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Explotación, incultura y desigualdad

El editor Gonzalo Pontón se estrena como ensayista con una historia alternativa del siglo XVIII que trata de desmontar los mitos de igualdad, libertad y fraternidad

Girondinos camino de la guillotina por orden de Robespierre en 1793. 
Girondinos camino de la guillotina por orden de Robespierre en 1793. 

Gonzalo Pontón ha sido (y es) uno de los grandes editores españoles del último medio siglo, y no hay un solo cultivador de las ciencias sociales de su época que no le sea deudor en mayor o menor medida. Además, su labor ha sido especialmente fecunda en el campo de la publicación de obras de historia, de modo que no resulta nada extraño que, animado por sus logros en este género editorial, por su licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad de Barcelona y por la constante complicidad que ha mantenido con el brillante prologuista de su libro, el maestro Josep Fontana, haya dedicado una parte de estos últimos años a preparar y finalmente escribir un libro que es la historia del mundo occidental en el siglo XVIII vista desde una perspectiva original (alejada del manual, y también del ensayo que simplemente juega con los hechos y las ideas sin una base bibliográfica firme), y al mismo tiempo, y quizá más, una historia de los primeros pasos de la afirmación del capitalismo moderno.

Tomando el título de la obra como punto de partida, hay que empezar diciendo que su posición ante el auge de la desigualdad entre los países y dentro de los países, acelerado en las últimas décadas en todos los terrenos (desigualdad económica con astronómicas diferencias de las rentas; desigualdad social asociada al exacerbado paro estructural y a la brutal incidencia de las crisis en las clases empujadas a los márgenes del sistema; desigualdad vital asociada a la mayor mortalidad, mayor morbilidad y menor esperanza de vida; desigualdad existencial para toda una parte de la humanidad que carece de horizontes e inicia largas migraciones empujada por la desesperación y abocada a la muerte ante las cuchillas de las vallas de los países poderosos y despiadados) no puede sino suscitar la adhesión de los lectores progresistas, aunque pueda resbalar ante la sensibilidad de papel de lija de los políticos cómodamente sentados en los aforados escaños de los senados o en los bien remunerados sillones de los consejos de administración de las grandes empresas.

Gonzalo Pontón ha escrito un libro lleno de sugerencias y de invitaciones al debate, que debe leerse con todo detenimiento

Acudiendo a renglón seguido a las tesis centrales del libro, sus páginas, eruditas e inteligentes, saben también abordar con vigor varias cuestiones fundamentales para la caracterización del Antiguo Régimen, permitiendo un fructífero diálogo. Ahora bien, aquí hay primero que decir que naturalmente la desigualdad no es un invento del siglo XVIII: la sociedad esclavista es un ejemplo de sociedad basada en la desigualdad legal, pero la sociedad cristiana medieval y moderna lo es al mismo título, tanto si utilizamos la fractura estamental (sanción jurídica de la desigualdad mediante el privilegio) como si nos remitimos a las divisiones clasistas, según el lugar ocupado por cada grupo dentro del sistema de producción y apropiación de los bienes, por utilizar los términos nunca superados en claridad conceptual de Karl Marx. El siglo XVIII propuso, en general, aunque con muchos matices regionales, un proceso de modernización que se presentaba bajo la capa ideológica de que así todos se beneficiarían (en mayor o menor medida, pero todos) del progreso a conseguir, aunque en la realidad este proceso se hizo, en muchos casos, de modo que el progreso fuera sólo para unos y a costa de otros, provocando una acentuación de la desigualdad heredada, que llegaba a términos aberrantes en el caso de las periferias europeas lastradas por la servidumbre y de las periferias coloniales lastradas por la esclavitud. La valoración de esas ecuaciones es el quid de esta historia.

Otra cuestión de suma importancia es la caracterización del reformismo ilustrado y de la propia Ilustración. Aquí también todo depende de la definición inicial. El despotismo ilustrado es una versión tardía del absolutismo que pretende conseguir una mayor centralización del poder y una mayor capacidad de fomento económico. Es también (y aquí enlazaríamos con lo anterior) un sistema que trata de conciliar la política de modernización con el ordenamiento vigente, es decir, que no persigue un cambio social, sino mantener a cada cual en su “estado”. Desde ese punto de vista, su principal objetivo es propiciar el progreso como un modo de conseguir la paz social y de prevenir la revolución, de tal modo que el mayor alegato contra la desigualdad habría de provenir del Gobierno revolucionario de Robespierre en 1793. Por su parte, la Ilustración no es, obviamente, una panacea, como bien subraya el autor, aunque, sin embargo, habríamos de darle algunos títulos prestigiosos, puesto que afirmó el imperio de la razón, inspirada por la naturaleza (lo natural contra lo heredado o tradicional y lo natural contra lo sobrenatural, abriendo el paso a la demolición intelectual de las creencias religiosas), y se pronunció abiertamente por los valores laicos de la utilidad pública y la felicidad en este mundo, haciendo gala de un optimismo apenas moderado por la ironía del Cándido de Voltaire o del Faustino de Johann Pezzl, alegato con que el autor cierra el libro.

En conclusión, Gonzalo Pontón ha escrito un libro lleno de sugerencias y de invitaciones al debate, que debe leerse con todo detenimiento. No debo, sin embargo, dejar de señalar al final que su visión de las Luces en España es exageradamente pesimista, ya que a los nombres que cita (Gaspar Melchor de Jovellanos o Antoni de Capmany) habría que unirles otros que omite, como los que formaron la plana mayor de los debeladores de los reaccionarios recalcitrantes de última hora (José Agustín Ibáñez de la Rentería, Valentín de Foronda o León de Arroyal) o como aquellos que aunaron solvencia en su disciplina y solidez en sus principios progresistas, como Luis García del Cañuelo, Leandro Fernández de Moratín, Francisco de Goya o Alejandro Malaspina.

La lucha por la desigualdad Gonzalo Pontón Prólogo de Josep Fontana Pasado & Presente Barcelona, 2016 850 páginas. 29 euros

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