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Desconexión

Christian Gerhaher ha interpretado 'Winterreise' cuatro horas antes de empezar el verano: no importa

Michael Haneke, en su película La pianista, nos mostró la brutal capacidad perturbadora del Viaje de invierno de Schubert, en concreto de su decimoctava canción, La mañana de tormenta. Y Samuel Beckett vivió obsesionado por la obra: en una carta a su primo John Beckett, por ejemplo, le confesó haberse pasado días enteros sin hacer otra cosa que escucharla, monótona e incansablemente, “estremeciéndome una vez más con el lúgubre viaje”.

Viaje de invierno

De Franz Schubert. Christian Gerhaher (barítono) y Gerold Huber (piano). Teatro de la Zarzuela, 20 de junio.

Christian Gerhaher ha interpretado Winterreise cuatro horas antes de empezar el verano: no importa, como a nadie chocó tampoco hace unos días en Aldeburgh que Ian Bostridge cantara Winter Words de Britten –un heredero directo del ciclo de Schubert– a punto de cambiar de estación. El frío, la nieve, el hielo, el camposanto, el mojón, la corneja o el espectral zanfonista de la última canción son símbolos, metáforas de raigambre centroeuropea que enmarcan el paseo sin rumbo de alguien que está irremediable y abrumadoramente solo, que apela a cuanto encuentra a su paso, animado o inerte, real o imaginado, por falta de asideros en un entorno cada vez más hostil. En otras culturas, cambiarían los símbolos, pero el mensaje esencial sería idéntico.

El ciclo plantea un desmoronamiento progresivo y la primera canción, Buenas noches, la despedida del protagonista del mundo de los seres humanos, marca el punto a partir del cual se inicia la caída hasta el desplome final. Gerhaher y Huber, dos partes indisociables de un todo, dibujaron esa primera línea ya muy abajo, por lo que se vislumbró enseguida qué tipo de Winterreise íbamos a escuchar: íntimo, cercano, musitado a ratos, con medidos y muy puntuales arranques de rabia (que lo son, en realidad, de vida), resignado, más en la línea casi declamada de Hans Hotter que en la más teatral de Dietrich Fischer-Dieskau, por ceñirnos a dos grandes intérpretes del ciclo.

“Cuanto mayor soy, más inseguro me siento”, confesaba Gerhaher hace un par de años en un largo documental que le dedicó la televisión bávara. “Como cantante, me siento como en una crisis institucionalizada”: otra confidencia inhabitual en un artista de su talla y que lo emparenta de inmediato con el errabundo sin rostro ni edad que protagoniza estas “canciones escalofriantes”, como las definió el propio Schubert. En ese mismo documental, Gerold Huber bromeaba y sonreía con frecuencia mientras hablaba atropelladamente a la cámara. Gerhaher, en cambio, dudaba, callaba, buscaba la palabra justa, parecía casi siempre apesadumbrado: “Huber es mucho más modesto que yo; yo soy mucho más neurótico”. ¿Caben mejores credenciales para cantar Winterreise? Y a tenor de lo oído el lunes, no puede imaginarse tampoco un pianista mejor ni más empático con la visión de su compañero.

Al final mismo de su última obra de teatro, What Where (1983), Samuel Beckett incluyó una alusión inequívoca a Winterreise: «Estoy solo. / En el presente como si aún estuviera. / Es invierno. / Sin viaje. / El tiempo pasa. / Eso es todo. / Quien pueda comprender que comprenda. / Desconecto». El irlandés entendió como pocos lo que significaba, en última instancia, Winterreise: una desconexión. De todo y de todos.