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PENSAMIENTO

Dos extremos del mundo unidos por la vigorosidad

Una reflexión desde la poesía española de los Juegos Olímpicos "más gais de la historia"

Marjorie Enya e Isadora Cerullo se besan tras un partido en Rio 2016. Guetty Images / Quality

No parece mera casualidad que este año hayan coincidido el Festival Circuit de Barcelona y los Juegos Olímpicos de Río. Dos extremos del mundo unidos por la vigorosidad, la resistencia y el músculo. Los Juegos de Río son los Juegos más gais de la historia de los Juegos con (a falta de la fiesta de clausura) 45 deportistas fuera del armario, y Tinder/Grindr echando humo. Con cierto tufillo heteronormativo, los medios sólo se refirieron al festival gay de Barcelona desde la repercusión económica y la rentabilidad. Una inyección de no sé cuántos millones de euros para la ciudad, un gasto medio de tantos euros por participante. El pasado día 8 de agosto, un joven bronceado con una espalda que podría ser olímpica y acento de Badajoz fue preguntado en el Circuit por su situación: “Llevo todo un año preparando mi cuerpo para esta cita”. Dio un beso al objetivo y empañó la distancia entre Río y Barcelona. Rafael Nadal, que nunca habrá pisado el Circuit, dijo unos meses antes: “Llevo meses preparando mi cuerpo para esta cita”. Sin beso. El chico de Badajoz y el de Mallorca sólo han subido un peldaño más en lo que debería ser el deporte, la vida y, por ende, la poesía: preparación e incertidumbre. Ellos apuestan por el futuro sin ir por el camino fácil de los que suelen analizar el futuro; ellos van hacia lo concreto porque saben que ahí reside lo real, no en el lenguaje, no en los abismos. Aspiran a lo que repercute, y desde esa repetición y apuesta por la plenitud han caminado en paralelo deporte y literatura. El Nobel Vicente Aleixandre, que amó con “sacrificio y dedicación”, como los más notables deportistas, escribió en un poema dedicado a su deseado Carlos Bousoño: “Hombre: tierra perenne, gloria, vida”. Es la misión de un Nobel adelantarse a lo que ni los pobres ni los atletas ni los que están construidos de objetivos aún saben, y ya Aleixandre adelantaba lo que serían estos Juegos, lo que se cuece en la Villa Olímpica: lo perenne y lo que crece. Las marcas y el deseo. Gloria.

Dos extremos del mundo unidos por la vigorosidad

La poesía se acercó al deporte porque el hombre busca una forma de concretarse en el mundo, de ver lo bueno, de buscar humanidad desde lo que define. Tanto el deporte como la poesía parten de una base hedonista, necesaria para que ambas materias no queden obsoletas: la capacidad de sentir placer y la posibilidad de experimentar dolor. Ese recorrido pavoroso desde la extenuación, el decaimiento o la soledad al récord es el germen de casi todo ejercicio, de los mejores festivales. Estamos ante un nuevo romanticismo deportivo que reconstruye la identidad y los metales, que ha llevado lo sublime a un estrato que tiene más que ver con la tensión, con el suspense, con la elevación que con la nostalgia, el paisaje o la niebla. Este nuevo viraje de lo romántico hacia lo que transciende empezó en los felices años veinte cuando la literatura de tema deportivo empieza a imponerse como forma de airear la casa de los elixires y de las hemorroides que todo aspirante a autor de culto acarrea. Un poco antes, uno de los poetas de lo sublime del pasado siglo, Rainer Maria Rilke, ya escribió un himno a la pelota: “y allá abajo, a lo que juegan / desde lo alto y señalas otro sitio / ordenándolos como para un baile, / para luego, esperada y deseada, / rauda, sencilla, ingenua, natural / caer de manos altas”. El poema lo recoge Gallego Morell en su famoso libro Literatura de tema deportivo, donde también aborda cómo Gerardo Diego, quizá nuestro poeta más permeable, escribió sobre el legendario ciclista italiano Gino Bartali. Ya por entonces Ortega y Gasset afirmó que la cultura no es hija del trabajo sino del deporte, y que más allá del arte o la filosofía “la forma superior de la existencia humana es el deporte”, y por ahí continuó años después Tomasso Marinetti cuando publicó en Le Figaro el Primer manifiesto del futurismo italiano: “Queremos cantar el amor al peligro, a la fuerza y a la temeridad”. Y ese canto, esa forma superior, ha tomado su versión más tonificante, también más temeraria y urgente, en nuestra poesía homoerótica. Desde que Cernuda subrayará que la poesía se escribe con el cuerpo, ha sido el cuerpo trabajado y joven el que ha sostenido a la mejor poesía última masculina, quien ha vuelto a proyectar al hombre hacia lo sublime. Ya los romanos, lo más olímpicos de nuestros antiguos, distinguieron la actividad amorosa en activa y pasiva, los que exponen fuerza y espasmos, y los que lo contemplan o reciben. Atletas los primeros en esos templos donde realidad y deseo se cumplen; receptores los poetas que hoy lo celebran y se fascinan (fascinus; phallos). La gloria activa y pasiva de los grandes nombres del deporte mundial conviviendo hoy con algún poeta joven de Esplugues que empieza a desenmarañar elegías desde los bañadores del equipo de waterpolo. El más griego y flexible de nuestros poetas, Juan Antonio González Iglesias, lo definió mucho mejor en su último libro, Confiado (Visor, 2015): “Será una sola pieza, tronco, piernas, / de hermosa terracota palpitante”. El jugador de vóley Pablo Herrera declaró que su disciplina sería la más vista en Río, así está siendo, “y tu cintura joven ceñía un verano mortal”, escribió Pablo García Baena en el poema Narciso, descifrando desde la arena de Río todas las playas del cielo donde evitar la vida a las que se refería Lorca.

Clama nuestra poesía por un monismo superior regenerador del cuerpo. Los años de la pérgola y el tenis han mutado en los años de las apps y el estilo mariposa, de la conquista que supone el destino que se cumple “en el vigor curvado de unos muslos”, según Francisco Brines. Siguiendo la estela de la repetición y el oro, un poeta más joven, Antonio Praena, escribió: “Da masa al pensamiento de Platón / según el cual es ardua la belleza. (…). Baja las manos a la altura de los cuádriceps / y agarra las mancuernas hacia adentro”. Ardua la belleza que debe ser percibida, palpada, celebrada. “Era otro mundo él solo, de flor y un manojo de venas”, añadiría Juan Bernier desbordando la excitación de esos muchachos incendiados, y reventando su determinismo biológico.

El deporte desde el deseo hacia los cuerpos que lo conforman está sirviendo como antídoto contra ese espacio literario reaccionario que ha venido imponiéndose en los últimos años. Llevar todo lo que el juego puede ofrecer hacia el extremo que sólo el deseo conoce dará lugar a himnos más libres, a podios más sencillos, que reconozcan nuestro lugar -el lugar de todos- en un tiempo que no acaba de permitirlo. “Soy esto que ven”, dijo Phelps al despedirse. “Tenemos que celebrar lo que somos”, gritaba un chico con un bañador brasileño en la piscina del Circuit. El oro estará así siempre asegurado.