960 en Roma, tras estrellar su Thunderbird, como si fuera un personaje de La dolce vita.

Y quedó como una anomalía italiana, un bromista que parodiaba los tópicos cinematográficos del gánster estadounidense. Sin embargo, su Tutto Buscaglione revela que aspiraba a entretenedor para todos los públicos, con picardías de donjuán y baladas de romeo mediterráneo, versiones de éxitos foráneos y concesiones a los ritmos afrocubanos. No cabe considerarlo, siguiendo a sus reivindicadores modernos, como introductor de la negritud en el pop italiano. Era más Renato Carosone que Paolo Conte: el potencial musical cedía ante la búsqueda de la risa fácil.

Esos descubrimientos ayudan a relativizar las visiones oficiales. Verbigracia, toda esa épica de James Brown como incansable guerrero del funk. Conviene recomendar nuevamente las recopilaciones The singles, once volúmenes que cubren sus años imperiales, de 1956 a 1981. Un rompecabezas de discos millonarios y lanzamientos frustrados, brutales rupturas creativas y autoplagios rutinarios, todo minuciosamente explicado por Alan Leeds, que fue su jefe de prensa y road manager

En realidad, más que un pantera negra, Brown era un perro viejo del show business. Buscaba atraer al personal negro más joven y exigente pero también confeccionaba discos para el segmento más adulto (canciones navideñas, jazz accesible, standards de club nocturno) y, desde luego, también pensaba en los consumidores blancos. No, no tan fiero como nos lo pintan.