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ARTE

Disparos de inteligencia y afecto

Una exposición en Granada reivindica la obra del singular fotógrafo chileno Sergio Larraín, cuya mirada siempre buscó la dignidad individual del retratado

'Los niños del río Mapocho' (Santiago de Chile, 1952).
'Los niños del río Mapocho' (Santiago de Chile, 1952).

En mayo de 1963, Sergio Larraín (Santiago de Chile, 1931-Tulahén, 2012) publica su primer libro. En él incluye sólo 17 fotos y un breve compendio de sus ideas. Entre éstas, la importancia otorgada a la geometría. Ya lo sugiere el título del libro: El rectángulo en la mano. Presta, en efecto, singular atención a los valores geométricos: adecuación al rectángulo, juegos simétricos, distribución según la sección áurea, rechazo del reencuadre. Pero tal orden suele pasar desapercibido. Así ocurre en la foto en que unos pies se apresuran para coger un tren que se va. La imagen (portada del catálogo de la muestra del IVAM en 1999) se organiza simétricamente en torno al pie apoyado en el suelo que no por ello pierde su impulso. Si esta fotografía despliega el tiempo, otras, como las de Machu Picchu, afirman el peso berroqueño del granito, y no faltan las que quiebran las figuras, dejándolas en los márgenes (como Degas en Place de la Concorde), para levantar acta del espacio del medio rural (Calle principal de Corleone, 1959) o del urbano (Hyde Park, 1959). Pero esta corrección formal no da plena cuenta del trabajo de Larraín, cuyo protagonista es esa percepción que dispara la inteligencia y el afecto y es, como dijo Santayana, una chispa en un barril de pólvora.

Trafalgar Square (Londres, 1959).
Trafalgar Square (Londres, 1959).

Larraín nació en una familia acomodada y culta. En la biblioteca de su padre, reconocido arquitecto, no faltan revistas de arte moderno, fotografía y cine, pero el joven Larraín prefiere la poesía y la literatura. Sólo en 1949, estudiando —con desgana— ingeniería en Berkeley, compra a plazos una Leica y de vuelta a Chile inicia un largo peregrinaje fotográfico: de Valparaíso a Tierra del Fuego; y en Santiago, entre los niños que viven en la calle en torno al río Mapocho (entonces un vertedero), a quienes retrata y filma. Si con la imagen de dos niñas (inquietante juego de dobles) obtenida en Valparaíso (1952) rastrea el alcance poético de la fotografía, la de dos enamorados en un esquife en el Pacífico (1957) lo ratifica en su trabajo al adquirirla Steichen para el MoMA.

Su familia no entendía su trabajo y menos su modo de vida. Quizá por eso, en 1959 busca y logra una beca en Reino Unido. El mismo año, Cartier-Bresson, que conoce su obra, le ofrece entrar en la agencia Magnum. Sus arriesgadas fotos de la guerra de Argelia, la originalidad de las de la boda de Reza Pahlevi y Farah Diba y la soltura con que conecta y fotografía a miembros de la mafia siciliana garantizan su competencia profesional, pero en 1963 abandona Magnum: cree que el mercado falsea la imagen, y la información la degrada. De su estancia en Europa quedan las fotos que hizo para él mismo —París, Londres, Roma, Sicilia— con una peculiar poética (análoga, decía, al satori) que obvia la narración y conecta sin censura el dato social con metáforas posibles, nunca cerradas. Quizás esto se relacione estrechamente con su mirada, que siempre busca la dignidad individual del retratado.

Vuelto a Chile, regresa al sur, ahora con Neruda, que prologa su nuevo libro sobre Valparaíso. Sus fotos de un bar de la ciudad, Los siete espejos (entre burdel y salón de baile), sugieren su admiración por Brassaï y Doisneau. En 1978, tras sufrir los efectos de la dictadura, Larraín, imbuido por la sabiduría oriental, se recluye en una pequeña localidad, Tulahén. Pinta, escribe, dirige cartas a sus amigos. Envía fotos a Magnum que la agencia puede conservar pero no publicar. Este archivo y el trabajo de Agnès Sire han hecho posible esta muestra y su catálogo. Ambos hablan de un artista verdaderamente singular.

Sergio Larraín. Vagabundeos. Centro José Guerrero. Calle de los Oficios, 12. Granada. Hasta el 27 de marzo.