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“Elijo la música en función de si es magnífica o mediocre”

El tenor alemán Jonas Kaufmann, que debuta en el teatro Real de Madrid el 22 de noviembre, es hoy por hoy la gran estrella de la ópera mundial

Jonas Kaufmann, durante una actuación en Múnich el pasado julio.
Jonas Kaufmann, durante una actuación en Múnich el pasado julio.

Recuerda cómo se enganchó de adolescente a la ópera. “Fue en Múnich viendo Madama Butterfly, de Puccini. No te puedo decir si era un buen montaje o no, lo que sé es que a cada joven hay que proporcionarle la puerta adictiva perfecta para entrar en este mundo y para mí fue esa”. El perfume trágico del compositor italiano germinó aquella noche a todo un gigante: Jonas Kaufmann, actualmente, la estrella más seductora y poderosa de la ópera mundial.

Puede también que la melodía ejerciera su influjo… Como alemán (Múnich, 1969), una de las cosas que Kaufmann siente en lo más profundo es cómo desde principios del siglo XX, su cultura se dedicara sin ambages a demolerla mientras los italianos no mostraran reparos en conservarla. “Después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo, la mayoría de los compositores alemanes denostó la melodía. Puede que porque les resultara demasiado kitsch, pero también porque los nazis habían utilizado la música popular como método de control emocional. Les parecía por tanto más peligrosa que seria”, afirma.

En Italia, eso no ocurrió. O, al menos, de un modo tan radical. “No contemplan el hecho de componer algo que vaya directamente a tus emociones como algo traumático y que les dé miedo. Además, les encanta cantar en cualquier sitio como forma espontánea de expresar sus sentimientos. En Alemania, si entras a un transporte público y entonas algo, la gente abre el bolso y te da dinero”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo, la mayoría de los compositores alemanes denostó la melodía. Los nazis habían utilizado la música popular como método de control emocional. Les parecía por tanto más peligrosa que seria”

A estas alturas, le da un poco lo mismo el carácter de su procedencia. La versatilidad de este tenor es tal, que en Italia le han adoptado como a uno de los suyos. Hoy, Kaufmann, triunfa en una doble condición. Destaca como un cantante tan del norte como del sur. Sus armas para la conquista en ese terreno las esgrime constantemente al demostrarles su maestría en los Verdis y Puccinis más potentes. De Don Carlo y Traviata a La Forza del Destino o el Otelo que estrena esta temporada en el Covent Garden; de Bohème a Tosca, el poderío del intérprete encima de un escenario, su magnetismo, su entrega emocional, su arrastre, hacen el resto: lo convierten en especial, en un fenómeno único.

Ahora, además, se ha adentrado en el repertorio más popular de la canción napolitana y del sur, principalmente. Lo ha hecho con Dolce Vita, un disco que huele a Domenico Modugno, Ernesto de Curtis, Lucio Dalla o Nino Rota, entre otros clásicos ultrapopulares sin complejos. Sus efectos de contagio en la presentación que hizo en el teatro San Carlo de Nápoles, frente a 1.500 jóvenes a los que no negó fotos ni autógrafos tras darles previamente con sabios y auténticos consejos en una master class, certificaban la evidencia de que para muchos de ellos, Kaufmann representa ahora una potente seducción adictiva como entrada en el mundo de la ópera.

Lo mismo ocurrirá cuando, tras cancelar por enfermedad su recital el pasado 10 enero, debute finalmente en el teatro Real de Madrid. Esta vez ha elegido un repertorio distinto con obras de Mahler, Britten y Strauss. La versatilidad de Kaufmann funciona como otra de sus más imbricadas bazas. Él dice que se aburriría si se ciñera siempre a lo mismo. Por eso ha saltado y salta ahora con facilidad de Mozart, Wagner y Strauss a Verdi, a Puccini o a lo que pueden ser rarezas para tenores de corte más ligero como el Werther de Massenet.

No se aleja del rigor, pero se muestra más que abierto a ensanchar los públicos. “El criterio para seleccionar la música que canto y grabo no se basa en conceptos como serio o popular. Mi distinción para elegirla radica en si es magnífica o mediocre. Si me meto a interpretar repertorios más abiertos al público, como en este disco dedicado a Italia, hay otra razón: divertirme. Me doy cuenta de lo poderosas que son ciertas canciones porque se quedan en mi cabeza mucho más tiempo de lo normal”.

Al espectador le ocurre le mismo tras contemplarle. Más si lo ve en cualquier título con una de las sopranos junto a la que está marcando época: Anja Harteros. Con el tándem se da lo que Kaufmann denomina la poesía del momento. “Nos une la inspiración y un instinto mutuos. Con ella a mi lado sé que puedo arriesgarme más, como el hecho de cantar pasajes suaves de Don Carlo con una delicadeza e intimismo especiales. Pero también otros más espontáneos o fogosos. Una Tosca con ella significa que ningún día resulta igual y que de alguna forma renovamos la ópera cada día. Esa actitud es una lección que aprendí de Giorgio Strehler en su día, al hacer Così fan tutte en Milán y que me persigue constantemente”.

Lo mismo que negarse a cantar en un idioma que no domine. “Es fundamental saber lo que dices. La clave no está en memorizar y poner caras cuando alguien te indica, desde fuera, lo que significan las cosas. Deben brotar de dentro y para ello no hay otro camino que el profundo conocimiento de lo que se expresa. En un mundo en que cada vez vivimos más deprisa y dependientes de la tecnología, me da miedo que se pierda la fantasía. No podemos interpretar de manera mecánica. Lo mismo ocurre con la verdad de lo que sientes en escena. La experiencia para hacer brotar sentimientos no debe ser fingida, sino real. De otra manera serás incapaz de crear un flujo de emociones que llegue a la gente”.