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El negociador trasquilado

Luis Landero ha escrito su libro más agrio. Tirando de un humor quevedesco

y cruel, 'La vida negociable' narra las peripecias de un pícaro de medio pelo

Fachada de azulejos en una antigua fábrica, en Madrid.
Fachada de azulejos en una antigua fábrica, en Madrid.

El mundo de Luis Landero es como una vasta cuenca hidrográfica donde hay fuentes, caudales que se ramifican, embalsamientos o meandros más tranquilos y desagües misteriosos. Pero todo es el mismo líquido fugitivo, cristalino alguna vez; las más, turbio: una representación de la vida. La vida es un supuesto y un afán y por eso resulta —leemos en La vida negociable— “tan irrisoria, tan fea, tan trivial, y a la vez tan dramática, tan misteriosa y llena de belleza”.

La vida negociable —título tan acertado como todos los de Landero— habla de la infinita capacidad de caer y sobrevivir en la miseria y el ridículo. Quizá ahora se nota mucho más que otras veces porque la vida de Hugo Bayo está narrada en primera persona, como si fuera el relato de un pícaro moderno: un baqueteado Guzmán, o un cínico don Pablos, más que un ponderado Lázaro…

El negociador trasquilado

Empieza convocando a que “señores, amigos, cierren los periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos”, y pronto sospechamos que nuestro charlatán es muy consciente de su condición de género literario cambiante: “Mi vida que venía de un drama se convertía en comedia, entra en un tramo festivo, casi de títeres”; “no habíamos comenzado apenas con el folletín, cuando nuestras vidas dieron un giro inesperado hacia el género policiaco”. Nunca se cansa de enfatizar méritos o miserias, o de hacer filosofía barata de sus pasos: “En mi afán de purificarme me hundí todavía más en el oprobio”, pero unas líneas después, “me sentí lleno de fe y rebosante de mí mismo”, quizá porque “aprendí que, por muy bajo que uno caiga, mal que bien acaba por amoldarse a su situación”. A punto de terminar, concluye, otra vez en forma de queja metaliteraria: “¿En qué proporción se mezclan el ridículo y lo sublime, lo trascendente y lo banal, la comedia, la épica, el drama y el folletín?”.

El sistema hidrográfico de Landero nos hace reconocer antecedentes del personaje en las dos últimas novelas, que son tan excelentes como esta. El pobre Lino de Absolución y nuestro Hugo parecen ir a conocer la felicidad cuando sobreviene en su vida la violencia y la culpa. Y huyen, cuando Lino quizá ha matado a un hombre y cuando Hugo y Leo han robado los relojes. Les escoltan en su camino consejeros pintorescos: el apacible señor Levin o el agricultor Olmedo, en el caso de Lino; el brigada Ferrer y el peluquero Baltasar en el nuestro.

También, como le sucede al Dámaso de Hoy, Júpiter, la infancia encierra un doloroso engaño: para aquel personaje lo fue ser postergado por sus padres ante un extraño; a Hugo le toca la revelación del adulterio de su madre y saber que, tras las amonestaciones de su padre, no hay más que la verborrea de un administrador ladrón. Pero Hugo es también —como Dámaso— un vengador de sus agravios. Y tiene una vida sexual activa, no muy frecuente en las novelas de Landero: la vergonzosa domesticación de su amigo Marco; la relación con Leo, inseparable de sus palizas mutuas; el noviazgo imaginario con Olivia, que termina en violencia; la época dorada de peluquero militar, cuando Hugo acicalaba las axilas y el pubis de una coronela soñadora. Todo son sumandos de una vida que Hugo asocia, como tantos otros personajes de Landero, al ejercicio de un oficio. Siempre están dispuestos a fantasear con una fuente de riqueza y reconocimiento que permita llegar donde empieza “la edad ancha de la razón y de la madurez”. Nunca llegan a nada; Hugo, tampoco: ni será especulador, ni colono en el salvaje Oeste, ni atracador o ladrón de fuste, ni peluquero, ni ferretero.

La novela de Landero habla de la infinita capacidad de caer y sobrevivir en la miseria y el ridículo

El calculado final de esta novela parece enderezar el destino. Pero la reaparición del padre y la madre no trae ni paz ni perdón. Y no llama por teléfono quien iba a venderles —a Leo y Hugo— la finca rural que soñaban. Y aquella peluquería de una calleja de Aranjuez, que parecía esperarle, no le aguarda… La novela parece cerrarse bajo la maldición de Pablos de Segovia (“nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”); Hugo espera su gran momento, pero también lo sabe: “A lo mejor la vida, o al menos la mía, consiste sólo en eso, ir de camino a lo que salga”. La vida es negociable, como decía su padre, pero no suele dejar que lo hagamos.

Landero ha escrito la novela más agria de toda esa red de ramales de vida que nació en Juegos de la edad tardía, bajo el signo del humor de Cervantes, tan entreverado de desengaño. La vida negociable, más quevedesca y cruel, lo confirma como uno de los mejores novelistas españoles.

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Autor: Luis Landero.

Editorial: Tusquets (2017).

Formato: versión e-book y tapa blanda (336 páginas).

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