Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ESPACIOS

El mundo en el jardín

El libro Jardinosofía y una muestra sobre Burle Marx reivindican un vergel ético como escuela para la felicidad cotidiana

Diseño de los jardines Burle Marx, en Rio de Janeiro. Ampliar foto
Diseño de los jardines Burle Marx, en Rio de Janeiro.

En una época de huertos urbanos en solares descuidados, el jardín continúa siendo un espacio utópico. Mantiene vivo el ideal de un mundo mejor y, retratando las prioridades de su tiempo, simboliza otro tipo de poder: el de la democracia de los jardines públicos, el de los titanes financieros o el del activismo que une a ciudadanos en torno a un descampado.

Naturaleza domesticada, obra de arte viva, imagen del mundo, muestra del refinamiento cultural y de la violencia que el hombre ejerce sobre la naturaleza, que el jardín invita al florecimiento personal es algo sabido desde la antigüedad. No en vano, las primeras escuelas filosóficas —de la Academia de Platón al jardín de Epicuro, pasando por el Liceo aristotélico— se desarrollaron en él. El jardín es una escuela para la felicidad cotidiana. No hay mejor lugar para pasear, contemplar o perderse ni para desarrollar la paciencia, la humildad, la perseverancia o la gratitud. Por eso el antropólogo y filósofo Santiago Beruete (Pamplona, 1961) ha estudiado su importancia en la historia de las ideas planteando su dimensión ética en el libro Jardinosofía (Turner).

Jardines de Roberto Burle Marx, en 1983. ampliar foto
Jardines de Roberto Burle Marx, en 1983.

Si en Oriente filósofos, poetas y pintores eran los artífices de los jardines, los occidentales quedaron en manos de paisajistas y arquitectos cuyos vergeles retrataron la sociedad enclaustrada del medievo o la absolutista francesa del XVII. Beruete considera que el pensamiento racionalista de Descartes está en el orden y la simetría de Versalles —reflejando una monarquía que tiraniza la naturaleza—, mientras que los jardineros ingleses —autores de parques “naturalistas”, aparentemente espontáneos— se apoyan en la defensa de Francis Bacon del conocimiento a partir de las impresiones sensoriales.

¿Existe un jardín moral? ¿Un espacio sostenible con la naturaleza, la geografía, la economía y la sociedad? Aunque las prioridades de los jardines ingleses no se pueden disociar de las ideas de la Ilustración, históricamente se ha considerado “humanización del paisaje” su sometimiento a la geometría para favorecer el rendimiento de las tierras. Por eso, el retorno a la naturaleza defendido por Rousseau se antoja más una poética que una ética: aunque no se viera la mano del jardinero, no había nada que él no hubiera ordenado.

Así, siendo difícil discernir quién controla a quién entre un jardín y un jardinero, Beruete recuerda que los seres humanos y las plantas se han amaestrado mutuamente. La descarnada sociedad capitalista, por ejemplo, tiene una romántica sensibilidad paisajística: “Muchos de los aristócratas británicos involucrados en el desarrollo de la revolución industrial —y en el consiguiente deterioro de la campiña inglesa— promovieron la estética paisajista que caracteriza el idílico jardín inglés tratando de recrear la Arcadia que estaban destrozando”.

Todos los jardineros lo saben: “La única manera de controlar la naturaleza es obedeciéndola”. Ella indica el camino

Todos los jardineros lo saben: “La única manera de controlar la naturaleza es obedeciéndola”. Ella indica el camino, aunque en la jardinería intervenga la vanidad del jardinero tanto como su sabiduría y ese control implique poder. “No tiene la misma experiencia del jardín quien lo siembra y cuida que quien lo mira y pasea”. Por eso, frente al jardín como mascota o la jardinería como “arte de la crueldad” si atendemos a que una hermosa alfombra de césped puede interpretarse como un desierto biológico, Beruete defiende otro jardín más: el que es remedio para los conflictos de clase, fortalece el carácter, acalla el ego y remueve la conciencia. Algo que lleva a que nos planteemos qué papel guarda el siglo XXI para el jardín.

En un tiempo en el que de un vertedero es posible sacar un jardín, el paisaje exige ir más allá de los ojos y lograr una traducción ética. Algo de eso había en el trabajo de Roberto Burle Marx al que el Museo Judío de Nueva York rinde homenaje. Y es que, más allá de traducir la pintura biomórfica de Jean Arp a parque, el paisajista brasileño fue un creador responsable, es decir: consciente de las implicaciones sociales y ecológicas de su trabajo.

El mundo en el jardín

Burle Marx (São Paulo, 1909-Río, 1994) creó a la manera de Frank Lloyd Wright — que defendía que un edificio no debía estar “sobre” la colina sino “en” ella— el marco para el Centro Gubernamental de Brasilia. Pero también transformó un vertedero junto al puerto de Río de Janeiro en el Parque Brigadeiro Eduardo Gomes, además de diseñar el paseo marítimo de Copacabana en el que las palmeras parecen bailar samba.

Sus trabajos más conocidos coronan, como quería Le Corbusier, las azoteas del Banco Safra de São Paulo o del Ministerio de Educación y Salud de Río, pero más allá de pintar con plantas, Burle Marx reivindicó la necesidad de cuidar y trabajar con lo autóctono. Hijo de padre alemán, se trató la miopía en Berlín y allí, en el jardín botánico, descubrió atónito la flora autóctona de su país que nunca había visto en Brasil. Por eso, su trabajo sería un jardín ético de los que busca Beruete: entra por los ojos y arraiga en la razón. El propio Burle Marx, que dio nombre a varias plantas, dedicó parte de su vida a estudiarlas, criarlas y clasificarlas. Hoy la vegetación autóctona se ha impuesto sobre el sinsentido de un exotismo importado.

“Mitificamos el desarrollo sostenible instalados en la arrogancia de nuestro insostenible crecimiento”, protesta Beruete, que, como antídoto contra la avidez consumista, defiende la hortiterapia frente a la lucropatía y aboga por una relación con la naturaleza no basada en la explotación y la codicia, sino en el respeto y el aprendizaje. 

Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines. Santiago Beruete. Turner. Madrid, 2016. 536 páginas. 29 euros.

Roberto Burle Marx: Brazilian Modernist. Museo Judío Nueva York. Hasta el 18 de septiembre.

The Garden, An Illustrated History. Julia S. Berrall. (The Viking Press, 1966).

El jardín en la arquitectura del siglo XX. Darío Álvarez. (Reverté, 2007). Complementario del anterior.

El jardín de la metrópoli. Del espacio romántico al espacio libre para una ciudad sostenible. Enric Batlle. (Gustavo Gili, 2011).

Paisaje y pensamiento, Paisaje y arte, Paisaje y territorio y Paisaje e historia. Javier Maderuelo (editor). (Abada, 2006 a 2009).