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OPINIÓN

Snowden escondido

Se sentó el domingo frente a Ana Pastor ('El objetivo'). Lo pillaron en Rusia, donde Putin le está sacando su buena tajada al asunto, después de que nadie lo quisiera en su suelo

Ana Pastor y Edward Snowden, en un momento de la entrevista.

El caso Snowden es, sin duda, uno de los jaques políticos globales más fascinantes en lo que llevamos de siglo. Este espía, héroe de la traición, como lo definiría Javier Cercas, nos desveló a través de The Guardian cómo en la era del ciberespacio todas nuestras conversaciones telefónicas, correos electrónicos y actividades en redes son interceptadas por la NSA estadounidense, que, a su vez, vigila atentamente a los mandatarios del planeta.

Esta revelación sirve de alerta al ciudadano de a pie, pero es alta traición para el Gobierno de Estados Unidos. Tanto que algunos de sus miembros, como es el caso de James Woolsey, exdirector de la CIA, lo quiere ver, literalmente, “ahorcado”. Snowden se sentó el domingo frente a Ana Pastor (El objetivo). Lo pillaron en Rusia, donde Putin le está sacando su buena tajada al asunto, después de que nadie lo quisiera en su suelo.

¿Novedades? Pocas, más allá de lo que tocaba: desmentir la inane y ridícula reacción de Rajoy cuando explotó el caso, negándolo todo con respecto a España. La estrategia Gürtel, Bárcenas, Púnica, y en ese plan hasta ahora, que le ha dado por negarse incluso a sí mismo para formar Gobierno.

Sostiene Snowden lo obvio: que nos vigilan a todas horas. Didáctico, claro, contundente incluso en las sombras no convenientemente aclaradas sobre su conexión actual con la inquietante Rusia de Putin, no deja de fascinar su quijotismo punto com, ni la decisión que va a condenarle a bien vagar de escondite en escondite hasta que acabe sus días o bien enfrentarse a la justicia de su país con consecuencias poco halagüeñas. No está nada mal que periódicamente recordemos esa batalla por la transparencia. Ni que dejemos en el olvido la turbia certeza de que, en pos de una poco probable seguridad —asombra cómo la tozudez del mal hace siempre lo imposible por imponerse—, se meriendan nuestras libertades.

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