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Opinión

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Cada 15 de Agosto se conmemora el día del Watusi y todo el mundo llega tarde o antes de tiempo a la convocatoria

El escritor Francisco Casavella en una imagen de 1997.
El escritor Francisco Casavella en una imagen de 1997.

Cada 15 de Agosto se conmemora el día del Watusi y todo el mundo llega tarde o antes de tiempo a la convocatoria. No hay ningún indicio de unanimidad y el entusiasmo se resiste con tozudez a manifestarse. Gente dispersa, mareada, sin ninguna vocación grupal aparente. La clase de congregación que uno asociaría a la K del agrimensor si no fuera porque alguien ha pintado una enorme W con spray rojo en la pared y porque los altavoces escupen punk rock y rumba catalana a todo trapo. Es una reunión extraña, inédita, inusual. Nadie diría que estamos asistiendo a un acto de justicia poética, pero es exactamente lo que estamos haciendo.

En el mes de enero de 2016, y gracias a la iniciativa y los esfuerzos conjuntos de, entre otros, la editora Silvia Sesé (Anagrama) y los escritores Carlos Zanón, Kiko Amat y Miqui Otero, se publican en un solo volumen los tres libros que conforman la trilogía “El Día Del Watusi”, de Francisco Casavella, hasta entonces sólo disponibles por separado y ya prácticamente imposibles de encontrar.

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La estela que Casavella (Barcelona, 1963-2008) dejó a su paso por este cochino mundo y la inesperada manera que tuvo de abandonarlo, truncando su carrera a un paso de la dichosa “confirmación definitiva”, se ajustaría sin reservas a calificativos como mítica o legendaria. Pero sucede que su literatura, enorme, es inmune al malditismo. El espíritu del Watusi es juguetón como un riff de Chuck Berry. La música se abre paso a través de sus páginas de manera orgánica, como un personaje más. Su lectura, gozosamente barriobajera, tiene mucho de baile y de primera vez. Encuentra parada y se marcha sin pagar de todos los abrevaderos que le salen al paso. De Tolstoi a Mortadelo, nada es sagrado y todo lo absorbe. Bastardo como un rock and roll.

“El Día del Watusi” entusiasma especialmente a sus coetáneos, probablemente por la falta de costumbre de verse reflejados en ninguna parte. Una generación de natural descastada y especializada en sortear una filiación tras otra se encuentra por primera vez, en un contexto con hechuras de clásico, con algo parecido a una referencia. Porque es su mil veces negada identidad lo que en realidad se oculta tras ese inacabable juego de pistas y señales a través del cual viaja en el tiempo y te arrastra con ella la ciudad, Barcelona, otra de las grandes protagonistas del libro. Una identidad que se revela espuria en las canciones y las bandas de todo pelaje que, reales o ficticias, participan también de este mosaico colosal. La otra cara del ritmo.

La hermandad de la W crece con cada Lector (con mayúscula), a la manera de esas sociedades secretas que continúan alimentando la conspiranoia entre los hijos de los sesenta. Ni punks, ni indies, ni tampoco lo contrario. Atrapados entre una identidad que únicamente se encuentra en su propia negación y unos referentes siempre a punto del fratricidio, parecen obedecer al destino cada 15 de agosto saliendo a la calle en busca de un padrino que ni lo será, ni hubiera querido serlo.