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LIBROS

Yo acuso… a algunos intelectuales

Ignacio Sánchez-Cuenca polemiza en su último libro sobre la alianza de escritores y medios de comunicación en la formación de la opinión pública

El escritor Émile Zola, fotografiado en 1902.
El escritor Émile Zola, fotografiado en 1902.

Desde que el Yo acuso de Émile Zola lograra que el diario L’Aurore vendiera 300.000 ejemplares en un solo día, intelectuales y prensa se han utilizado mutuamente para influir sobre el poder político. Como ha señalado Santos Juliá en su trabajo sobre los intelectuales y prensa en el siglo XX, los pensadores de formación anglosajona, menos dados a la grandilocuencia que los continentales, siempre contemplaron con ironía el contraste entre la amplísima ascendencia sobre la opinión pública de los “hombres políticos de letras”, como los llamara Burke, y su ausencia de conocimiento sobre los asuntos de los que opinaban, pues ni eran estudiosos de la política ni, como se dice hoy, “practicantes”.

De esa incomodidad ante el ubicuo papel público de los escritores, que en España se remonta a Unamuno y Ortega, arranca La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Catarata, 2016), el último libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política y Sociología en la UC3M. No le falta razón al señalar hasta qué punto en las sociedades actuales, democráticas, conectadas e inundadas de información plural, el papel de los hombres de letras como prescriptores morales ha perdido gran parte de su sentido original. Si, como afirma Philip Tetlock en El juicio político de los expertos (Capitán Swing, 2016), ni siquiera los especialistas en un área concreta son capaces de acertar en sus análisis, es alta la probabilidad de que un escritor sin una formación específica pueda escribir sobre la desigualdad, el yihadismo o la democracia interna de los partidos sin caer en errores o imprecisiones.

Una muestra más amplia de autores, medios y espectro ideológico hubiera elevado el libro a un plano más académico y objetivo

Pero si algo distingue al libro de Sánchez-Cuenca, de ahí la polémica que ha generado, es que el autor no se conforma con señalar asépticamente las deficiencias fácticas o argumentales que anidan en los artículos de esos autores, sino que reprende a las que denomina “grandes firmas”, escritores como Fernando Savater, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Javier Marías o Mario Vargas Llosa, además de por sus aptitudes como analistas, que considera escasas, por sus actitudes y estilos, en los que encuentra arrogancia, frivolidad, prepotencia, impunidad o, incluso, “machismo discursivo”. La elección de un tono de censura, deliberada desde el título —“desfachatez” es sinónimo de desvergüenza e impostura, no de desconocimiento—, marca toda la obra y la convierte en un Yo acuso que opera como una diatriba contra escritores con los que el autor lleva más de una década polemizando, por cierto, en las páginas de EL PAÍS.

De ahí que sorprenda la aspereza con la que el autor trata a este diario, en el que colaboró entre 1996 y 2015. Mientras por un lado reconoce la generosidad del periódico al albergar sus artículos durante casi dos décadas, por otro no duda en calificarlo de “decadente”, acusa a su equipo directivo de “papanatismo” y afirma que esas grandes firmas no pueden ser criticadas sin que el diario tome represalias. Pero como demuestran las 72 colaboraciones suyas que la hemeroteca de EL PAÍS registra, sus polémicas con autores como Savater o Azúa, sus tesis defendiendo la política antiterrorista de Zapatero, su relato de la crisis de 2008 o sus análisis sobre la cuestión catalana, además de sus lamentos sobre la supuesta derechización de los intelectuales, es decir, el contenido temático íntegro de su libro, han sido ensayados y publicados por partes en este periódico sin censura ni reproche. Eso sí, en ninguna de las 150 notas a pie de página que ofrece su libro se hace referencia a alguna de esas colaboraciones. Desde luego, la generosidad no parece recíproca.

Yo acuso… a algunos intelectuales

Más allá del trazo grueso e injusto de estas críticas, en el planteamiento de Sánchez-Cuenca destacan tres aciertos y tres errores. Entre los primeros recordarnos los excesos verbales en los que cayeron los críticos de la política antiterrorista de Zapatero, al que llegaron a acusar nada menos que de complicidad con ETA. También acierta al denunciar el provincianismo noventayochista de muchos intelectuales, empeñados en ignorar que la crisis de 2008 no ha sido endógena sino exógena y, por tanto, no atribuible a un ser o carácter español. Y por último defiende con valentía la necesidad de realizar una consulta sobre la independencia de Cataluña y, a la vez, la inexistencia de un derecho per se a la autodeterminación.

Entre los errores destacan tanto el sesgo relativo a la selección de sus autores-diana, que siempre caen del mismo lado, como el ideológico, pues es un libro abiertamente planteado desde posiciones políticas de izquierda, lo que hace chirriar su reivindicación sobre el papel de los expertos en el debate y las quejas sobre la derechización de los intelectuales otrora de izquierdas. Una muestra más amplia de autores, medios de comunicación y espectros ideológicos hubieran permitido al libro elevarse por encima del ajuste de cuentas personal e ideológico y situarse en un plano más académico y objetivo.

El resultado es ambivalente: el objetivo, polémico, está asegurado, lo que resulta en un libro que no deja indiferente y que por esa razón muchos considerarán interesante. Otra cosa es que de la suma de sesgos y adjetivos se vaya a derivar, como dice desear el ­autor, una mejora en la calidad del debate público español, claramente sobrado de excesos verbales, amargura, personalismo y falta de pluralidad.

La desfachatez intelectual Ignacio Sánchez-Cuenca Catarata Madrid, 2016 224 páginas 17,50 euros