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Falsa decadencia

La debilidad de las letras francesas es solo una impresión producida por la globalización editorial

Foto tomada en París en 1963 de la serie sobre la lectura de André Kertész. Ver fotogalería
Foto tomada en París en 1963 de la serie sobre la lectura de André Kertész.

Como todas las cosas humanas, las lenguas que hablamos nacen, viven y mueren. El latín que prevaleció en gran parte del mundo durante tantos siglos, la lengua turca otomana particular a aquel vasto imperio, el arameo utilizado en todo Oriente Medio durante el primer milenio antes de Cristo son ejemplos de tales fatídicos destinos.

El francés fue a partir de la muerte de Luis IX, a fines del siglo XIII, y durante casi seis siglos más la lingua franca de Europa. Científicos y políticos, artistas e intelectuales del mundo occidental la consideraron la más prestigiosa de las lenguas: no hablar francés era, salvo para los nacionalistas más recalcitrantes, no ser una persona culta. En el mundo de habla castellana, casi hasta mediados del XX, el conocimiento de las letras extranjeras llegó a través de Francia: las mágicas Mil y una noches en la versión de Antoine Galland, los atroces relatos de Poe en la traducción de Charles Baudelaire, las lecturas más serias de Homero en las esmeradas ediciones de Victor Bérard. El exaltado elogio de Joachim du Bellay en el siglo XV, “Francia, madre de las artes, de las armas, de las leyes”, no era sentido como una hipérbole.

A fines de la II Guerra Mundial, tal benéfica francofilia dio la impresión de menguar. En Casa tomada, de Cortázar, el narrador se distrae yendo a “dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina”. Este severo juicio fue exagerado. Aunque a partir de los años sesenta la literatura francesa dio la impresión de reducirse a las ciencias humanas —al psicoanálisis (Lacan), a la antropología (Claude Lévi-Strauss) y la filosofía (Sartre, Barthes, Foucault, Derrida y sus discípulos)—, los novelistas franceses siguieron escribiendo imperturbablemente. Nuestros padres leían a Romain Rolland, François Mauriac, André Malraux, Louis-Ferdinand Céline, Albert Camus, Marcel Aymé, Simone de Beauvoir, Françoise Sagan, Christiane Rochefort, Roger Peyrefitte; nosotros leemos a Michel Tournier, Tahar ben Jelloun, Patrick Deville, Marie NDiaye, Boualem Sansal, Matias Enard, Daniel Pennac y, horresco referens, Michel Houellebecq.

Cuando Europa hablaba francés. Mar Fumaroli. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado, 2015

Contra los franceses. Manuel Arroyo-Stephens. Elba, 2016

La Langue mondiale. Traduction et domination. Pascale Casanova. Seuil, 2015

Une autre histoire de l’édition française. Jean-Yves Mollier. La Fabrique, 2015

¿A qué se debe entonces la impresión de flaqueza en la letras francesas de hoy? ¿Cómo sucedió que, a pesar del prestigio y la promoción de tales nombres, se diga (como declaró el crítico Alan Riding en el New York Times hace unos años) que “la cultura francesa ha perdido su chispa”? Varias son las razones propuestas para explicar esta supuesta decadencia: el ensayista Éric Zemmour dice que “Francia ha perdido contacto con sus antiguas raíces romanas y su cultura histórica”. El académico Marc Fumaroli habla de “la invasión del inglés elemental” que reduce toda comunicación “a lo comercial”. El novelista Andreï Makine, quien abandonó la lengua rusa materna para escribir en francés y sólo consiguió imponerse como novelista en Francia cuando se inventó un “traductor”, la atribuye a la actitud altanera y excluyente de los franceses mismos.

Estos argumentos son sin duda sinceros, pero también erróneos, porque parten de un concepto falso. La impresión de decaimiento que dan las letras francesas hoy no se debe, por cierto, a una supuesta pobreza de ingenio de los escritores francófonos, sino a una industria editorial globalizada que ha fomentado las novelas de consumo masivo, ha impuesto como modelo de lectura traducciones de obras formulaicas y ha convencido al público lector de que no es lo suficientemente inteligente para leer buenos libros. Felizmente, aun bajo circunstancias tan adversas, escritores como Emmanuel Carrère y Jean Echenoz, por citar sólo a dos de los más grandes, siguen escribiendo. Y mientras ellos sigan, los lectores empedernidos seguirán leyéndolos.

El Retiro mira al Sena

Feria. La Feria del Libro de Madrid celebra su 75ª edición con Francia como país invitado. La cita del parque del Retiro se abre el próximo viernes, 27 de mayo, y se cierra el domingo 12 de junio.

Lema. Este año el lema de la feria procede de El lado frío de la almohada, la novela de Belén Gopegui publicada en 2004 por Anagrama: “Porque no se imagina en el aire. Porque imaginar tiene que ver con hacer, con poder hacer”.

Cartel. El autor del cartel de la feria es Emilio Gil, diseñador gráfico y autor del libro Pioneros del diseño gráfico en España (Index Book).

Cifras. Esta edición cuenta con 367 casetas y 479 expositores: 26 organismos oficiales, 10 distribuidores, 63 libreros especializados, 56 libreros generales, 177 editores de Madrid y 147 de fuera de la capital.

Inauguración. Un sillón que mira al Sena, publicado por Alianza, es el título del último libro de Amin Maalouf. En él, el autor libanés de lengua francesa retrata a los autores que —como Claude Bernard o Claude Lévi-Strauss— le precedieron en el sillón número 29 de la Academia Francesa, en la que ingresó en 2012. El autor de León el Africano será el encargado de inaugurar la Feria del Libro de Madrid el viernes 27.

Filósofos. El sábado 4 de junio a la una de la tarde, el pensador francés Bernard-Henri Lévy conversará con la filósofa española Adela Cortina en un coloquio moderado por el periodista José Andrés Rojo con motivo del 40º aniversario de EL PAÍS.

Novedades. Las casetas del Retiro estarán llenas de novedades escritas en lengua francesa. Aunque la presencia de los clásicos siempre ha sido constante en las librerías españolas, muchos de los títulos que se estrenarán en la feria madrileña están firmados por autores contemporáneos. Entre ellos, Michel Onfray (Teoría del viaje, Taurus; Cosmos, Paidós), André Glucksmann (Voltaire contraataca, Galaxia Gutenberg), Michel Serres (Figuras del pensamiento, Gedisa), François-Henri Désérable (Muestra mi cabeza al pueblo, Cabaret Voltaire), Clémence Boulouque (Muerte de un silencio, Periférica), Joël Dicker (El Libro de los Baltimore, Alfaguara), Alexandre Postel (La ascendencia, Nórdica), Jacques Abeille (Los bárbaros, Sexto Piso), Virginie Despentes (Vernon Subutex 1, Literatura Random House) o Amélie Nothomb (Petronille, Anagrama).

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